Presentar a Michelle Bachelet es, en muchos aspectos, innecesario, dado su amplio recorrido institucional en Chile, donde ha sido Ministra de Salud, Defensa y dos veces Presidenta de la República, así como su activa participación en agencias del sistema de la ONU como ONU Mujeres y Alto Comisionado de Derechos Humanos. Su historia de vida, valores e identidad política son ampliamente conocidos. Aquellos que hemos tenido la fortuna de conocerla en persona (en mi caso, desde hace muchos años) podemos dar fe de su firmeza en principios, compromiso con el servicio público, dedicación a las tareas que emprende y su calidad humana.
Sin embargo, la reciente confirmación de su candidatura a la Secretaría General de la ONU merece algunas reflexiones personales.
Primero, es crucial reconocer que su camino no será fácil y que es prematuro especular sobre el resultado final. El proceso de postulación y elección para quien ocupará la máxima representación diplomática de la ONU es complejo. Los candidatos deben obtener apoyo en la Asamblea General, que designa al Secretario General, y evitar vetos en el Consejo de Seguridad, que tiene la responsabilidad de recomendar candidaturas. La candidatura de Michelle Bachelet, siendo seria y competitiva, enfrentará resistencias y recelos por parte de algunos electores, lo cual resulta previsible en ciertos casos, sorprendente en otros y mezquino en todos.
No obstante, sin desestimar otras candidaturas, la de Michelle Bachelet es la que mejor encarna una esperanza real ante la complejidad del escenario global actual, además de ser una opción viable para modernizar y revitalizar un sistema de la ONU que se muestra evidente y fatigadamente desbordado.
Bachelet no busca ser una figura mesiánica, ni es una burócrata sin matices. Posee inteligencia, compromiso y determinación; cuenta con experiencia, proyectos y la habilidad para construir puentes necesarios en el mundo actual. Estos puentes son cruciales entre el norte y el sur, oriente y occidente, entre democracias y sociedades, entre crecimiento económico y justicia social, entre derechos y responsabilidades, y entre la equidad y la identidad individual, así como entre la humanidad y el planeta que habitamos.
Es cierto que hay otras candidaturas latinoamericanas a la Secretaría General que expresan la diversidad y potencialidad de nuestra región, pero entre ellas la de Bachelet es la que más posibilidades tiene de darle a América Latina y el Caribe una voz unificada y un impacto más significativo en el sistema de la ONU, así como en la esencial reforma de este.
Además, es crucial que los valores de inclusión y equidad de género que la ONU ha promovido desde su fundación se reflejen en su Secretaría General, un cargo que hasta ahora nunca ha sido ocupado por una mujer. Si el presente encierra múltiples futuros, el mejor para este tema es sin duda Michelle Bachelet.
No pretendo ser arbitrario ni inoportuno, pero tampoco indiferente o neutral. Esta nota, aunque personal, puede resonar con algunos de los lectores.
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