Recientemente, mientras celebraba mis aún buenos índices de glicemia —a pesar de que he hecho lo posible por que fueran negativos— me dirigí a una panadería de barrio que prometía dulces más elaborados que la tradicional y rica pastelería chilena de raíces conventuales. Mientras un joven ágil y calvo, dueño del lugar, ensobraba mi pedido, en mi mente neurodivergente se me apareció la imagen del famoso actor Yul Brynner.
No obstante, un comentario sobre la realidad política que hizo este vendedor rápidamente rompió mi burbuja imaginativa, donde lo visualizaba actuando como el rey de Siam, reemplazando a su coestrella Deborah Kerr por deliciosas tortas de panqueques, galletas red velvet y pie de limón:
—Con la Concertación estábamos mucho mejor. Solo hay que observar las autopistas y carreteras— dijo mientras calculaba el monto para cobrarme.
Mi alegoría cinematográfica se derrumbó, al igual que mis expectativas sobre sus empanadas napolitanas. ¿Acaso nuestra estabilidad democrática se debe evaluar por el estado de los túneles, peajes y rutas concesionadas a las que se accede solo pagando?
Quizá la respuesta también sea la clave para entender la «tormenta de verano» que enfrenta hoy la coalición cuyos partidos jugaron un papel importante en los inicios de nuestra «transición a la democracia». Aquel proceso anhelaba la fortaleza de una socialdemocracia similar a la alemana, pero se configuró “a la chilena”, con todo lo que implicó. Un trayecto del que se ha escrito mucho y que, en mi opinión —siendo justo— ha avanzado mucho menos de lo esperado.
Los reveses y caídas electorales se han vuelto cada vez más frecuentes, y el reciente desdén hacia partidos tan nuevos y efectivos como el Frente Amplio o tradicionales como el Partido Comunista, condenan al denominado Socialismo Democrático (PS, PPD, PR —incluyendo a la DC, que fue alguna vez el eje del gobierno—) a ser deshonrado con el guante del desprecio. Esto, a pesar de que han enderezado el rumbo de un gobierno que, más allá de las tormentas, pronto llegará a buen puerto.
¿Dónde radica, entonces, el origen de esta “tormenta estival” que está llevando a un sector antes poderoso a lidiar con las lluvias del descontento popular? En mi parecer, en la constante pérdida de su esencia.
Para comprenderlo, debemos retroceder al 11 de marzo de 1990, cuando, creyéndose victoriosos, permitieron que el ocaso de la dictadura se convirtiera en un sol de medianoche eterno. Olvidaron sus raíces rebeldes y motivadoras para, con elegancia, integrarse en gabinetes, entidades públicas y ambas ramas del Parlamento; apareciendo sonrientes en revistas de papel couché y páginas sociales, compartiendo cócteles y brindando con Pinochet, cruzando un Rubicón del que no hay retorno. Así, los homenajes a Salvador Allende se transformaron en fechas de simbolismos y ofrendas florales, distanciándose de la inspiración peronista aún vigente en Argentina o de su contraparte aprista en Perú, donde persiste la influencia de Víctor Raúl Haya de la Torre.
Un caso particular es el de la Democracia Cristiana. Un conglomerado con una sólida historia, cuna de tres expresidentes de Chile, cuya presidencia hoy se siente más como un desafío que como un honor, asemejándose a aquellos toros mecánicos donde cualquiera con “fe” puede subirse con la esperanza de no caer en el primer intento.
El Partido Radical, sin duda, evoca una rica historia del país, más allá de Encina, Castedo o Frías Valenzuela. Recuerdo un episodio de mis días como reportero: un líder del PR descendiendo las escaleras de su antigua sede en el barrio de París-Londres, exclamó: “Ya bajarán por estas escaleras don Dámaso Encina y Martín Rivas”, refiriéndose a la novela de Blest Gana y al antiguo prestigio de la casona. Más allá de lo humorístico del comentario, lo cierto es que observamos un colectivo que se ha vuelto tan añejo como su sede, esperando que algún recurso administrativo evite su extinción electoral.
También quisiera mencionar al PPD, que atraviesa su propia crisis, liderado por figuras que, aunque no siempre están presentes, diluyen a una colectividad que sigue esforzándose por demostrar que, más allá de su rol instrumental, tiene relevancia y la voluntad de enfrentar nuevos paradigmas, siempre que la renovación sea su bandera.
Pero aún hay esperanza. Me imagino que enfrentan un gran desafío: posicionarse como oposición al posible gobierno de José Antonio Kast, una tarea que, aunque complicada, suele ser más sencilla que gestionar el país desde “la casa donde tanto se sufre”, como decía el exmandatario Carlos Ibáñez del Campo sobre La Moneda.
Desde mi humilde perspectiva, creo que deben purgar sus afiliaciones, instar a sus líderes tradicionales a “ser oráculos y no obstáculos” para las nuevas generaciones, fortalecer los liderazgos locales y, sobre todo, regresar a sus raíces, donde la justicia social —y la que los familiares de las y los mártires aún anhelan— sea su guía. Solo así podrán afrontar con firmeza esta tormenta de verano y superar este momento difícil y amargo.
Tan amargo como el pie de limón que no pude seguir comiendo, a pesar de la insistente recomendación del panadero —similar a Yul Brynner— a quien mencioné al inicio de esta columna.
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