Por Rodrigo Reyes Sangermani, periodista
La Segunda Guerra Mundial no empezó el 1 de septiembre de 1939. Su origen se remonta a momentos previos, cuando Europa eligió cerrar los ojos. Fue en 1938, con el Anschluss, que el régimen nazi anexó Austria, presentando la ocupación como una reunificación celebrada por el pueblo. Luego, la entrega de la región de los Sudetes en Checoslovaquia se legitimó a través de una diplomacia cobarde que confundió la paz con la rendición. La guerra estalló formalmente cuando Alemania invadió Polonia, utilizando como excusa un ataque simulado por parte de los polacos, una farsa grotesca que permitió desatar la guerra más destructiva de la historia moderna.
Este proceso no fue repentino; se desarrolló de manera gradual y racionalizada. Cada avance se presentó como una medida excepcional y necesaria. Las mentiras fueron aceptadas por su funcionalidad, y las violaciones al derecho internacional se toleraron en nombre de un mal menor a evitar. Cuando Europa finalmente reaccionó, ya era demasiado tarde.
Hitler no fue un accidente, ni un monstruo surgido de la nada. Alcanzó el poder a través de elecciones, pactos institucionales y la erosión de una democracia incapaz de defenderse, apoyado por una masa alienada que priorizaba sus deseos inmediatos sobre la empatía. Posteriormente, dio un golpe desde dentro, debilitando las instituciones, subordinando la justicia al poder y transformando la ley en una herramienta del régimen. La dictadura no fue un evento divino: se construyó con votos, aplausos y miedo.
Este es el punto que incomoda y que muchos prefieren ignorar. Trump no es Hitler, pero el mecanismo que representa, el desprecio por el Estado de Derecho, la exaltación del nacionalismo agresivo, la lógica de amigo-enemigo, la manipulación de la verdad y la banalización de la violencia, pertenecen a la misma lágrima política. No son solo estilos, sino estructuras mentales y formas de poder.
Al igual que entonces, hay una peligrosa fe en la excepcionalidad, la idea de que Estados Unidos posee derechos que otros no tienen; que puede intervenir donde desee porque sus intereses -por definición- coinciden con el bien, actuando como arquetipo de la libertad. La noción de “patio trasero” latinoamericano es más que una metáfora: es una doctrina imperial que ha justificado golpes, bloqueos y guerras encubiertas. Ayer fue Centroamérica; hoy es Venezuela; mañana cualquier país que represente un obstáculo. La agresión se presenta como defensa, la amenaza como prevención, y la guerra, como una opción inevitable. Se amenaza a Irán, se presiona a aliados, y se insinúa la apropiación de territorios como Groenlandia o Canadá, como si la soberanía fuera un concepto obsoleto. El conflicto se convierte en un método permanente de gobierno.
Y lo más alarmante, quizás la raíz del fenómeno, es que una parte significativa de la población aplaude. No porque ignore lo que sucede, sino porque lo considera irrelevante. El Estado de Derecho, el multilateralismo, el principio de no intervención, la soberanía de los Estados, todo es visto como debilidad. La fuerza, en cambio, se celebra como virtud. Así como la Alemania que marchaba eufórica tras el Führer en Berlín, convencida de que el poder era sinónimo de destino histórico, su líder un verdadero Dios, y la ideología una verdad revelada.
Conocemos el desenlace de ese camino, el costo en vidas y la reconstrucción de no solo ciudades, sino de la misma noción de civilización. También sabemos que el problema no fue solo un dictador loco, narcisista y megalómano, sino la normalización social de su discurso, la obediencia voluntaria, y la renuncia colectiva al juicio crítico.
Por supuesto, como podría pensar alguien simplista que quiere ver el mundo en blanco y negro, esto no significa defender las dictaduras de Maduro ni simpatizar con el régimen cubano. Ambas son autoritarias y represivas, y deben ser condenadas sin ambigüedades. Sin embargo, es obsceno pretender que el interés central de Estados Unidos en esos casos –o en cualquier otro– es la democracia o los derechos humanos. Lo que está en juego, como siempre, son intereses estratégicos y comerciales. La democracia es solo una fachada; el poder es su verdadero guion.
Estados Unidos ha querido ser un referente democrático global, imperfecto pero influyente. Hoy, con discursos como los de Trump, esa imagen se desmorona en un contexto apocalíptico. Cuando una superpotencia desprecia abiertamente el derecho internacional y se atribuye la potestad de intervenir, castigar o amenazar a voluntad, el mundo entero entra en una zona de riesgo sistémico.
La historia no se repite como farsa, como decía Marx; a veces se repite como una advertencia ignorada. Los años treinta no comenzaron con cámaras de gas, sino con discursos, plebiscitos, excusas legales y masas convencidas de que el poder tenía razón solo por ser poder.
Y ya conocemos el desenlace. Fingir que esta vez será diferente no es optimismo: es una forma peligrosa de ceguera histórica.
Con Información de www.elperiodista.cl