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27 de enero 2026, El Espectador
Comparto esta columna el 25 de enero, en el día en que mi madre habría cumplido 99 años. Ella honró la vida: la suya y la de todos a su alrededor. Valoró la verdad, el amor por el arte y el arte de enseñar con afecto; y guardó en su corazón tres principios de maestra: mantener viva la curiosidad (el entusiasmo de descubrir, aprender y vivir), encontrar lo mejor en cada persona y nunca menospreciar a nadie.
Hizo todo lo posible por ahuyentar tristezas, propias y ajenas, y si había la más mínima oportunidad de rescatar un poco de esperanza en medio de situaciones difíciles, ella lo hacía. Multiplicaba esa esperanza a través de una sonrisa auténtica, una palabra alentadora, una expresión de gratitud y una lección de sabiduría presentada con sencillez, como si estuviera ofreciendo un simple trozo de pan.
No cayó en obviedades ni en paradigmas, evitando las trampas del juicio y la condena. En una sociedad arbitraria, fue siempre una mujer justa, en perfecta sintonía entre lo que pensaba, decía y hacía. No tenía un doble discurso ni secretos ocultos. Era auténtica, transparente, como la mirada de sus ojos en un verde azul inigualable.
Mi madre era profunda, sensible, divertida y brillante. Vivió plenamente, exploró la vida en cada viaje, en cada libro que leyó y escribió, en cada mapa del cielo y de la tierra. Tenía un espíritu infinito y generoso donde todos cabíamos y donde cada uno era importante, con algo valioso que ofrecer, hacer y contar. Transformó el arte, el teatro y la literatura en formas de comprender y apreciar el mundo con amplitud y humildad; nunca cerró su alma, y quizás por eso emprendió su último viaje a los 94 años, tranquila, plena, rodeada de amor y con más juventud que vejez.
A diario le pido que me ayude a mantener vivo el optimismo, a buscar maneras de contrarrestar la destrucción que, con rapidez, perpetran tiranos y dictadores que acumulan armas, bombardeos, capitales y cadáveres. Es cierto que nuestra vida es efímera y que ocupamos un pequeño rincón del mundo, pero cada vida salvada sigue siendo un tesoro, y cada vida perdida, una vergüenza.
Le pido que me proteja de la tentación de caer en el escepticismo; que me brinde confianza como un mandato vital, en mis acciones y creencias, en mí misma y en los demás, para que nada me haga dudar de que vale la pena luchar por la vida y abrir espacios para las palabras y el diálogo, como una conquista colectiva. Una mano tendida vale mucho más que una mano armada, a pesar de las voces que insisten en que somos ilusos, y que el mundo seguirá siendo un lugar violento y binario por los siglos de los siglos.
Le pido a ella y a todos los que puedan, que protejamos la llama de la persistencia, para que nada la apague. Anhelo que las posibilidades de luz no sean vencidas por la oscuridad: una pequeña posibilidad, aunque frágil, puede transformar realidades.
Contamos con herramientas para construir puentes, acercar lenguajes, historias y culturas, y desarrollar un pensamiento conciliador y libertario, sin miedo ni arrogancia. Poseemos el valor necesario para honrar a quienes fundaron este mundo y a quienes, generación tras generación, hicieron posible que hoy estemos vivos. Y tenemos, sobre todo, una inmensa responsabilidad que no podemos defraudar.
Con información de https://www.pressenza.com/es/2026/01/por-los-atomos-de-esperanza/