Reescribe este titular dibujar para reírse y pensar un poco más

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Por Esteban Medina


Hay dibujos que arrancan una risa rápida. Otros que incomodan. Los de Damivago hacen ambas cosas. Uno se ríe primero, casi por reflejo y después aparece esa pequeña pausa incómoda: “esto me suena”, “esto lo he dicho”, “esto lo he escuchado en mi casa”. Y ahí el humor deja de ser solo humor.

Detrás del apodo está Daslav Vladilo, ilustrador que empezó dibujando en los márgenes de los cuadernos del colegio. Caricaturizaba profesores, inventaba historias con sus compañeros, copiaba animales de enciclopedias que hojeaba con fascinación infantil. El dibujo nunca fue un pasatiempo pasajero. Fue una compañía constante.

El camino profesional no fue directo. Estudió Ingeniería Comercial a inicios del nuevo milenio, en un momento en que dedicarse a la ilustración parecía más algo imaginario que un proyecto viable, especialmente fuera de Santiago. No hubo un gran quiebre ni una rebelión dramática. Simplemente nunca dejó de dibujar. Y un día, ese hábito se convirtió en oficio.

El nombre Damivago lo acompaña desde niño. Lo que partió como firma lúdica terminó siendo identidad pública y también un espacio desde donde mirar, y hacer mirar ciertas contradicciones cotidianas.

Reírse del machismo, no del chiste machista

En sus viñetas aparecen escenas reconocibles: el comentario que empieza con “no soy machista, pero…”, la expectativa rígida sobre cómo “debe” comportarse un hombre, el gesto que parece inofensivo, pero sostiene desigualdades profundas. No hay sermones. Hay espejos.

Su intención no es burlarse de quienes sufren discriminación, sino de las actitudes que la perpetúan. El matiz es clave. En tiempos donde todo parece leerse en clave de ataque o defensa, el humor puede confundirse fácilmente. A veces ocurre: alguien toma literal lo que está construido como ironía. Pero ahí está precisamente la tensión interesante del humor crítico: obliga a detenerse un segundo.

Chile atraviesa un momento particularmente sensible. La polarización política se ha instalado en conversaciones familiares, en redes sociales, en espacios laborales. El debate sobre género, impulsado con fuerza en la última década, convive con una reacción conservadora igualmente intensa. Las redes amplifican todo: la risa, el apoyo, el enojo.

En ese escenario, el humor no es neutro. Y tampoco lo pretende ser.

Dibujar en tiempos de redes

Las viñetas circulan principalmente en plataformas digitales donde el alcance es amplio y diverso. Niños, adolescentes y adultos mayores reaccionan de igual forma. En ferias del libro no es raro ver a un joven señalar una caricatura y decirle a su padre: “Ahí estás tú”. La escena es sencilla, pero revela algo profundo: el humor como puente generacional.

Al mismo tiempo, el espacio digital es áspero. La literalidad se impone, las discusiones escalan rápido y la sensibilidad está a flor de piel. No hay campañas organizadas intentando silenciarlo, pero sí comentarios enojados, malentendidos y lecturas que descontextualizan la ironía. Es parte del paisaje actual.

La pregunta de fondo es más amplia: ¿qué lugar ocupa la sátira en una sociedad que discute todo con el ceño fruncido? Tal vez uno fundamental. Porque cuando el debate se rigidiza, la risa puede abrir una rendija.

Cultura, autonomía y tensiones

Como muchos creadores en Chile, ha combinado trabajo independiente con instancias puntuales vinculadas a políticas culturales públicas, como talleres y adquisición de libros en contextos educativos. La discusión sobre financiamiento estatal suele convertirse en disputa ideológica, pero en la práctica la mayoría de los artistas navega entre autonomía y oportunidades esporádicas.

El debate cultural en Chile no es ajeno. Se cruza con presupuestos, con visiones sobre el rol del Estado en la cultura y el arte, con una conversación permanente sobre qué voces merecen espacio. En el caso de Daslav Vladilo la principal fuente de ingresos y de combustible para mantener la rueda de Damivago girando es su esfuerzo, para bien o para mal. Sin una editorial tercera a su espalda, solo él, su lápiz y su humor crítico, que enoja a más de uno en los comentarios de sus viñetas.

La inteligencia artificial y el valor del oficio

Otro tema que aparece con fuerza es la inteligencia artificial. No desde el pánico, pero tampoco desde la ingenuidad. La tecnología avanza rápido y redefine el trabajo creativo. La preocupación no es su existencia, sino la falta de regulación y el riesgo de reemplazar procesos humanos sin reflexión ética.

El dibujo, al final, no es solo un resultado visual. Es una mirada, una experiencia, una biografía que se cuela en cada trazo. Eso no se automatiza tan fácilmente. Daslav cuestiona el poco interés que se ha tenido en el parlamento por impulsar regulaciones con respecto al uso de inteligencia artificial. Aunque conversando surge una idea brillante: usarla para burlarse de los parlamentarios, quizás así sean conscientes de sus peligros. Algo que, al menos, vale la pena intentar.

Un espejo breve

Al final, mientras pienso en el breve rato que hablé con Daslav, en medio del ambiente de inseguridad que transmite la televisión, la desconfianza de la gente frente a sus autoridades y el ruido constante de las redes sociales sociales, el humor gráfico cumple una función tan silenciosa como oportuna. No cambia estructuras por sí solo. No dicta soluciones. Pero puede señalar una grieta, iluminar una contradicción, desarmar una frase hecha.

Las viñetas de Damivago no gritan. No buscan escandalizar. Funcionan como esos espejos que uno encuentra de pronto y que, por un segundo, obligan a mirarse con honestidad. Y, a veces, reírse de uno mismo es el primer paso para cambiar.

Con información de https://www.pressenza.com/es/2026/03/damivago-dibujar-para-reirse-y-pensar-un-poco-mas/

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