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Silencio en la sombra callada. Gritos de niños que se pierden en el aire. Llantos olvidados que se disuelven entre el estruendo de misiles asesinos que siegan la vida y siembran odio en corazones partidos.
El cielo se ilumina con el fuego de la muerte mientras las ciudades se convierten en cementerios de polvo. Casas abiertas como heridas. Escuelas reducidas a escombros. Hospitales donde ya no hay médicos suficientes para contar los muertos. Y mientras tanto, en salones iluminados y cómodos despachos, hombres de traje hablan de estrategias, de equilibrios y de intereses. Palabras frías que jamás pronuncian el nombre de los niños que mueren.
Gobernantes ineptos, obsesionados con llenar sus bolsillos de poder, incapaces de mirar a los ojos de quienes pagan con su vida las decisiones que ellos firman con tinta limpia sobre papeles impecables. La desinformación organizada por los propios gobiernos rompe esperanzas, confunde sentimientos y divide pueblos que jamás se odiaron. Hace que unos se enfrenten a otros mientras los verdaderos responsables permanecen a salvo, protegidos por sus muros de privilegios.
La corrupción campa a sus anchas. Un escándalo tapa al anterior. Una mentira sustituye a otra. Todo queda amparado por ese blindaje indigno de aforados, de estructuras diseñadas para que la responsabilidad nunca alcance a quienes toman decisiones que destruyen vidas. La sociedad grita angustiada, pero sus voces se pierden en la niebla de la mentira, en pantallas que adormecen las conciencias, en sillones que estrangulan los ojos y en la empatía olvidada de corazones ambiciosos.
Corazones destrozados por el egoísmo. Corazones que ya no sienten.
La política, que debería ser un servicio a la sociedad, se ha convertido demasiadas veces en una profesión desvalorizada, en un refugio cómodo para quienes obedecen ciegamente a quien les colocó en ese puesto. La geopolítica olvida a la humanidad y se transforma en un monstruo frío que solo busca beneficios económicos, recursos estratégicos y poder, arrasando a su paso la vida de millones de personas.
Imagen Pedro Pozas Terrados – IA
Las guerras ya no se libran solo en los campos de batalla. Se libran también en los mercados financieros, en las industrias armamentísticas, en las alianzas ocultas que alimentan conflictos que jamás debieron existir. Y en medio de todo, los pueblos. Siempre los pueblos. Los que ponen los muertos. Los que entierran a sus hijos. Los que ven cómo sus ciudades desaparecen bajo una lluvia de fuego que nadie les pidió.
Surgen entonces líderes que aparecen de la nada, elegidos por un pueblo harto de abusos y sangrías. Pero muchos de esos líderes terminan convirtiéndose en lo mismo que prometieron combatir. En cómplices sin escrúpulos de crímenes de lesa humanidad. En parásitos del estiércol del poder. Y, sin embargo, saben atraer los votos de una falsa democracia que manipula emociones, que fabrica enemigos y que alimenta el miedo para mantenerse en el poder.
Líderes que no respetan las leyes que exigen a los demás. Líderes que se creen dioses. Dueños de destinos que no les pertenecen. Dueños de vidas que jamás deberían estar bajo su control.
La verdad se diluye en burbujas de propaganda y una sociedad cansada termina creyendo lo que le dicen que debe creer. Se olvida demasiado rápido la masacre de civiles. Se olvidan los bombardeos sobre barrios enteros. Se olvidan los cuerpos bajo los escombros. Se olvidan los hospitales destruidos. Se olvidan los campamentos de refugiados convertidos en objetivos militares.
Y se olvidan, sobre todo, los rostros. Los rostros de los niños.
Niños sin sonrisa. Niños asesinados. Niños que jamás entenderán por qué nacieron en un mundo que parecía odiarlos. Ojos desolados que buscan una razón para su dolor. Tripitas hinchadas de hambre. Bocas secas, agrietadas por la sed. Pequeñas manos que aprenden demasiado pronto lo que es el miedo.
Bombas que les arrebatan su derecho a la libertad antes incluso de haber aprendido a pronunciar esa palabra.
¿Qué nos está ocurriendo? ¿En qué momento dejamos de ser humanidad? ¿En qué instante nos acostumbramos a ver imágenes de niños muertos mientras seguimos cenando frente a una pantalla? ¿Hasta cuándo vamos a permitir que la guerra se convierta en una estadística más en los informativos? ¿Hasta cuándo la muerte de un niño será solo una cifra en un informe militar?
¿Y si fueran nuestros hijos? ¿Y si fueran nuestros nietos? ¿Y si fuera nuestra casa la que se derrumba esta noche bajo las bombas? ¿Y si fuéramos nosotros quienes caminamos durante días con lo puesto, huyendo entre columnas de refugiados, buscando agua, buscando comida, buscando un lugar donde dormir sin miedo?
¿No le importa a nadie el desplazamiento de millones de seres humanos que lo han perdido todo? Sin hogar. Sin trabajo. Sin familia. Sin futuro. Todo arrebatado por el capricho de botas militares que aplastan la esperanza.
La guerra no es heroica. La guerra no es gloriosa. La guerra es el fracaso absoluto de la humanidad. Es la derrota de la inteligencia. Es la victoria del odio.
Mientras tanto, la industria de las armas sigue creciendo. Los fabricantes celebran contratos millonarios. Los mercados suben. Las acciones suben. Y los cementerios también crecen.
¿De verdad creemos que este es el camino? ¿De verdad queremos un mundo donde la violencia sea el idioma universal? ¿De verdad pensamos que el dolor ajeno no terminará alcanzándonos? Porque la guerra, tarde o temprano, siempre llama a todas las puertas.
Hoy ocurre lejos. Mañana puede ocurrir aquí. La humanidad se encuentra ante un espejo incómodo. Y la pregunta sigue flotando en el aire, como un grito que nadie quiere escuchar:
¿Hacia dónde nos dirigimos? ¿Hacia la civilización o hacia nuestra propia destrucción?
Con información de https://www.pressenza.com/es/2026/03/bajo-los-escombros/