Reescribe este contenido 
En un gesto sin precedentes que subraya las crecientes tensiones políticas internas en la India, el gobierno del estado norteño de Punjab rompió el silencio institucional para ofrecer un minuto de silencio en homenaje a las víctimas de los ataques estadounidenses-israelíes contra Irán.
Punjab y Cachemira desafían a Nueva Delhi: gestos de solidaridad con Irán
La sesión presupuestaria de la Asamblea Legislativa, celebrada la semana pasada en la capital estatal, Chandigarh, se transformó así en el primer y único espacio institucional en toda la India que condena abiertamente la ofensiva desatada el pasado 28 de febrero contra territorio iraní (veáse TribuneIndia.com).
El gesto, promovido por el legislador Sukhwinder Kumar Sukhi, adquirió una dimensión particularmente simbólica al rendir tributo no solo a los más de 160 niños fallecidos en el bombardeo de una escuela iraní, un acto que Sukhi calificó de «inhumano». También se lamenta el asesinato del líder supremo iraní, el ayatolá Alí Jamenei, cuya muerte ha conmocionado al mundo chií. —»Condeno lo que hizo el gobierno de Trump y presento mis respetos», —declaró Sukhi ante una cámara que, presidida por Kultar Singh Sandhwan, que se puso en pie para guardar silencio.
Este acto de solidaridad, sin embargo, no puede entenderse desligado del complejo entramado político y agrario que caracteriza a Punjab, conocido como el granero de la India. La postura del Estado, gobernado por el Aam Aadmi Party (AAP), constituye un desafío directo a la línea oficial del gobierno de Narendra Modi. Este y su gabinete ha mantenido un silencio calculado que, para muchos, es un tácito respaldo hacia la ofensiva liderada por Israel y EE.UU (véase críticamente DeutscheWelle). La visita de Modi a Israel apenas dos días antes del estallido del conflicto, es todo un indicio, donde Modi se abrazó con Benjamin Netanyahu y fue distinguido y ovacionado en el Parlamento israelí. Estos hechos han sido interpretada por la oposición en la India, como un espaldarazo a la coalición beligerante (véase PakObserver.net).
Más allá de la geoestrategia y los gestos, el malestar en Punjab hunde sus raíces en el surco de la tierra más allá de estos acontecimientos recientes. El detonante inmediato de las protestas masivas que han sacudido el Estado ha sido más una respuesta al anuncio del acuerdo comercial, entre India y Estados Unidos. El primer ministro de Punyab, Bhagwant Singh Mann, no ha dudado en calificar este pacto como una amenaza incluso superior a las tres controvertidas leyes agrarias que, tras un año de históricas protestas, fueron derogadas en 2021 (véase yugmarg.com) y causaron la mayor huelga en el sector agrario de la Historia (más de 250 millones la secundaron).
—»El acuerdo India-EE.UU. es incluso más peligroso que las tres leyes», —sentenció Bhagwant Singh Mann ante la Asamblea, advirtiendo que la entrada de productos agrícolas estadounidenses fuertemente subvencionados destruiría la soberanía alimentaria del país al arruinar al de por sí debilitado minifundio y la agricultura de subsistencia.
En un discurso cargado de simbolismo histórico, el jefe del gobierno punjabí comparó la nueva situación con la depredación de los tiempos del dominio colonial británico, evocando las hambrunas y los millones de muertes provocadas por unos criterios comerciales orientados a la exportación. Fue entonces cuando lanzó una metáfora que, para un oído occidental, requiere explicación: —»Antes la «Compañía de las Indias Orientales» saqueó la India, y ahora la ‘Compañía del Oeste’ ha empezado a infiltrarse». Con esta expresión, Mann no alude a una corporación real, sino que identifica a las grandes multinacionales estadounidenses («del Oeste») que, a su juicio, buscan hoy mediante acuerdos comerciales lo que los británicos lograron por la fuerza en su época de «esplendor imperial».
El silencio y las complicidades de Nueva Delhi, tanto con Israel como con EE.UU., contrastan de forma abrupta con el bullicio y la claridad del compromiso en las protestas en Punjab y Cachemira. Allí, la solidaridad con Irán no es un gesto vacío ni una consigna importada. Brota de una conciencia forjada en la experiencia. Los agricultores punjabíes, que han visto cómo las guerras y los tratados comerciales siempre terminan por traducirse en carestía de combustibles, fertilizantes y alimentos, saben que un misil lanzado contra Teherán también puede hacer explosión en sus cosechas.
Su mirada es más larga más allá de la anécdota. Cuando el líder Bhagwant Singh Mann alerta contra la nueva «Compañía del Oeste», no hace sino actualizar una memoria trágica. Se refiere a las políticas comerciales del Imperio Británico que, en nombre del «libre mercado» y bajo el mando de virreyes como Lytton, condenaron a decenas de millones de indios a muerte por hambre entre finales del siglo XIX y principios del XX . Prácticas que supusieron las exportaciones masivas de grano, mientras la población en al India moría, e impuestos que exprimían al campesinado, más la destrucción de la manufactura local. Aquel «sacrificio en aras de la modernización capitalista del Reino Unido y demás», en palabras del historiador Mike Davis, costó la vida a entre 30 y 60 millones de personas en todo el mundo, la mayoría en la India.
Por eso, cuando hoy los agricultores de Punjab se movilizan contra un acuerdo comercial y en solidaridad con un país lejano como Irán, no lo hacen por un vago instinto de supervivencia, sino porque la historia les ha enseñado en carnes propias que las mismas lógicas de expolio que ayer vaciaron sus graneros y segaron vidas, hoy visten de nuevo con traje de tratado y amenazan con repetir la tragedia. Su protesta es, un acto de memoria y de lucidez solidaria. Saben que la guerra en Oriente Próximo y los pactos con Occidente son dos caras de una misma moneda, y que, como ayer, quienes siempre pagan el precio son los de abajo. Como ellos ahora y en su día en el XIX.
La movilización ha trascendido el ámbito institucional. El pasado martes, miles de campesinos se echaron a las carreteras de todo el estado convocados por plataformas como el Samyukt Kisan Morcha (SKM), una coalición nacional de organizaciones agrarias que ya lideró las protestas de 2020-2021. En un comunicado, el SKM calificó a Estados Unidos como «el mayor enemigo de la paz mundial» y vinculó explícitamente la guerra contra Irán con el acuerdo comercial, asegurando que ambos son «contrarios a los intereses de los agricultores» (véase MaktoobMedia.com, y con la debida “cautela” DeutscheWelle).
La crisis ha encontrado también un eco vibrante en la Cachemira ocupada por la India, donde las autoridades han respondido con mano dura. Coincidiendo con la conmemoración del Día de Al-Quds —jornada de solidaridad con el pueblo palestino instituida por el ayatolá Jomeini en 1979—, el ejército indio clausuró la histórica Mezquita Jamia en Srinagar, la más grande del valle, e impuso restricciones en las zonas de mayoría chií (véase LokmaTtimes). El clérigo jefe de Cachemira, Mirwaiz Umar Farooq, no dudó en equiparar la acción india con el continuo cierre israelí de la Mezquita de Al-Aqsa en Jerusalén durante el Ramadán.
Miles de personas desafiaron la represión en Budgam y Leh para clamar por Palestina e Irán, mientras que en lugares tan alejados del conflicto como Lucknow, capital de Uttar Pradesh, el clérigo chií Kalbe Jawad Naqvi denunciaba la paradoja de que «Irán está indefenso» mientras la India permanece en silencio, a pesar de que Teherán ha permitido el paso de buques petroleros indios.
En la arena política nacional, las críticas han arreciado. El líder del partido AIMIM, Asaduddin Owaisi, ha exigido a Modi que condene el ataque, recordando que la India ha mantenido durante ochenta años una política de neutralidad en el conflicto palestino-israelí . «¿Por qué se sentó con Trump y Netanyahu?», inquirió Owaisi en Hyderabad, denunciando que los intereses energéticos han silenciado la voz de la diplomacia india .
Mientras el ministro de Asuntos Exteriores, Subrahmanyam Jaishankar, se ha limitado a asegurar que se está monitorizando la situación y que se ha permitido atracar a tres buques iraníes en puertos indios —un gesto que Teherán ha agradecido—, la oposición, encabezada por Rahul Gandhi, ha llevado pancartas frente al Parlamento exigiendo liderazgo en lugar de silencio (véase ThePrint.India).
La fragmentación de las organizaciones campesinas, antaño unidas bajo una misma bandera, añade una capa de complejidad a la situación. Mientras el SKM mantiene su pulso, otras facciones como el Kisan Mazdoor Morcha (KMM) actúan por separado, lo que, según analistas, permite al gobierno actuar con mayor dureza. Sin embargo, la magnitud de lo que está en juego —la guerra en Oriente Próximo y un acuerdo comercial que amenaza con desmantelar el campo— podría volver a unir a quienes siembran y cosechan en la tierra de los cinco ríos (véase IndianExpress.com).
El silencio y las complicidades de Nueva Delhi —tanto con Israel como con EE.UU.— contrastan de forma abrupta con el bullicio y la claridad de las protestas en Punyab y Cachemira. Allí, la solidaridad con Irán no es un gesto vacío ni una consigna importada: brota de una conciencia forjada en la experiencia. Los agricultores punyabíes, que han visto cómo las guerras y los tratados comerciales siempre terminan por traducirse en carestía de combustibles, fertilizantes y alimentos, saben que un misil lanzado contra Teherán también puede hacer explosión en sus cosechas.
No es mero instinto de supervivencia, sino memoria viva de un mundo donde las cadenas de suministro y las balas o las bombas siguen la misma lógica: la de un orden que sacrifica a los pueblos en beneficio de unos pocos. Por eso, cuando en las aldeas de Malwa o en las mezquitas de Srinagar se alzan voces contra la guerra, no solo defienden a Irán: defienden la idea de que otro mundo es posible, uno donde la soberanía alimentaria y la paz no sean moneda de cambio.
La India y seis milenios de civilización, frente al breve y condicionado parpadeo del gobierno de Modi
Mientras los centros de poder en Nueva Delhi calibran su brújula estratégica hacia Washington y Tel Aviv, en los campos del Punjab y las montañas de Cachemira se respira una tragedia de escala continental que las pizarras de la bolsa no alcanzan a registrar. La crisis en Irán no se vive allí desde un tablero de ajedrez, sino un hachazo directo a la raíz de la supervivencia. En estas regiones, donde la densidad poblacional desafía cualquier lógica urbana occidental, la solidaridad con el vecino persa nace de una herida común. Ni más ni menos que la de haber sido uno de los antiguos motores de lo humano, en un mundo que hoy los ignora o intenta homologarlos, asimilarlos y, en el fondo, hacerlos desaparecer, como si su antigüedad fuese una anomalía que el Presente no sabe cómo integrar.
Existe una India que habita en el futuro. La del algoritmo, los fondos de private equity propios y ajenos (muy ajenos), y una IA con agencia que optimiza industrias, decisiones gubernativas o políticas, para emplear a cada vez menos manos humanas. Aunque a su sombra sobrevive otra India que es un espejo de la humanidad misma. Hablamos de una masa crítica de cientos de millones de agricultores, una población equivalente a toda la Unión Europea, que aún siembra y cosecha al ritmo de las estaciones y las costumbres ancestrales. Este «gigante rural», a menudo ajeno a las normativas ISO y a los circuitos de exportación de alto valor, se encuentra hoy atrapado en una pinza mortal: por un lado, el encarecimiento asfixiante de la energía y los insumos debido a la guerra en el Golfo; por otro, un gobierno que parece haber redescubierto el viejo juego de castas —reforzado en su día por el Raj británico— para blindar a una élite tecnocrática bajo el manto del nacionalismo hindú.
La desconexión es total. Mientras el capital —propio y ajeno, desde los fondos de private equity hasta los organismos financieros internacionales— analiza el conflicto en el plano donde se mueven Modi y los suyos, como una cuestión de “seguridad nacional”, cientos de millones de personas, plenamente humanas, pero no asimiladas al modelo que impone la última doctrina económico-social, quedan fuera del cálculo. Para el campesino de a pie, en cambio, se trata de una amenaza existencial, como si —al modo de las viejas leyendas— alguien hubiera marcado su puerta con una señal silenciosa: la del “tú no”.
Solo queda intentar medir cuántos millones de seres humanos llevan hoy en la India esa señal marcada, por razones de lejanía, de cultura, de casta o simplemente de lugar en el engranaje de un mundo que avanza sin esperar a todos. Ese es, quizá, el verdadero marasmo del gobierno de Modi: no tanto la falta de voluntad como el límite mismo de lo gobernable en un país de escala continental. Ningún dirigente puede hablar al mismo tiempo para todos, y menos aún cuando la nación contiene siglos distintos viviendo bajo el mismo cielo. Su carga —y también su cruz— es gobernar para una mayoría posible, sabiendo que otra, inmensa, solo será escuchada algunos días de la semana.
En última instancia, Modi enfrenta la cruel realidad de un país donde la escala y la diversidad hacen imposible que nadie gobierne para todos. Sus políticas favorecen al sector conectado, al capital, al mercado global; el resto, es decir, la inmensa India rural, la masa crítica que sostiene la vida, queda al margen de los circuitos mercantiles. Esa exclusión no es un accidente, ni se limita a lo «comercial» o «estandarizado»; eso sería un fallo menor. Es antes la manifestación tangible de un Sistema que gobierna en función de unos pocos, mientras cientos de millones viven a la sombra de sus decisiones. La cruz marcada en sus puertas es invisible, pero real: ¿extinguirse o transformarse en un proceso diezmador que es otra forma de extinción? El Gobierno actual de la India ya tiene los métodos de la Corona Británica como antecedentes.
Con información de https://www.pressenza.com/es/2026/03/el-estado-indio-de-punyab-y-sindicatos-agrarios-expresan-su-solidaridad-con-iran-ante-el-silencio-del-gobierno-modi/