La teoría del chantaje ruso ofrece una perspectiva sobre algunas de las decisiones más controvertidas de Donald Trump, aunque no es suficiente por sí sola. Más allá del escándalo personal, se vislumbra la imagen de una potencia en retroceso, donde la fragilidad del líder y la descomposición estructural del poder estadounidense se alimentan de manera cada vez más peligrosa.
Por Hugo Catalán Flores| Columnista de FACTOS
Kompromat es un término originario de la inteligencia rusa desde tiempos soviéticos, que se refiere a información personal comprometida que puede afectar a miembros de la élite, funcionarios o autoridades, sobre todo en Occidente. Este material se utiliza como instrumento de chantaje para forzar colaboraciones políticas o, eventualmente, obtener beneficios económicos en favor del Estado ruso (La Tercera, 2 de marzo de 2025).
Este tipo de práctica parece sacada de un manual de operaciones de la Guerra Fría, pero no es un vestigio del pasado. Ha sido objeto de investigaciones recientes. El periodista británico Shaun Walker lo expone en su libro Los ilegales. La historia jamás contada del programa de espionaje más secreto de Rusia (Salamandra, 2026), donde describe un sistema de infiltración que, aunque parece sacado de una película de acción, tiene una vigencia inquietante en la actualidad.
En la segunda mitad de los años 80, Donald Trump ya había alcanzado notoriedad como empresario inmobiliario. Era conocido por su vanidad, su relación ambigua con la verdad y por aplicar una lógica de especulación: comprar a bajo costo y vender a alto precio. Sin embargo, enfrentaba serios problemas financieros, un aspecto que se retrata en la miniserie documental de Netflix Trump: An American Dream.
En ese contexto, Trump ideó la expansión de su marca personal, la Organización Trump, hacia el bloque de los socialismos reales. Para la Unión Soviética, que vivía la perestroika, esta iniciativa era atractiva pues buscaba ampliar sus redes de apoyo económico y político. A través del embajador soviético ante la ONU en Nueva York, se organizó una visita oficial a Moscú que comenzó el 4 de julio de 1987, donde Trump viajó acompañado de su esposa Ivana y una asistente.
A partir de ahí, los detalles de su itinerario se vuelven difusos. Se alojaron en una suite del Hotel Nacional de Moscú, con un trato VIP reservado para personalidades de gran relevancia. El mismo lugar había sido utilizado antes por Lenin y años después albergaría a Barack Obama y Michelle durante una visita de Estado.
Aparte de explorar posibles ubicaciones para una torre de lujo —proyecto que no prosperó—, la URSS comenzaba a ensayar un modelo mixto de negocios, invitando a empresarios extranjeros a compartir inversiones. Sin embargo, hay indicios que sugieren que lo que ocurrió tras bambalinas durante esa visita pudo tener consecuencias que se sienten hasta hoy.
Periodistas como Craig Unger, Luke Harding y David Cay Johnston han trazado, a través de libros y reportajes, una serie de acontecimientos que remiten a ese período. En esta narrativa figuran inversiones multimillonarias de origen ruso en la Organización Trump, especialmente en edificios y campos de golf desde la década de 1990. Además, se cuentan testimonios del exespía británico del MI6 Christopher Steele, quien describió detalles comprometedores de la visita de 1987, incluyendo encuentros con trabajadoras sexuales en habitaciones de hotel supuestamente vigiladas, una práctica reconocida por varias agencias en esos años (El País, enero de 2017).
Trump conoció el informe Steele y lo desestimó como fake news, acusándolo de ser parte de una operación de sus rivales políticos. Esta es una estrategia defensiva similar a la que ha usado en su vínculo con los archivos de Jeffrey Epstein y su red de explotación sexual.
Si se acepta la teoría del kompromat, este no solo resulta útil para interpretar ciertas decisiones de su primera administración, sino que se vuelve esencial para entender el patrón de conducta exhibido en sus últimos doce meses de gobierno. Su postura sobre la guerra en Ucrania, el desprecio hacia sus aliados europeos, el debilitamiento deliberado de la OTAN y una serie de decisiones de carácter autodestructivo sugieren algo más que mera imprevisibilidad o excentricidad personal.
No obstante, reducir el fenómeno Trump a un mero chantaje heredado de la Guerra Fría sería insuficiente. El kompromat, real o no, actúa como un catalizador de una patología más profunda: la convergencia entre un liderazgo cínico y sin frenos institucionales y una potencia que ya no puede ocultar su declive. En este sentido, Trump no sería solo una anomalía, sino el síntoma más evidente de una hegemonía en declive, donde la vulnerabilidad personal del líder y la decadencia estructural del imperio se refuerzan mutuamente, generando una política exterior errática, resentida y peligrosa.
Con Información de factos.cl