Reescribe este titular cuando la política reemplaza el diálogo por etiquetas

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Reducir al adversario político a una palabra empobrece el debate y debilita la democracia.

Por Esteban Medina

En muchos debates políticos actuales basta una palabra para cerrar la conversación. “Zurdo”, “facho”, “progre”, “ultra”. La etiqueta aparece y el intercambio termina antes de empezar. No hay argumentos que escuchar ni matices que considerar: el rótulo basta para ubicar al otro en el bando equivocado desde nuestra perspectiva. Lo que debería ser una discusión sobre ideas termina convirtiéndose, muchas veces, en una clasificación de personas.

Las sociedades están formadas por ciudadanos que interpretan de manera diferente los problemas públicos, con prioridades diversas y soluciones distintas frente a un mismo hecho. Sin embargo, cuando el diálogo deja de centrarse en las ideas y comienza a organizarse en torno a identidades rígidas, algo cambia: el adversario deja de ser alguien con quien discutir y pasa a ser alguien a quien clasificar.

Las palabras con que hablamos de los demás no son inocentes. Con ellas no solo describimos el intercambio de ideas respecto a lo político: también lo moldeamos. El lenguaje que utilizamos para nombrar al otro termina influyendo en la manera en que lo comprendemos. Si un calificativo sustituye al argumento, la conversación pública pierde profundidad y se vuelve más frágil.

En Chile, esta dinámica aparece con frecuencia en el lenguaje político cotidiano. Palabras como “facho” o “zurdo” se utilizan en discusiones en redes sociales, programas de opinión o conversaciones informales para ubicar rápidamente al interlocutor en un campo político. La palabra funciona como una señal que identifica al otro antes incluso de escuchar lo que tiene que decir.

El problema es que ese gesto aparentemente simple también tiene un efecto más profundo. Cuando alguien es reducido a una clasificación política, su opinión queda de antemano desacreditada o minimizada. Así, el lenguaje deja de servir para intercambiar ideas y comienza a funcionar como una herramienta para cerrar la conversación.

Este fenómeno no se limita al lenguaje cotidiano; también aparece en la práctica política. En España, por ejemplo, se ha citado el episodio en que parlamentarios de izquierda presentaron una propuesta inspirada en iniciativas previamente defendidas por la derecha para demostrar que, en contextos de fuerte polarización, muchas propuestas pueden ser rechazadas no por su contenido, sino por la identidad política de quienes las presentan. Algo similar ocurre en Chile en debates parlamentarios o públicos, en que distintos sectores anuncian de antemano que votarán “en contra” de lo que impulse el adversario político. En ambos casos, el mensaje implícito es el mismo: antes que evaluar la idea, importa quién la propone. La etiqueta pesa más que el argumento.

Este mecanismo de simplificación no es nuevo. A lo largo de la historia, las sociedades han desarrollado distintas formas de clasificar a los grupos humanos para explicar sus diferencias. En su análisis histórico del concepto de raza, el historiador Max S. Hering Torres señaló que la “raza” debe entenderse como una construcción intelectual y social producida dentro de determinados discursos históricos, más que como una realidad biológica fija. Según su análisis, el término ha adoptado distintos significados a lo largo del tiempo, pero ha mantenido una función persistente: diferenciar y jerarquizar las condiciones humanas, es decir, establecer distinciones entre grupos humanos que terminan organizando la forma en que una sociedad percibe a quienes considera distintos.

Pero el aporte del análisis de Hering Torres no se limita a explicar la historia de una palabra. También muestra cómo las sociedades tienden a organizar su comprensión del mundo mediante categorías que simplifican la diversidad humana. A través del lenguaje y de determinados discursos dominantes se establecen clasificaciones que, con el tiempo, pueden parecer naturales, aunque en realidad sean el resultado de procesos históricos y culturales.

La tentación de simplificar al otro

El contraste histórico se hace más evidente si observamos cómo estos calificativos eran entendidos en el siglo XIX. El historiador Vicente Fidel López, por ejemplo, definía la “raza” como un conjunto de pueblos originarios de regiones y climas comunes que compartían lengua, religión y ciertos rasgos culturales duraderos. En su Manual de Historia de Chile, sostenía que esas características dejaban una marca persistente en los pueblos y contribuyen a explicar las diferencias entre sociedades.

Miradas como esta reflejan una época en la que se pensaba que las sociedades podían comprenderse a partir de grandes etiquetas relativamente estables. Con el tiempo, sin embargo, el desarrollo de la investigación histórica y científica mostró que la realidad humana es mucho más compleja que esas clasificaciones amplias.

Y esa lección histórica permite mirar con mayor distancia el debate político contemporáneo.

Si alguien es definido simplemente como “zurdo” o “facho”, deja de ser un individuo con argumentos propios y pasa a convertirse en una figura abstracta dentro de un conflicto político. El otro desaparece detrás de la categoría. En lugar de escuchar razones, respondemos a identidades; en lugar de discutir ideas, combatimos una palabra usada despectivamente.

El problema no es la existencia de diferencias políticas, inevitables en cualquier democracia, sino la transformación de esas diferencias en identidades rígidas que hacen cada vez más difícil la conversación pública.

Porque cuando una persona es reducida a una palabra, algo esencial se pierde. La etiqueta reemplaza al individuo; su historia, sus razones y sus matices desaparecen detrás del rótulo. En ese gesto aparentemente menor, nombrar al otro con una simplificación despectiva,  aparece también una forma de agresión simbólica: una manera de disminuir al interlocutor y de negar la complejidad de quien está al otro lado de la conversación. Ya no lo vemos como un igual, como un ser humano, como un ciudadano. La palabra “facho” o “zurdo” se impone en nuestra cabeza incluso cuando no la pronunciamos en voz alta. Dejamos de oír lo que este tiene que decir y sencillamente distorsionamos el mensaje del locutor con la etiqueta que le hemos puesto.

La historia muestra que las sociedades han recurrido muchas veces a categorías simples para explicar realidades complejas. Pero también muestra que esas simplificaciones suelen empobrecer nuestra comprensión del mundo.

Tal vez por eso la democracia exige algo más difícil que clasificar al adversario: exige escucharlo. Algo que es sumamente complejo para la gran mayoría de personas hoy en día, la tentación de insultar, menospreciar y calificar despectivamente es muy grande ¿Cómo no serlo? Te consume menos tiempo, no hace pensar ni cuestionar lo que uno cree como verdadero, quitas peso a tu adversario. Sin embargo, es una alternativa peligrosa en el largo plazo.

Porque una democracia se deteriora cuando dejamos de discutir ideas y empezamos a reducir a los seres humanos a una sola palabra despectiva.

Con información de https://www.pressenza.com/es/2026/03/zurdo-o-facho-cuando-la-politica-reemplaza-el-dialogo-por-etiquetas/

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