Reescribe este titular en nombre de la paz… misiles!

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Hace más de dos mil años, los atenienses fueron a negociar con los melienses, quiénes gobernaban una pequeña isla y se negaban a tomar partido en la guerra entre Atenas y Esparta. La respuesta ateniense fue brutal en su honestidad: «El fuerte hace lo que quiere y el débil paga lo que debe». Los melienses rechazaron someterse… los atenienses los masacraron.

Dos mil años después, esa misma lógica del fuerte que impone y los más débiles que son obligados a elegir entre el sacrificio o la rastrera genuflexión, se instaló el sábado recién pasado en el Trump National Doral, lugar en donde doce presidentes latinoamericanos viajaron a firmar lo que se llamó el «Escudo de las Américas». No fue en una sede de la OEA, ni en ningún espacio que evocara, aunque sea vagamente, la idea de igualdad entre naciones, fue en el resort de golf personal de Trump. El simbolismo no puede ser más elocuente.

Ahí estaban Milei, Bukele, Kast, Noboa y los demás mandatarios que fueron convocados, no por su representatividad ni por la relevancia de sus países en el problema, sino por su afinidad ideológica con Washington. Mandatarios de países como México, Colombia y Brasil no fueron invitados, pues el criterio no fue la pertinencia, sino la obediencia servil.

Y Trump fue directo al punto: «El corazón de nuestro acuerdo es un compromiso de usar fuerza militar letal para destruir los siniestros cárteles y redes terroristas de una vez por todas”. Para que no quedaran dudas, añadió: «Usaremos misiles, si quieren que usemos misiles. Son extremadamente precisos. ¡Pum, directo al salón! Eso será el fin de ese miembro del cártel”.

Silo ya había diagnosticado este momento en el Documento del Movimiento Humanista: «El gran capital ya ha agotado la etapa de economía de mercado y comienza a disciplinar a la sociedad para afrontar el caos que él mismo ha producido”. Lo que se vio en Doral no es una solución al caos del narcotráfico. Es el gran capital disciplinando a sus socios menores para administrar el caos que él mismo generó.

Y lo anticipó también cuando señaló hace treinta años atrás: «aún cuando se interviniera en terceros países por razones humanitarias evidentes para todos, se sentarían precedentes para justificar nuevas acciones por razones ni tan humanitarias ni tan evidentes para todos.» Hace pocos días Trump atacó Irán en nombre de la seguridad regional, ahora apunta al continente latinoamericano, esta vez con la firma de sus propios presidentes.

Trump está destruyendo el derecho internacional, esos mínimos acuerdos civilizatorios que la humanidad construyó para que los Auschwitz y los Hiroshima, que costaron cien millones de vidas durante la Segunda Guerra Mundial, no se volvieran a repetir. Tales acuerdos decían que ningún país podía invadir a otro y que los crímenes de guerra no prescribían aunque los cometiera el vencedor. Es cierto que tales acuerdos eran imperfectos, pero existían, al menos como una aspiración hacia la cual la humanidad debía avanzar.

Los supuestamente más fuertes siempre quieren instalar una mañosa dicotomía: o la resistencia digna de los melienses pero pagando con su supervivencia, o el vil sometimiento que se vio en Doral, meneándole la cola a Trump en su resort de golf como perritos falderos. Esas dos opciones son las que el poder siempre ha ofrecido a los supuestamente más débiles. Y para los humanistas, ninguna de las dos es la respuesta.

Lo que deja este 7 de marzo de 2026 no es una condena sino un desafío: los pueblos que no fueron convocados a Doral, los que no firmaron nada, los que tampoco fueron consultados, son mayoría. Y la mayoría que se organiza desde abajo, desde el medio inmediato, desde las redes humanas concretas que ningún misil puede destruir del todo, es el único poder que la historia ha demostrado que perdura.

Pero hay una pieza que falta en este tablero. Los gobiernos, partidos y movimientos progresistas de América Latina llevan demasiado tiempo postergando una conversación urgente. Se entiende: los procesos nacionales, los ciclos electorales, las urgencias cotidianas. Pero ese aislamiento ha dejado de ser una circunstancia para convertirse en una peligrosa vulnerabilidad.

Trump no actúa al azar. Primero fue Venezuela, ahora los cárteles, y ya habla abiertamente de Cuba. La lógica es clara: ir de a uno, sin que nadie intervenga. El secuestro de Maduro no puede naturalizarse como el nuevo estándar, porque ese estándar se va moviendo, y el que sigue en la lista ya se sabe quién es.

Por eso es urgente que Lula, Petro, Sheinbaum y los movimientos progresistas de la región encuentren una agenda común. No una alianza ideológica rígida. Algo más simple y más necesario: la capacidad de respaldarse mutuamente y recordarle al mundo que América Latina no es el patio trasero de nadie.

Esa fue siempre la apuesta humanista. Y hoy, más que nunca, sigue siendo la única que vale la pena. Porque como escribió Juan Rulfo, y tan bien nos suena en estas latitudes: “o nos salvamos todos juntos o nos hundimos separados”.

Con información de https://www.pressenza.com/es/2026/03/trump-y-el-escudo-de-las-americas-en-nombre-de-la-paz-misiles/

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