Análisis del Tecnofeudalismo, el Transhumanismo y su Impacto en el Poder: Una Perspectiva sobre la Distopía Contemporánea – Factos.cl: Últimas Noticias de Chile

Desde Silicon Valley hasta la geopolítica mundial, magnates tecnológicos se dedican a la inversión para extender la vida humana más allá de sus límites biológicos, alterando así la relación entre poder, mortalidad y desigualdad.

Por Hugo Catalán Flores. Columnista de FACTOS

UNO.
La interrogante sobre cuándo comenzaremos a vivir en una distopía —es decir, en esos relatos que describen futuros sombríos creados por escritores e intelectuales, donde los individuos están atrapados en su propio mundo o atrapados por la tecnología, en contextos de sobrepoblación o de tendencia hacia el “invierno demográfico” y el “baby bust”, en entornos deteriorados o en ciudades contaminadas y desorganizadas— se ha vuelto la cuestión del momento en nuestra realidad.

En estos escenarios futuros aparece una jerarquía de castas, clases dominantes u oligarquías que dirigen y se benefician de la frustración y los sufrimientos de la población. La mayoría de las narrativas—ya sean novelas, cómics, películas, series o videojuegos—exploran cómo estas élites económicas y políticas capitalizan los conflictos que surgen en la intersección entre tecnología y usuarios-consumidores.

Actualmente, un grupo particularmente claro en su papel de antagonista son los llamados tecnofeudalistas —según la conceptualización de Yanis Varoufakis— y algunos líderes políticos globales que, de manera cínica o menos disimulada, actúan como los principales beneficiarios de las innovaciones tecnológicas. Esto podría ser indicativo de que ya estamos inmersos en una distopía.

Esta preocupación ha perdurado entre pensadores y analistas que estudian el efecto de las nuevas tecnologías en el comportamiento social, en particular la inteligencia artificial, así como en las plataformas electrónicas que han dominado las interacciones de millones de personas durante las últimas dos décadas. La futuróloga estadounidense Amy Webb argumenta que estamos en un superciclo tecnológico que entrelaza inteligencia artificial, sensores avanzados y biotecnología, generando efectos cruciales en la producción y en las interacciones sociales.

DOS.
El 3 de septiembre de 2025, durante la celebración del 80.º aniversario de la victoria de China sobre Japón en la Segunda Guerra Mundial, mientras el presidente Xi Jinping y su compañero ruso Vladimir Putin desfilaban por la plaza de Tiananmen, un micrófono abierto captó una conversación reveladora. “Hoy en día… la biotecnología permite un trasplante continuo de órganos humanos; las personas podrían rejuvenecer a medida que envejecen e incluso llegar a ser inmortales”, afirmó Putin. Xi replicó: “Las proyecciones indican que en este siglo, vivir hasta los 150 años podría ser posible”.

Esa conversación pone de manifiesto una inquietud existencial: la búsqueda de trascendencia como motor, especialmente en aquellos que detentan el poder. No ocultan su deseo de superar las limitaciones naturales de la fisiología humana y aspirar a una trascendencia física, no solo a un legado histórico.

En esta línea, en lo que respecta a ampliar los límites de la condición humana —una característica que Hannah Arendt sitúa en la natalidad y no en la mortalidad— esta conversación señala a un grupo adicional preocupado por desafiar la muerte, al menos buscando extender la vida más allá del siglo.

Un selecto grupo de oligarcas tecnológicos —los tecnofeudalistas radicados en Silicon Valley— se alinea con corrientes como el transhumanismo, el posthumanismo o el tecnohumanismo (en la formulación de Yuval Noah Harari). Todas estas corrientes comparten la meta de romper con la barrera de la muerte o, al menos, proyectar la vida mucho más allá de la expectativa promedio.

Entre ellos se encuentran algunas de las mayores fortunas de la historia, ligadas a la revolución tecnológica y a inversiones masivas en biotecnología. Estos magnates dirigen su capital hacia nuevas técnicas y tratamientos: Sam Altman (OpenAI), Peter Thiel (Palantir), Larry Ellison (Oracle), Sergey Brin y Larry Page (Google), Jeff Bezos (Amazon) o Elon Musk, entre otros. Uno de los más entusiastas es Bryan Johnson, quien tras invertir en startups hace dos décadas, ha centrado casi toda su atención en biotecnología, convirtiéndose en un experimento viviente: sigue de cerca sus indicadores biológicos y ha implementado terapias para frenar el envejecimiento, incluyendo transfusiones de plasma de su hijo adolescente.

Si estos empeños no nos llevan a la puerta de una distopía —donde las élites logran extender su existencia de manera insospechada mientras el resto de la humanidad observa—, al menos presentan un panorama inquietante: recursos materiales y financieros prácticamente ilimitados destinados a desafiar la condición humana.

TRES.
Algunos podrían argumentar que esta perspectiva involucra a toda la humanidad. Sin embargo, la finitud ha sido una constante en la experiencia humana. La expansión de nuestra especie sobre cada rincón del planeta —con las consecuencias ecológicas que conocemos— no ha eliminado la mortalidad como principio de equilibrio evolutivo.

Somos materia orgánica dotada de conciencia, que se transforma al extinguirse y que continúa su ciclo en el universo. Intentar distorsionar esa perspectiva parece más un impulso egoísta que un acto altruista.

Además, muchos de estos actores comparten posturas políticas específicas, algunas de las cuales son radicales. Desde diversas vertientes, hay quienes se inclinan por extremos de derecha o ideologías integristas. En este contexto, se puede argumentar que ya estamos viviendo en una distopía, donde la resistencia se convierte en una necesidad ética y política, ya que lo que está en juego no es solo la prolongación de la vida, sino el mismo sentido de la condición humana.

Con Información de factos.cl

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