Reescribe este titular Instrucciones II

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Debe empezar por mojar la piedra, resulta que el agua es imprescindible también para esto. Hay que pararse firme, con el pie derecho ejerciendo apoyo y un poco adelantado del izquierdo. Es imprescindible encorvar levemente el cuerpo, replegarse sobre sí mismo, como volviendo a uno, como guardando un secreto propio. No sucumba ante dolores de espalda o torpezas corporales, confíe en la memoria milenaria de la especie a la que usted pertenece. Sobre la piedra —que es un lingote de materiales abrasivos— debe apoyar el cuchillo haciendo un ángulo de unos 15°, con su mano dominante debe empuñar el mango y con los dedos de la otra debe acompañar el deslizamiento de la hoja poniéndolos sobre la orilla a afilar, apretando y al mismo tiempo permitiendo el movimiento, como el abrazo de tango que presiona comandando. Su mirada y pensamiento deben alinearse con la postura de su cuerpo. Bajo ninguna circunstancia se distraiga de ese trazado que va de adelante hacia atrás, de esa caricia que está a milímetros de cortar sus dedos. Como todas las cosas importantes en la vida no se debe hacer con indecisión, tampoco con prisa, estamos presos de la urgencia y del impulso y cualquier herramienta que pueda ser a la vez un arma, requiere de una pausa previa. Tenga en cuenta que el artefacto será usado por otras personas y que el resultado de su tarea debe ser útil y efectivo, pero jamás deberá lastimar. Entre la humedad, el movimiento y la concentración aparecerán pensamientos, surgirán ideas y emergerán recuerdos, es muy posible que el sonido del cuchillo sobre la piedra le recuerde al amor. Advierta que acá lo que importa es el filo, restaurarlo, cuando no hay filo hay desuso, la ausencia de filo es señal de olvido. La falta de filo es la muerte. El filo atraviesa y saberse atravesado por algo es morir y volver a nacer al mismo tiempo. El filo cambia lo otro, lo modifica, lo cortado por más cosido que esté, nunca vuelve a su estado ni apariencia iniciales. Es necesario que vaya probando, con sumo cuidado, el avance de su obra. Tocar con la piel de la yema de sus dedos la misma superficie que puede cortarlos, midiendo el punto óptimo en el borde, en el límite. Concéntrese. Prestar atención es lo mismo que fijarse y afilar, enfoque sus ojos en el extremo que está afilando y dese cuenta de que, al enfocarlos, los afila a ellos también. Afilar es asistir al instante previo, es la preparación del filo, es dejarlo listo para modificar algo, para dejar una marca. Afilar es probablemente el acto más humano e inteligente de nuestra especie, es imposible esta humanidad sin filo. No se distraiga, tenga presente que el mundo es nuestro lugar cada vez que empuñamos un cuchillo. Es válido que se haya despertado una mañana con la firme decisión de afilar lo desafilado en su cocina, es válido que sea la mañana del día de su cumpleaños y que en la alegría también habite la nostalgia de la distancia, es válido afilar extrañando su país y recordando cómo y quién le enseñó a afilar. Aproveche y sáqueles filo a todos los cuchillos, el filo es vida y hay que sostenerlo, mantenerlo, de nada sirve una herramienta si no puede usarse. De nada sirven los acontecimientos de la vida si no se puede volver a ellos. No levante la mirada, procure no hablar, sacar filo es algo silencioso, como leer. El filo de la hoja de papel que corta las yemas de los dedos es la prolongación del filo del hacha que cortó el árbol del que se hizo esa hoja. El filo es continuidad, como cumplir los años y recordar los muertos.

Alexandra Vega-Rivera

Con información de https://www.pressenza.com/es/2026/03/instrucciones-ii/

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