
Existen momentos en el ejercicio del poder en los que el escándalo deja de ser un accidente y se convierte en un método. Un instante en el que la provocación deja de aspirar a la ovación y empieza a medir la impunidad. Un punto —extremadamente peligroso— en el que el poder ya no disimula su tiranía, porque ha comprobado que no enfrenta consecuencias al rebasar todos los límites.
La imagen que publicó Donald Trump no es un error ni un desliz, tampoco una broma ofensiva o un simple exceso en redes sociales. Es un síntoma. Y, como todo síntoma, revela una enfermedad profunda: la certeza de que se puede humillar, deshumanizar y degradar sin consecuencias reales.
Representar a Michelle Obama y Barack Obama como simios no es simplemente un acto de racismo; es una activación consciente de uno de los mecanismos más arcaicos y brutales del poder colonial: la animalización del “otro” para justificar su exclusión de la humanidad. No hay metáfora inocente aquí. No hay ambigüedad cultural. Esa imagen se conecta con siglos de esclavitud, linchamientos, zoológicos humanos, segregación y exterminio simbólico. Quien niegue esto no está confundido; está mintiendo.
Que la publicación haya sido eliminada doce horas después, únicamente bajo presión, no mitiga la gravedad de la situación. La agrava. Porque evidencia que no existía arrepentimiento, solo cálculo. No había conciencia, sino una evaluación de costos. El mensaje fue emitido, probado y medido. El monstruo fue exhibido para comprobar, una vez más, cuánto puede avanzar antes de que alguien intente detenerlo.
Y aquí está el núcleo del problema: Trump no es una anomalía individual. Es la manifestación concentrada de una estructura de poder que ha normalizado la crueldad, ha mercantilizado el odio y ha convertido el racismo en una herramienta política legítima. Trump no instauró esa lógica; la encarnó de una forma obscena, lo que la hizo más visible.
Cuando el poder se siente absoluto, se expone. Cuando cree que posee el mundo, deja de aparentar humanidad. No porque haya cambiado, sino porque ya no necesita ocultarse. La prolongada impunidad produce esto: la certeza de que todo está permitido, incluso aquello que destruye el tejido moral fundamental de una sociedad.
El racismo no es solo un insulto más en el repertorio de la violencia simbólica; es una tecnología de destrucción humana. No se debe jugar con ello, porque no se juega con lo irreparable. Cada acto racista no solo hiere a una persona o grupo, sino que erosiona el pacto básico que hace posible la convivencia. Introduce la idea de que ciertas vidas valen menos, que hay cuerpos que importan menos, que hay dignidades que pueden ser aplastadas para entretenimiento o por cálculo político.
¿A quién representa hoy el hombre más poderoso del mundo? Esa es la pregunta que la imagen obliga a formular. Representa a quienes confunden fuerza con brutalidad. A quienes creen que humillar al otro reafirma su propia grandeza. A quienes han decidido que la democracia es un obstáculo, la empatía una debilidad y la dignidad humana un estorbo.
Trump es todo lo que está mal en la humanidad contemporánea, no porque sea único, sino porque es exitoso. Millones ven en él no un accidente, sino un modelo a seguir. Su ascenso confirma que la barbarie no llega de golpe; se instala lentamente, normalizada, defendida y justificada, hasta que un día se exhibe sin pudor y aún así encuentra excusas.
El verdadero horror no es la imagen en sí, sino la red de silencios, relativizaciones y complicidades que la rodean. Es el “no era para tanto”, el “hay cosas más importantes”, el “también del otro lado pasa”. No. Aquí no hay simetría posible. Aquí hay un abuso de poder que golpea directamente al núcleo de lo humano.
¿Cuánto dolor puede infligir un hombre así en el poder? La historia ya lo ha respondido muchas veces. Cada vez que se ha tolerado el racismo como una opinión. Cada vez que la deshumanización ha sido tratada como simple provocación. Cada vez que se ha minimizado la violencia simbólica antes de que se convierta en violencia real.
No se trata de Trump como individuo, sino del mundo que permite su existencia, su gobierno y su sentimiento de impunidad. Un mundo que ha confundido la libertad de expresión con una licencia para destruir al otro. Un mundo que ha olvidado que la civilización no se mide por el poder acumulado, sino por los límites que se impone.
Cuando el monstruo se manifiesta, no basta con apartar la mirada ni esperar que se canse. Hay que nombrarlo, señalarlo y enfrentarlo. No por moralismo, sino por una supervivencia ética. Porque una humanidad que normaliza la animalización del otro ya ha comenzado a descomponerse.
Y porque el racismo no es un asunto de juego. Nunca. No hay margen. No hay permisos. No hay segunda oportunidad para lo irreparable.
Con información de https://www.pressenza.com/es/2026/02/trump-racismo-y-obscenidad/