La promesa asegura la continuidad de la vida

Por Sol Pozzi-Escot

El joven poeta peruano ha presentado su tercer poemario, titulado “Conversación sobre lo que no fue”, que establece un diálogo con lo más esencial de nuestra humanidad: la muerte y el amor, inevitables en la vida.

En este libro, la Muerte no es solo una metáfora distante, sino un interlocutor. ¿Qué te motivó a representarla como un “tú” con el que se puede dialogar?

Representar a la Muerte como un “tú” fue una elección casi natural. Mientras escribía, me di cuenta de que tratarla como un concepto abstracto la alejaba. Al darle un rostro y una voz, deja de ser solo una idea y se convierte en una presencia. Hablar con ella significa reconocer que nos acompaña silenciosamente a lo largo de la vida. Este diálogo se origina como una forma de honestidad ante aquello que nos confronta de manera directa y constante.

El poemario se divide en cuatro etapas. ¿Qué marca la transición entre ellas?

Las cuatro etapas se asemejan a una relación amorosa. Comienza con el encuentro, donde la persona amada es fuente de sorpresa y fascinación. Luego surge una etapa de convivencia, donde esa persona se convierte en parte de la rutina diaria. Después, llega la ruptura, que genera un vacío profundo que reconfigura todo. Y finalmente, hay un regreso para la despedida. Este regreso actúa como un cierre emocional y un punto de no retorno, que reafirma que lo vivido ha tenido un impacto significativo y que, aunque dolorosa, la despedida completa lo anterior.

En varios poemas se menciona la “obediencia” ante la Muerte. ¿Cuál es tu interpretación de esta idea?

La veo como una forma de lucidez ante los límites. En estos poemas, obedecer implica reconocer lo inevitable. Es un acto de aceptación que transforma la forma de experimentar el mundo. Obedecer es enfrentar lo inevitable y vivirlo sin autoengaños, con una atención más clara sobre el tiempo, la fragilidad y lo que realmente importa.

El libro presenta una tensión entre verdad y engaño, entre promesa y ruptura. ¿Qué discusión filosófica sustenta esa tensión?

La discusión filosófica detrás de esta tensión se centra en la fragilidad del sentido y en cómo los humanos nos sostenemos a través de relatos para navegar el tiempo. Desde esta perspectiva, verdad y engaño coexisten en nuestra experiencia.

Frecuentemente, nos aferramos a promesas que nos permiten seguir adelante, incluso si implican un grado de ficción. Así, la promesa se convierte en un elemento estructurador que da forma al futuro y facilita la continuidad de la vida.

La ruptura, en contraste, revela la provisionalidad de ese orden. Desde allí, el libro conecta con una reflexión más amplia sobre la finitud, evidenciando que el sentido se sostiene en equilibrios frágiles y que la muerte despoja las narrativas de sus certezas, obligándonos a replantear lo que entendemos por verdad cuando el tiempo ya no ofrece garantías.

Tu introducción al poemario establece un marco filosófico. ¿Qué influencias literarias afectaron su escritura, y cómo evitar que la filosofía opaque la emoción del poema?

La escritura del poemario se nutre de lecturas que han dejado una huella profunda en mí, tanto en narrativa como en poesía. Libros como Crimen y castigo de Dostoievski, Lolita de Nabokov, El conde de Montecristo de Dumas, La ciudad y los perros y Travesuras de la niña mala de Vargas Llosa, y La tregua de Benedetti, me han enseñado a explorar la interioridad humana a través del conflicto, la culpa, la obsesión, la espera y la fractura afectiva.

En poesía, Recuerdos del primer amor de Leopardi y, en un sentido más amplio, la obra de Marco Martos, Edgar Monrroue y José Santos Chocano, han influido en mi concepción del verso como un campo de memoria, intensidad y diálogo con lo ausente.

Después de concluir el libro, ¿tu percepción de la muerte ha cambiado de alguna manera?

Más que mi idea sobre la muerte, ha cambiado la forma en que me relaciono con ella. Ya no es una abstracción distante; ahora se manifiesta como una presencia que ordena el tiempo, incluso cuando intento pasarla por alto. Después de terminar el libro, la veo con mayor conciencia de la finitud y su impacto en lo cotidiano, en lo que se pierde y en lo que perdura.

La encuentro en muchos lugares: cruzando la calle, al salir de reuniones a altas horas, o en situaciones cotidianas. La siento en hospitales y velorios, pero también en llamadas tardías, en noticias que recuerdan que el mundo no se detiene, en la fatiga del cuerpo, y en despedidas que podrían ser definitivas.

Después de escribir el libro, la muerte dejó de ser un concepto lejano y se convirtió en esta presencia constante que ordena el tiempo, recordándome que todo es más fugaz de lo que parece. La escritura no me ofreció respuestas definitivas, pero agudizó mi perspectiva y dejó abierta una conversación que sigue, incluso con el cierre del libro.

Con información de https://www.pressenza.com/es/2026/01/peru-eduardo-chocano-ravina-la-promesa-permite-la-continuidad-de-la-vida/

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