Análisis del Neoliberalismo, la Obediencia Social y el Autoritarismo en Chile

En Chile, al igual que en diversas partes del mundo, el neoliberalismo no es únicamente un modelo económico heredado; es una forma de vida que se ha consolidado profundamente. Este sistema rige no solo a través del mercado, sino también mediante la gestión de la atención, el miedo y la identidad. El reciente triunfo de Kast no puede interpretarse solo como un cambio ideológico o un incidente electoral, sino que se manifiesta como un signo del éxito de un régimen que ha moldeado subjetividades cansadas, reactivas y dispuestas a aceptar el orden establecido.

Hoy, la atención se ha convertido en el principal campo de confrontación política. Quien logra capturarla no solo define el voto, sino también el horizonte de lo que es posible pensar. El neoliberalismo chileno, más persistente que sus gobiernos, ha entendido cómo gobernar creando dispersión, agotamiento y miedo. La subjetividad ya no es un espacio de resistencia, sino una infraestructuras del sistema.

La dispersión constante no es un simple efecto colateral de la era digital, sino una estrategia política diseñada para mantener el orden. La fragmentación de noticias, escándalos sucesivos, polémicas identitarias y constantes amenazas crean un sujeto saturado, incapaz de sostener una pregunta sin reaccionar de inmediato. Un sujeto así no piensa políticamente, sino que responde de manera emocional, convirtiéndose en terreno fértil para el autoritarismo.

El triunfo de Kast no refleja una fortaleza ideológica, sino un agotamiento subjetivo y una ocupación de espacios. No proviene de una ciudadanía empoderada, sino de una población fatigada, sobreestimulada y desencantada con el conflicto permanente, dispuesta a delegar su seguridad a cambio de silencio. La aparición de la ultraderecha no es un fracaso del neoliberalismo, sino su culminación; un Frankenstein que se complementa con su creador. El orden autoritario se presenta como la promesa de descanso y consumo ante el caos creado por el propio sistema.

En este contexto, la institucionalidad no actúa solo como árbitro corporativo, sino como gestor de emociones. Administra los miedos, canaliza las rabias y organiza la atención colectiva. La llamada guerra cultural tiene un propósito claro: mantener la discusión en lo superficial, dividir identidades e intensificar reacciones, mientras las estructuras económicas y sociales permanecen inalteradas. Se nos impulsa a reaccionar constantemente, a indignarnos sin pausa y a tomar posición sin reflexionar.

Tanto la derecha autoritaria como la izquierda identitaria no interrumpen este régimen; lo alimentan cuando reducen la política a meras reacciones sin una pausa reflexiva. El neoliberalismo no teme al conflicto simbólico; lo requiere. Lo que no puede tolerar es una atención sostenida, el silencio o la interrupción del ritmo. No necesita censurar el pensamiento crítico, simplemente lo vuelve inviable a través del agotamiento.

Por ello, la resistencia ya no consiste en gritar más fuerte ni en multiplicar consignas. Se trata de algo políticamente más peligroso: recuperar la soberanía sobre nuestro tiempo interior. Hacerse una pausa antes de reaccionar, no consumir de inmediato cada provocación, mantener la atención en una sola cosa y aportar silencio donde se exige ruido. Estas prácticas no son privadas ni terapéuticas; son actos de insubordinación cotidiana. En un régimen que se alimenta de la reacción, no reaccionar es un acto de desobediencia.

La quietud, la atención mantenida y el cuidado no son evasiones ni espiritualismo. Son formas concretas de resistencia política en un país acostumbrado a la agitación constante. Negarse a vivir en estado de alerta, no alinearse inmediatamente en cada batalla simbólica y no entregar la atención como un tributo diario al miedo hace que el sujeto se vuelva menos predecible. Un sujeto impredecible representa una amenaza para cualquier proyecto autoritario.

Sin embargo, el control no solo se ejerce al capturar la atención; también se hace a través de la fijación de identidades. En Chile, la identidad se ha vuelto un campo minado: etiquetas políticas, morales y culturales determinan de antemano desde dónde se debe reaccionar. El yo neoliberal, obligado a definirse, mostrarse y defenderse, cree que se está afirmando, pero en realidad se vuelve manejable.

La identidad rígida apacigua al poder. Facilita anticipar reacciones, organizar conflictos y neutralizar disidencias. El sujeto identificado responde como se espera. Por esto, la desidentificación no es una retirada ni una neutralidad, sino un gesto profundamente político. Desidentificarse es aflojar la obediencia interna, dejar de reaccionar desde una identidad herida o exaltada y observar el propio yo sin someterse automáticamente a él.

Este gesto, silencioso y poco visible, desarma uno de los dispositivos centrales del neoliberalismo: la movilización constante de afectos sin un cambio real. Un sujeto desidentificado no se deja fácilmente arrastrar por el miedo, el odio o la nostalgia del orden. No se ofrece dócilmente como material de la guerra cultural.

Resistir el capitalismo de la atención y desidentificarse del yo son dos aspectos de una misma estrategia política: recuperar la soberanía sobre la experiencia. En un país marcado por el trauma, la urgencia y la reacción constante, la quietud se convierte en una desaceleración insurgente. No es apatía ni repliegue, sino reposicionamiento.

Desde este enfoque, es posible abrir un nuevo camino político. No se trata de una política del miedo ni de reacciones automáticas, sino de una política de la duración, del pensamiento que no permite ser interrumpido, del silencio que no puede ser colonizado. Una política capaz de confrontar el autoritarismo sin replicar su lógica, sino retirándole su materia prima: la atención capturada.

El futuro político de Chile no se decidirá solo en elecciones o instituciones. Se juega en la capacidad —o incapacidad— de sostener la atención, el pensamiento y el silencio ante un régimen que se alimenta de nuestra reacción.

El poder no solo teme a la protesta; en esencia, teme al sujeto que deja de reaccionar conforme a lo esperado..

Con Información de pagina19.cl

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