Esta columna surge con el objetivo de analizar la decisión de voto influenciada por algoritmos en redes sociales, y no por consideraciones de moralidad. Surgen de una preocupación común: estamos en una sociedad agotada de pensar. No porque falte inteligencia, sino porque pensar se ha vuelto un esfuerzo emocional intenso en un mundo que requiere rapidez para sobrevivir, producir y consumir. Así, la política ha dejado de ser un espacio de discusión, convirtiéndose, para muchos, en un alivio psicológico.
Estamos inmersos en un entorno profundamente consumista, no solo en términos de bienes materiales, sino también en ideas, emociones y certidumbres. Consumimos relatos políticos como consumimos contenido digital: de manera rápida, fragmentada, y diseñados para validar nuestras creencias. Las redes sociales, los algoritmos, las cámaras de eco y los medios digitales están dirigidos a maximizar la atención, no a construir un juicio crítico. En este entorno, la ignorancia es una condición estructural, no un fallo individual.
Como ha señalado Slavoj Žižek, la ideología actual no opera principalmente a través de mentiras conscientes, sino por medio del deseo de no saber. Somos conscientes de que la realidad es compleja e injusta, pero preferimos relatos que nos permiten seguir adelante. En este sentido, la posverdad no prospera por la ingenuidad, sino porque ofrece un descanso frente a un mundo abrumador.
Aquí entra un aspecto crucial según Antonio Gramsci: cuando una sociedad deja de cuestionar el sentido común, otros lo tomarán. El sentido común digital actual se forma a través de memes, frases cortas, videos virales y emociones intensas. Plataformas como TikTok y reels no premian la duda ni la reflexión, sino que favorecen la certeza inmediata. La política que se adapta a este formato no necesita ser verdadera; solo necesita ser verosímil dentro de su propio contexto.
Este fenómeno impacta profundamente en la subjetividad política. Como explicaba Pierre Bourdieu, cuando las personas sienten que no tienen el capital cultural necesario para entender discursos complejos, se retiran simbólicamente del debate. No porque no les interese la política, sino porque no quieren sentirse inadecuadas. En este vacío surge una oferta seductora: soluciones simples para problemas complejos, explicaciones claras, culpables fácilmente identificables y promesas inmediatas.
Aparece así la figura del charlatán político. No como una excepción, sino como un producto lógico del sistema. El charlatán no exige pensar; exige creer. No invita a la comprensión; invita a liberar la angustia en una respuesta sencilla. Frente a problemas estructurales como la desigualdad, la precariedad y la inseguridad, ofrece algo invaluable en tiempos de fatiga cognitiva: alivio. Alivio de no tener que analizar, de no tener que dudar, de no tener que reconocer que muchas soluciones no dependen de decisiones individuales.
La inteligencia artificial ha intensificado este fenómeno. Imágenes falsas, audios manipulados, memes hiperrealistas y narrativas fabricadas circulan más rápido de lo que una persona puede verificar. No es que la gente “no quiera informarse”; es que el sistema está diseñado para que no puedan hacerlo de forma reflexiva. Evaluar la veracidad requiere tiempo, calma y formación crítica: precisamente lo que escasea en una sociedad que exige mucho.
Todo esto no implica desprecio hacia el votante. Al contrario: significa tomárselo en serio. Reconocer que emitir un voto desinformado no es un defecto moral, sino una consecuencia de una cultura que ha delegado el pensamiento a plataformas que no priorizan la democracia. En este contexto, elegir a quien promete soluciones simples no es irracional; es psicológicamente comprensible.
La pregunta crucial no es por qué la gente cree en soluciones sencillas, sino por qué hemos creado una sociedad donde pensar se ha convertido en un lujo. Mientras no abordemos esta cuestión, seguiremos sorprendidos por resultados que, en realidad, son coherentes con el mundo que hemos construido.
Repensar la democracia hoy requiere más que mejores programas o candidatos. Implica reconstruir una cultura del pensamiento, devolver la dignidad a la duda, tiempo a la reflexión y valor a la complejidad. Porque sin ello, el ruido continuará prevaleciendo. Y el alivio momentáneo seguirá imponiéndose sobre la comprensión profunda.
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