
10 de febrero de 2026, El Espectador
La política, en sus inicios, estaba vinculada a la organización de la ciudad y del Estado, con el objetivo de lograr un funcionamiento ordenado de la sociedad y el bienestar común de sus ciudadanos.
Lamentablemente, los principios de Aristóteles parecen haberse desvanecido. El egoísmo y la corrupción han dominado el escenario político, convirtiendo el ejercicio de la política en una versión contemporánea de la feria de las vanidades.
Si la ética pudiera personificarse, sería una especie en peligro de extinción, similar a un panda o a un axolote. Son pocos los políticos que comprenden y practican un principio fundamental: la ética y la lealtad no se negocian.
En un entorno donde prevalecen el intercambio de intereses y el poder, la integridad se percibe como un anacrónico tesoro arrumbado, olvidado en un viejo baúl. Analicemos eventos recientes: un abogado vinculado a un polémico candidato de ultraderecha es designado conjuez en el Consejo Nacional Electoral para decidir si el senador Iván Cepeda, representante de la izquierda, podrá participar en la consulta del 8 de marzo. El fallo es claramente arbitrario, un ataque no solo al progresismo, sino a la esencia de la democracia.
Poco tiempo después, aparece el exembajador Roy Barreras intentando socavar desde dentro, mostrando un oportunismo propio de un camaleón adaptándose a cualquier entorno. Su ambición por el poder lo lleva a actuar a costa de la voluntad popular, transformando el triunfo en una miseria que atenta contra la cohesión social.
No se necesita ser politólogo para entender que el respaldo a Iván Cepeda en las encuestas proviene de una gran parte de la población que aprecia su compromiso de usar la política para dar voz a la verdad y honrar la memoria de las víctimas. Cepeda busca, de manera honesta, mejorar las vidas de los más vulnerables, construir puentes entre sectores diversos y hacer del Estado un bastión del respeto por la vida y los derechos humanos, en lugar de perpetuar un ciclo de odio y violencia.
He recibido diversas explicaciones sobre las acciones del exembajador Barreras, pero lo que veo es una persona oportunista. Agradezco su labor en el Congreso durante la firma del acuerdo de paz de 2016, pero no tiene derecho a cerrarle las puertas a Iván ni a los millones de votantes que lo apoyaron en octubre. Es probable que, el 8 de marzo, aquellos que respaldaron a Cepeda sigan apoyando a su partido en el congreso. Sin embargo, la selección pre-presidencial que no incluya a Iván Cepeda resulta una farsa; los cinco candidatos propuestos son más que cuestionables en términos de lealtad al electorado. (Uno es desleal, otro impresentable y los restantes son desconocidos).
En conclusión, Aristóteles merece nuestra compasión. Y nosotros, más aún, si caemos en el engaño del mimetismo mûlleriano, aquel de “las especies peligrosas”.
Con información de https://www.pressenza.com/es/2026/02/la-feria-de-las-vanidades/