Minneapolis: un experimento punitivo del poder.

No todas las acciones del poder se explican por la lógica de la seguridad o el interés estratégico; algunas responden a una motivación más primaria: el castigo. La ofensiva migratoria iniciada en Minneapolis a comienzos de enero no se debe a una emergencia demográfica ni a una amenaza criminal específica. Más bien, es una manifestación del uso del Estado como herramienta de revancha política, racial y simbólica por parte de Donald Trump.

La elección de Minneapolis no es arbitraria. Aunque no es un punto central para la migración irregular del país, sí alberga una cantidad significativa de personas indocumentadas. Sin embargo, la ciudad tiene un número desproporcionado de agentes migratorios, incluso mayor que el de las fuerzas policiales locales. Esto indica que no se trata de controlar un fenómeno, sino de imponer disciplina en un territorio.

El operativo federal fue presentado como una acción contra delincuentes. Este tipo de retórica es habitual en la criminalización masiva, destinado a deshumanizar y justificar el uso de la fuerza. La realidad observada, sin embargo, es otra: detenciones indiscriminadas, redadas violentas y protestas reprimidas. El mensaje no fue sutil, sino ejemplarizante.

¿Por qué Minneapolis? Porque representa todo lo que el trumpismo desprecia: una ciudad gobernada por demócratas, un bastión progresista en un estado que Trump perdió en varias elecciones presidenciales. También es hogar de una gran comunidad somalí, negra y musulmana, y un distrito político que incluye a Ilhan Omar, una de sus opositoras más vocacionales; su existencia representa, para algunos, una amenaza.

Sin embargo, Minneapolis es también un símbolo de memoria. Allí, el asesinato de George Floyd provocó una revuelta mundial contra el racismo y la violencia estatal, y fue donde el movimiento Black Lives Matter se consolidó. Para Trump, Minneapolis no solo es una ciudad hostil, sino una herida en su narrativa de autoridad, y en su lógica, las heridas deben ser castigadas.

Este castigo se manifiesta a través del aparato migratorio federal. El ICE ha pasado de ser una agencia administrativa a una fuerza de ocupación, destinada a intimidar en vez de proteger. No para aplicar la ley de manera imparcial, sino para enviar un mensaje político: desobedecer tiene consecuencias.

Este uso del poder plantea serias cuestiones éticas y legales. En el ámbito constitucional, las redadas masivas desafían la Cuarta Enmienda, que protege contra detenciones arbitrarias. El estatus migratorio no anula la Constitución ni permite detenciones colectivas basadas en perfiles raciales. La Quinta Enmienda asegura el debido proceso y se ve comprometida cuando la privación de libertad se convierte en espectáculo punitivo. La Decimocuarta Enmienda prohíbe la discriminación, y cuando la fuerza se concentra en comunidades específicas, la intención discriminatoria se manifiesta de manera evidente.

La legislación migratoria, especialmente la Immigration and Nationality Act, no permite redadas para castigos políticos ni intervenciones diseñadas para socavar administraciones locales. La discrecionalidad tiene límites; la desproporción y la selectividad constituyen abuso de poder.

A nivel internacional, los compromisos son aún más claros. Estados Unidos es parte del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, que prohíbe detenciones arbitrarias y garantiza igualdad ante la ley. La Convención Internacional sobre la Eliminación de todas las Formas de Discriminación Racial obliga a los Estados a erradicar prácticas discriminatorias. En última instancia, los derechos humanos no diferencian entre ciudadanos y no ciudadanos: la dignidad es universal.

Desde esta perspectiva, las redadas en Minneapolis no pueden considerarse una política migratoria legítima, sino una forma de violencia estructural ejercida por el Estado contra un símbolo de oposición. Es una estrategia de miedo utilizada como forma de gobierno, una pedagogía autoritaria que afecta tanto a migrantes como a la ciudadanía en general.

Frente a esto, la respuesta de los habitantes de Minneapolis resulta significativa. Los vecinos que alertan con silbatos, reparten alimentos, graban operaciones y se organizan, evidencian que la elección del castigo fue una respuesta a la resistencia. No se castiga al que se somete, sino al que actúa.

Por lo tanto, la conclusión es clara: Minneapolis no es solo el escenario de una política migratoria, sino de una represalia. Una retribución de un presidente que actúa desde el resentimiento, y no desde la ley; desde la animadversión, no desde la institucionalidad; desde el odio, no desde la seguridad.

Cuando el Estado se utiliza para ejecutar venganzas políticas y reprimir identidades, el problema trasciende lo local. Se convierte en un síntoma de una regresión democrática. Y cuando la ley se convierte en un arma contra la diversidad, lo que está en juego es mucho más que el destino de los migrantes; es la salud moral y legal de toda la sociedad.

Hoy, Minneapolis no es una excepción; es una advertencia.

Con información de https://www.pressenza.com/es/2026/01/el-castigo-de-un-trump-que-odia-minneapolis-como-laboratorio-punitivo-del-poder/

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