
Las alianzas, los frentes amplios y los proyectos conjuntos no son solo palabras optimistas, sino la base fundamental de una democracia que trasciende el mero reformismo.
Paco Cano /Ctxt
Existen frases que trascienden el tiempo, resonando en cualquier contexto. No porque anticipen el futuro, sino porque tocan lo esencial. Gerardo Pisarello¹ me recuerda una de estas frases de Josep Anselm Clavé, político, poeta y músico del siglo XIX: “Associeu-vos i sereu forts, instruiu-vos i sereu lliures, estimeu-vos i sereu feliços” («Asociaos y seréis fuertes, instruiros y seréis libres, y quereos y seréis felices«).
Asociarse, instruirse, quererse. Tres llamados a la acción que constituyen un manual de supervivencia colectiva, una guía esencial para no sucumbir en tiempos propicios a la fragmentación y la impotencia. En una era de individualismo extremo, falta de pensamiento crítico y odio propagado, Clavé suena más como una hoja de ruta contemporánea y urgente que como un eco del romanticismo del siglo XIX.
La frase-sinfonía de Clavé se compone de tres movimientos. El primero, asociarse, apela al acto radical de no estar solo. Reunirse desmantela la ilusión de que el sufrimiento es solo individual y nos recuerda que juntos somos más fuertes y más perceptivos. En una sociedad que fomenta el aislamiento, asociarse se erige como un acto contracultural. Implica salir de la pantalla, del miedo y del monólogo interno para entrar en un espacio compartido donde hay diferencias, pero también diálogo y confluencias. Las políticas del encuentro —en celebraciones, asociaciones vecinales, centros culturales o alianzas inesperadas— son, hoy en día, una tecnología democrática esencial.
Lo presencial tiene un poder subversivo. Mirarse a los ojos pierde el miedo al otro, añade matices y complejidad, y reinvierte las reglas del actual juego. La democracia no nació en platós ni algoritmos; nació en el ágora, en la asamblea, en lacolla, en la agrupación de carnaval, en lostxokos, en las cuadrillas, en el barrio. No es nada nuevo. El movimiento vecinal, el sindicalismo y las asociaciones culturales han sido históricamente escuelas de ciudadanía. No son espacios perfectos, pero sí son esenciales. Sin ellos, la política pierde su anclaje; con ellos, recupera su fundamento. Asociarse es, en el fondo, reconstruir lo común, encuentro a encuentro.
Instruirse es el segundo movimiento en la sinfonía de Clavé. El más pausado y menos ostentoso, pero el más crucial. Implica formarse criterio, aprender a pensar de manera autónoma —sapere aude— en un mundo que gasta enormes recursos para evitarlo. La dominancia del odio contemporáneo no solo se impone desde la economía o las instituciones; también entra por la mente, a través de una guerra cognitiva, y por historias que normalizan la desigualdad y hacen de la convivencia un privilegio. Ante esto, se requiere alfabetización mediática, cultura desafiante y crítica constante. La hegemonía no se sostiene solo con poder; se construye mediante el sentido común. Quienes creemos en la convivencia debemos producirlo, o lo harán quienes propagan el odio. “Nadie libera a nadie, ni nadie se libera solo; los hombres se liberan en comunión”, decía Paulo Freire. Instruirse es un aprendizaje compartido que nos faculta para descifrar el mundo, cuestionar ideas impuestas y detectar soluciones simples a problemas complejos. La educación que no genera dudas engendra obediencia, no libertad.
El tercer verbo-movimiento es quererse. El más incómodo, el más malinterpretado y, al mismo tiempo, el más estratégico. Hablar de amor, alegría y cuidados en política puede percibirse como blando, hippie o poco serio. Sin embargo, quererse no es simple sentimentalismo; es acción política. No reproducir las lógicas que criticamos, cuidar lo común, reconocer a los demás como iguales en dignidad y centrar la vida en el cuidado son vitales. La política no debe limitarse a gestionar daños; debe ofrecer esperanzas y futuros posibles. Una política que moviliza desde el miedo y la violencia se agota rápidamente; en contraste, una que genera vínculos y esperanza avanza hacia niveles de dignidad para todos. Siguiendo a Frei Betto, el amor es la brújula que guía la lucha por un mundo más justo, humano y habitable, donde el cuidado y la fraternidad sean la norma, no la excepción.
Asociarse, instruirse y quererse no son solo consignas abstractas ni gestos de buena voluntad; son prácticas concretas para sobrellevar el malestar contemporáneo sin caer en el aislamiento, la resignación o la apatía. Constituyen la base de un humanismo radical que no se conforma con gestionar precariedades, sino que busca transformarlas, tejiendo lo común y creando vínculos que sostengan vidas dignas. Un sistema que depende del aislamiento y del miedo no es compatible con una sociedad que se organiza, reflexiona y se cuida. Por esta razón, las alianzas, los frentes amplios y los proyectos compartidos no son solo lenguaje idealista, sino la infraestructura básica de una democracia que trasciende el reformismo.
En 1850, Anselm Clavé fundó la asociación “La Fraternitat” para promover el canto coral entre los trabajadores y defender su acceso a la cultura. Desde su faceta de músico y político obrero, comprendió el asociacionismo y la educación como herramientas de fuerza colectiva y dignidad. Su consigna sigue vigente: asociarnos para no ser prisioneros del miedo; instruirnos para pensar con autonomía; querernos para no escondernos tras lo que enfrentamos. Políticas del encuentro para ser fuertes, políticas culturales para ser libres y políticas del cuidado para alcanzar la felicidad.
¹ Argentin@ residente en España. Doctor en Derecho y profesor de Derecho Constitucional en la Universidad de Barcelona. Vicealcalde de Barcelona en el primer gobierno de Ada Colau. Actualmente, diputado de En Comú Podem.
Con información de https://www.pressenza.com/es/2026/02/fuertes-libres-y-felices/