Periodista y editora internacional.
El 2026 será un año crucial para la democracia y el futuro político de América Latina: cinco naciones—Brasil, Colombia, Costa Rica, Haití y Perú—se preparan para elecciones presidenciales y parlamentarias que definirán el equilibrio de poder en el continente. Este ciclo electoral tiene una importancia estratégica particular al incluir a dos de las democracias más prominentes de la región, Brasil y Colombia, actualmente bajo gobiernos de izquierda.
No obstante, surge una pregunta fundamental en este état des choses: ¿qué grado de influencia tendrá la administración del presidente estadounidense Donald Trump—bajo la doctrina Donroe—en las inminentes elecciones latinoamericanas?
Polarización
Si en 2025 el mapa político regional se inclinó hacia la derecha con el triunfo de José Antonio Kast en Chile, la caída del MAS, la elección de Rodrigo Paz en Bolivia, de Asfura en Honduras, y la reelección de Daniel Noboa en Ecuador, las elecciones de 2026 pondrán a prueba esta tendencia: ¿logrará consolidarse o la izquierda mantendrá sus bastiones?
La polarización será una constante. En Brasil, el presidente Luiz Inácio Lula da Silva busca un cuarto mandato en un clima de fuerte división, con una derecha debilitada tras la condena de Jair Bolsonaro, aunque todavía con capacidad de movilización. Las encuestas actuales son favorables para Lula, aunque su edad introduce un factor incierto.
En Colombia, el gobierno de izquierda encabezado por Gustavo Petro enfrenta alta desaprobación, un congreso hostil y una oposición que se reorganiza. Petro, imposibilitado de buscar la reelección, intentará transferir su capital político a un sucesor en un ambiente electoral complejo que incluye una propuesta de asamblea constituyente.
Los otros comicios no serán menos complicados. Costa Rica inicia el ciclo electoral el primer domingo de febrero, en medio de un conflicto entre el popular presidente Rodrigo Chaves y el órgano electoral.
Perú, atraviesa una crisis crónica de casi diez años, presentando un panorama caótico con un récord de candidatos y un electorado desencantado con la clase política y preocupado por la seguridad.
Haití enfrenta el casi insuperable reto de celebrar elecciones en un contexto de crisis humanitaria y de seguridad que pone al estado al borde del colapso.
Trump: The chief is in action
La influencia externa más relevante en este ciclo es, sin duda, la administración de Donald Trump. El año 2025 marcó un precedente que nos alertó: mostró su intención de «volcar su peso (y sus recursos)» en los procesos electorales latinoamericanos. Su apoyo activo a fuerzas de derecha en las elecciones legislativas en Argentina y en las presidenciales de Honduras—acompañado de advertencias sobre la ayuda financiera tras posibles derrotas—y el posterior triunfo de candidatos apoyados por él, evidenciaron un nivel de intervención no visto desde el final de la Guerra Fría.
Esta política, conocida como la Doctrina Donroe, mezcla incentivos y coerciones: aranceles punitivos, sanciones, amenazas militares, promesas de activar o finalizar acuerdos comerciales, junto con apoyo financiero condicionado. Su objetivo: contrarrestar la influencia china y favorecer gobiernos alineados a sus intereses en seguridad, migración, comercio y acceso a recursos naturales.
Para 2026, hay señales de que esta injerencia proseguirá. En Colombia, Trump ha sancionado a Petro y descertificado al país en la lucha antidrogas, acciones interpretadas como un respaldo a la oposición de derecha. En Brasil, aunque una disputa arancelaria inicial benefició a Lula al posicionarlo como defensor de la soberanía, la Casa Blanca podría intentar influir en otros frentes antes que en el brasileño.
El operativo militar que culminó con la captura del presidente venezolano Nicolás Maduro en enero de 2026 envió un mensaje contundente a toda la región: la administración Trump está dispuesta a actuar de manera unilateral y efectiva para imponer su agenda, sin importar los medios.
La posterior advertencia de Trump sobre la necesidad de «hacer algo respecto a México» en relación con los cárteles de la droga y su desdén público por el T-MEC añaden más tensión a este pot-pourri global, incrementando su fricción con la OTAN por Groenlandia y con Irán en Medio Oriente.
Democracias bajo presión
Este año, los ciudadanos evaluarán los resultados de los gobiernos salientes y decidirán sobre el futuro económico y social de sus países, con la seguridad, la economía y la corrupción como temas centrales; sin embargo, implícitamente, también mostrarán su nivel de aceptación o resistencia ante la presión e influencia de Estados Unidos en la región y en sus países, como se evidenció en la elección hondureña.
La paradoja de Brasil, donde la interferencia de Trump terminó fortaleciendo a Lula mientras dejaba a Bolsonaro tras las rejas, sugiere que podría existir un efecto «boomerang». No obstante, la dependencia económica, la necesidad de cooperación en seguridad y la presión migratoria hacen que muchos países sean vulnerables a las exigencias de Washington.
Por ello, debemos estar atentos. El ciclo electoral en LATAM no solo definirá el mapa político de la región, sino también la naturaleza de su relación con Estados Unidos en el futuro.
La responsabilidad del futuro recae en los ciudadanos, quienes deberán discernir entre sus propias convicciones y los intereses externos que buscan influenciarlos.
Así, veremos si América Latina avanza hacia una derecha alineada con el proyecto «América Primero», si consolida una resistencia de izquierda o si encuentra un camino centrado en la autonomía y la integración regional en un mundo cada vez más polarizado, donde el bienestar de los latinoamericanos no es prioridad. La soberanía democrática en la región enfrentará sus miedos históricos: ¿hemos aprendido las lecciones del pasado?
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