El resurgimiento del imperialismo estadounidense: Análisis en Factos.cl sobre las últimas noticias en Chile.

La reciente operación militar que llevó a la captura de Nicolás Maduro y su esposa ha resucitado una tradición histórica que parecía haber quedado en el olvido: el uso explícito y estratégico del poder estadounidense en América Latina. Lejos de la narrativa de un orden internacional caracterizado por la democracia y el derecho, Washington reafirma sin reservas que sus acciones exteriores se guían por intereses estratégicos y la supervivencia de su hegemonía.

Por Hugo Catalán Flores.| Columnista de FACTOS

UNO.
El 3 de enero quedará marcado en la historia reciente como un punto crucial donde principios fundamentales como el derecho internacional, la democracia y la soberanía de los pueblos fueron flagrantemente ignorados por la administración estadounidense. ¿Es esto un fenómeno excepcional en la historia de EE.UU. con respecto al mundo? La respuesta es no. Esto es más bien la norma que ha prevalecido durante dos siglos, conocidos como el “Siglo Americano”, caracterizados por el despliegue militar y económico, aún en contraposición a la supuesta identidad aislacionista del país. La narrativa del “orden internacional liberal”, fundamental desde el fin de la Guerra Fría, fue construida para justificar el desarrollo, predominio y legitimación del único hegemón global del periodo.

A inicios de diciembre se divulgó el documento Nueva Estrategia de Seguridad Nacional de EE.UU., del cual cito dos fragmentos de su introducción: “La política exterior busca la protección de nuestros intereses nacionales fundamentales; ese es el enfoque central de esta estrategia”. “Los asuntos de otros países solo nos conciernen si sus acciones amenazan directamente nuestros intereses”.

Este texto reafirma la validez del “Corolario Trump a la Doctrina Monroe”, una actualización del concepto establecido en 1823 que ha servido de justificación imperial para múltiples intervenciones, sobre todo en América Latina.

Para dejarlo aún más claro: el 5 de enero, tras la operación que resultó en la captura de Nicolás Maduro, un periodista preguntó al presidente Donald Trump si estaba “reviviendo la Doctrina Monroe”. Su respuesta fue: “Significa que Estados Unidos es el jefe de este hemisferio. No vamos a permitir que China, Rusia o Irán tengan presencia en nuestro patio trasero. Durante demasiado tiempo hemos permitido que nos pisoteen. Esto se acaba hoy. Este es nuestro vecindario y lo vamos a mantener limpio y seguro. La Doctrina Monroe fue grandiosa, pero no tenía los dientes que yo le estoy dando”.

DOS.
Los latinoamericanos a menudo interpretamos procesos desde una perspectiva inmediata. Desde la década de 1990, no había existido una evidencia tan dramática de la presencia perjudicial del imperio estadounidense en nuestro continente, aparte del bloqueo sobre Cuba o el hostigamiento de países como Haití. Después de la Guerra Fría, EE.UU. atravesó un proceso de ajuste a su rol como triunfador en un mundo unipolar. La última intervención abierta en la región fue en Panamá, el 20 de diciembre de 1989, con la captura de Manuel Antonio Noriega, quien había sido aliado de los estadounidenses y luego se volvió indeseable.

La larga distancia entre estos episodios parece haber provocado un espejismo. Los sectores progresistas del siglo XX, que habían visto al imperialismo como un antagonista sin escrúpulos, comenzaron a cuestionar esta categoría analítica. Muchos políticos asumieron que el antiimperialismo era un concepto desactualizado para analizar el comportamiento de EE.UU. en el siglo XXI.

No obstante, el actual Estados Unidos no es el mismo que emergió fortalecido de la Guerra Fría. Hoy es una nación desgastada y en declive, como lo indican diversos indicadores sociales y económicos, con un competidor sistémico —China— a su sombra. La justificación doméstica del presidente Trump es que debe cumplir su promesa de no enviar tropas a ultramar, especialmente durante un año electoral, limitando así sus acciones a “operaciones quirúrgicas” específicas. Por ahora, sus objetivos inmediatos parecen cumplidos: la captura de Maduro y su esposa, una demostración de poder militar-tecnológico y una legitimación a través de un pretexto —el narcoterrorismo— que oculta la verdadera motivación: el petróleo venezolano, como fue reconocido en semanas anteriores. No se trata de democracia ni de soberanía, sino de la búsqueda de recursos para una economía abrumada por la deuda, con una población empobrecida y un aumento de la descomposición social, manifestada en muertes por consumo de drogas y suicidios.

La operación del 3 de enero ofrece valiosas lecciones para el futuro cercano:

• La administración Trump, influenciada por su personalidad narcisista, presenta una postura que puede considerarse como “honestidad hipócrita”: admite sin disimulos que sus acciones en Latinoamérica y potencialmente en Groenlandia se fundamentan en recursos y posiciones geopolíticas, en un intento por preservar su hegemonía.
• La unilateralidad de la operación envía un mensaje claro: Estados Unidos no necesita aliados para ejecutar sus intereses estratégicos. La energía, los recursos y el control territorial reemplazan cualquier apelación a la democracia, la soberanía, los derechos humanos o el derecho internacional.

Esta operación corrobora lo que Emmanuel Todd señala en La derrota de Occidente (2024): la decadencia estadounidense solo puede ser contrarrestada mediante la anexión de territorios, recursos y capacidades militares que prolonguen su hegemonía. Venezuela parece ser la manifestación inmediata de este impulso.

En un enfoque similar, Maurizio Lazzarato argumenta en ¿Hacia una guerra civil mundial? (2024) que no estamos ante una crisis temporal del capitalismo, sino ante una reconfiguración permanente del conflicto, donde la guerra se convierte en un modo habitual de gobernanza global.

TRES.
El discurso del “soft power” —democracia liberal, globalización neoliberal, derechos humanos, cooperación internacional— ha obnubilado al menos a dos generaciones de progresismo latinoamericano, que han menospreciado el antiimperialismo como una categoría del siglo XX. Sin embargo, su relevancia es innegable ante la invasión del Caribe y la presión sobre Cuba para que abandone su proyecto histórico. Si este país no ha sido objeto de una intervención militar directa es porque su principal actividad económica no es crítica para el imperio, o simplemente, porque no han logrado someterlo.

Este es el momento oportuno para reexaminar nuestras teorías sobre el imperialismo. Aquellas categorías que permitieron a generaciones de luchadores sociales mantener la alerta ante las acciones hostiles de EE.UU. y sus aliados locales siguen siendo cruciales. El imperio nunca se fue ni se adormeció. Como dice Rubén Blades en “Tiburón”: “Sólo el tiburón sigue despierto / Solo el tiburón sigue buscando / Solo el tiburón sigue intranquilo / Solo el tiburón sigue acechando… Pobre del que caiga prisionero / Hoy no habrá perdón para su vida”.

Con Información de factos.cl

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