
Andrés Kogan Valderrama, sociólogo, diplomado en Educación para el Desarrollo Sustentable, y Magíster en Comunicación y Cultura Contemporánea.
El impacto del patriarcado en las relaciones humanas y en el cuidado del planeta se manifiesta de manera cada vez más clara, evidenciando las múltiples formas de violencia, los conflictos bélicos actuales y la crisis climática, lo que nos lleva a un panorama distópico si continuamos con este enfoque.
Los distintos mandatos de la masculinidad hegemónica, establecida desde hace siglos, han llevado a que los hombres asumamos un rol de proveedor que resulta totalmente insostenible, generando costos no solo para las mujeres y el medio ambiente, sino también para el bienestar físico y mental de los hombres.
Al asumir históricamente este rol de proveedor, los hombres estamos sometidos a una presión agobiante que impacta negativamente nuestra integridad, ya que se naturaliza la idea de que siempre debemos ser fuertes, rápidos, capaces y autosuficientes, ignorando nuestra vulnerabilidad y la posibilidad de solicitar ayuda.
Por lo tanto, la desempleo se convierte en una amenaza para la identidad masculina hegemónica, ya que resulta en una sensación de soledad y aislamiento al no cumplir con las expectativas de masculinidad, lo cual complica aún más la posibilidad de flexibilizar los roles de género tradicionales.
En este contexto, la masculinidad basada en el proveer enfrenta serios retos con el creciente ingreso femenino al mercado laboral, así como en un entorno neoliberal caracterizado por la precariedad laboral, la competitividad y el debilitamiento de los sindicatos. Todo esto hace que sea mucho más difícil para los hombres mantener este mandato.
No debería sorprendernos, entonces, que la tasa de suicidio en hombres sea cuatro veces mayor que en mujeres, ya que en momentos difíciles como el desempleo, tendemos a no buscar apoyo de los demás y, mucho menos, acudir a un profesional de la salud, lo que interpretamos como un signo de fracaso.
En otras palabras, en momentos difíciles, como el desempleo, a los hombres nos resulta mucho más complicado conectarnos con los demás y con nuestras emociones, considerándolo una señal de debilidad personal y reduciendo nuestra experiencia a un único modelo de masculinidad.
Esto se relaciona con lo que la arqueóloga Almudena Hernando denomina la fantasía de la individualidad, donde la identidad masculina se ha construido de forma racionalista y no relacional, a diferencia de las mujeres, lo que lleva a los hombres a valorar la competencia y la independencia por encima de la cooperación y la interdependencia, justificando así la dominación sobre las mujeres y el planeta.
En este sentido, la solución no es perpetuar una masculinidad proveedora insostenible, que frente al desempleo tiende a estallar en forma de rabia, frustración, desmotivación y depresión. Más bien, se trata de conectar auténticamente con nuestro entorno y explorar identidades que permitan formas de vida más colaborativas.
Por ello, el cuidado se presenta como un camino para que los hombres realicen un cambio en su actuación, dado que este aspecto ha sido históricamente invisibilizado, desvalorizado y prácticamente asumido por las mujeres, quienes han estado más presentes en el cuidado de niños, jóvenes, ancianos, personas con discapacidad, animales no humanos y en la defensa de la naturaleza.
En consecuencia, continuar perpetuando los mandatos patriarcales es suicida no solo para los hombres, sino también para la vida en su diversidad, la cual ya no puede tolerar una masculinidad destructiva, que aunque algunos sectores sigan defendiendo, representa una amenaza para la humanidad y el planeta.
Relacionado
Con Información de pagina19.cl