Crisis de incendios forestales en Chile: un análisis sobre la situación actual.

Por María Paz Acuña-Ruz, PhD. académica de la Facultad de Ingeniería y Ciencias de la Universidad Adolfo Ibáñez

Los incendios forestales continúan azotando el planeta, repitiendo su tragedia cada año, no solo en América, sino en todo el mundo. Mientras el hemisferio norte enfrenta su temporada de calor extremo, con focos en California, Portugal y España, el hemisferio sur se enfrenta a su propio ciclo de emergencia. Australia tiene experiencia en este tema; Brasil lo padece con frecuencia; y en enero de 2026, la Patagonia Argentina también sufre: en Chubut, las autoridades han reportado miles de hectáreas afectadas, con daños a ecosistemas y viviendas, mientras los focos se multiplican bajo condiciones de sequía, calor y viento.

Pero hoy la atención está en Chile, donde el dolor se siente más cerca. En la zona centro-sur, los incendios de enero de 2026 han cobrado la vida de al menos 18 personas, han obligado a la evacuación de decenas de miles y han traído temperaturas que han alcanzado casi los 38 °C, con vientos que avivan las llamas. La emergencia en Biobío y Ñuble no es solo un fenómeno natural, sino un desastre socioecológico que resulta de la interacción entre el clima extremo y decisiones humanas.

La ciencia ha advertido durante años que el planeta se calienta y que este aumento del calor incrementa los riesgos de incendios, provocando más olas de calor, vegetación más seca y temporadas de incendios más prolongadas. La NASA ha reportado que la temperatura media global ya ha aumentado más de 1 °C desde 1880, acelerándose desde los años 70. Además, 2024 se registró como el año más cálido según la NASA, con estimaciones que sitúan al planeta aproximadamente 1,47 °C por encima de los promedios de mediados del siglo XIX (1850-1900). Aunque esto no “prende” incendios en sí mismo, sí prepara el terreno con combustible seco, estrés hídrico y una propagación más rápida.

En Chile, a esta problemática climática se suma otro elemento: la planificación (o su falta). Habitar en zonas urbano-rurales sin franjas de protección efectivas, contar con infraestructura crítica expuesta, y tener un paisaje fragmentado y muy inflamable, junto con la combinación de viento, pendiente y combustibles continuos, transforma un pequeño foco en un gran frente. Cuando el fuego consume barrios enteros, lo que se pierde no son solo hectáreas, sino la capacidad de evacuar, de contar con luz, agua, conectividad y cuidados.

¿Hay herramientas y planes disponibles? Sí. El Estado ha implementado el Plan de Acción 2025–2026 para la prevención, mitigación y control de incendios forestales, con un presupuesto de $160.803 millones, aumentando el número de brigadas (de 252 a 319) y de aeronaves (de 62 a 77), además de programas y coordinación interinstitucional. También existen plataformas operativas que brindan información útil: CONAF publica la situación y pronósticos sobre incendios y utiliza el “Botón Rojo” para identificar condiciones críticas. A nivel global, la NASA ofrece FIRMS, que permite detecciones satelitales casi en tiempo real para monitoreo y análisis. En Australia, funciona la herramienta Spark (CSIRO), que integra datos meteorológicos y del terreno para predecir la propagación y apoyar decisiones, entre otros asuntos.

Por lo tanto, la pregunta incómoda no es si contamos con datos o tecnología, sino por qué seguimos tomando decisiones tardías. Hay que exigir un ordenamiento del paisaje, regular riesgos en las interfaces, diseñar cortafuegos y mosaicos de combustibles, proteger infraestructura crítica, fortalecer los sistemas de alerta y evacuación, y financiar ciencia aplicada y evaluaciones independientes. Es crucial exigir una verdadera transdisciplina que una clima, ecología, ingeniería, salud, urbanismo, economía, cultura local y gobernanza, porque el fuego no respeta administraciones.

Con Información de www.elperiodista.cl

Previous Post
Next Post
Advertisement