Claro, aquí tienes una versión reescrita del contenido:
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En Chile, la influencia de la cultura estadounidense ha transformado el lenguaje: ya no se habla de odio, sino de “hate”, y no de odiadores, sino de “haters”. Sin embargo, la esencia del “hate” es conocida por todos, especialmente por quienes lo experimentan en carne propia.
En nuestra juventud (más de 60 años atrás), las barras bravas eran una realidad tangible en los estadios de fútbol. Eran temidas, pero también visibles y ruidosas. Hoy, su violencia se manifiesta aún, pero en forma de agrupaciones agresivas que, en ocasiones, provocan violencia extrema.
Recordamos tragedias como la del Estadio Nacional de Lima en 1964, donde perdieron la vida 320 personas, o la del estadio Heysel en Bélgica en 1985, que resultó en la muerte de 39 hinchas tras un ataque de los hooligans. Estos eventos llevaron a medidas que lograron disminuir la violencia en los estadios de fútbol.
Con el advenimiento de Internet y las redes sociales, una nueva forma de violencia ha surgido: las barras bravas digitales. Aquí, el “hate” se manifiesta como una agresión masiva, encubierta en el anonimato, con una virulencia capaz de causar daños profundos. Tanto en la farándula como en la política, encontramos grupos que actúan de manera similar.
Los “influencers” o “creadores de contenido” en la farándula han creado sus propias agrupaciones con millones de seguidores. En Chile, ejemplos como los “Facilines” y los “Conylovers” demuestran el apoyo incondicional hacia ciertos ídolos. A pesar de sus diferencias, tanto las barras digitales como las del fútbol convierten la ira y la frustración en identidad.
Las barras bravas del fútbol ejercen una violencia física concreta, mientras que los haters digitales lo hacen de manera simbólica en el ámbito virtual. Sin embargo, el trasfondo emocional es el mismo. La necesidad de pertenencia se manifiesta en ambos casos; los unos encuentran su identidad en un club y los otros en el ataque constante.
Ambos grupos están motivados por la idea de «ser parte de algo». La diferencia radica en que, mientras las barras del fútbol infligen violencia física, los haters digitales se desinhiben a través del anonimato, lo que se traduce en una mayor agresión. Además, ambos buscan humillar y menospreciar sin el deseo real de diálogo.
El crecimiento de los “haters” digitales puede explicarse por la frustración que muchos sienten ante las promesas incumplidas y el aumento del descontento. El odio se ha convertido en una respuesta más sencilla que la reflexión. Los algoritmos, que fomentan la rabia, también colaboran en esta amplificación.
Es fundamental prestar atención a cómo se manifiesta el odio en las redes, especialmente en un contexto político. El odio organizado puede movilizarse fácilmente, transformando la rabia en acciones concretas, como hemos visto con ataques hacia figuras políticas como el Presidente Boric o sus competidores.
Durante la campaña presidencial, José Antonio Kast adoptó un rol similar al de un hater estructural, atacando más a identidades que a ideas. Su estrategia consistió en movilizar miedos y rabias ajenas, delegando la agresión a otros mientras mantenía su imagen intacta.
Es curioso que, en el ámbito de la farándula, los haters se enfurezcan solo por críticas hacia sus ídolos, pero no se movilicen contra personajes de extrema derecha. Esta línea divisoria resalta una dinámica donde el odio se manifiesta selectivamente.
Trauma tras el estallido
Expertos señalan que gran parte del odio que observamos en las redes es un resultado del trauma no procesado tras el estallido social de 2019, donde las expectativas de cambio se convirtieron en frustración y confusión. Muchos haters canalizan su rabia y la búsqueda de culpables en figuras públicas.
Actualmente, existe una gran polarización en Chile, donde el odio se dirige hacia personas en vez de ideas. Esto se traduce en ataques personales y crueles, y el concepto de “funa” digital se utiliza como una forma de justicia emocional, donde el objetivo es eliminar a quienes perciben como amenaza.
El miedo es el motor detrás de estas agresiones en línea. Muchos se sienten amenazados por la diversidad y el cambio. Esto genera una coexistencia de haters de distintas ideologías, pero con el mismo temor que alimenta sus discursos.
Este fenómeno amplifica los extremos, silenciando voces moderadas y convirtiendo el espacio público en un campo de batalla emocional. Esto resultará en menos diálogo y un aumento de la confrontación.
La mujer, víctima favorita
Los estudios indican que las mujeres en posiciones visibles sufren una carga desproporcionada de odio, ya que su protagonismo desafía el orden tradicional chileno. Cuando una mujer se expresa con firmeza, despierta reacciones desmedidas que van más allá de sus palabras.
A los hombres se les critica por sus acciones, mientras que a las mujeres por su existencia. Los ataques hacia ellas suelen centrarse en aspectos personales y físicos. Esto se debe a una larga tradición de autoridad masculina que se siente amenazada ante el cambio que representan las mujeres. Esto transforma a las figuras femeninas en blanco fácil de agresiones.
En resumen, estamos viviendo una era donde los ataques anónimos y arteros son comunes, dificultando la defensa ante un odio organizado. Si te etiquetas como enemigo, la otra parte solo buscará eliminarte. La situación política actual refleja cómo esta lógica ha tenido repercusiones significativas.
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Con Información de pagina19.cl