Una Crisis Humanitaria Ineludible
Nos encontramos frente a una crisis humanitaria sin precedentes. Las aguas que hoy devastan hogares, carreteras y vidas no son meramente un fenómeno meteorológico; son también el reflejo de un país que expone sus fragilidades más profundas. Las lluvias y las inundaciones son parte del ciclo natural de la Tierra, fenómenos recurrentes a lo largo de la historia. Sin embargo, lo que no es natural es el abandono y la ineficiencia de un Estado que debería proteger a su ciudadanía, pero que demuestra ser incapaz en los momentos críticos.
Es común afirmar que durante las tragedias no es el momento de buscar culpables. Hay algo cierto en esta expresión: el sufrimiento exige solidaridad, refugio y ayuda inmediata. No obstante, la compasión no puede silenciar la conciencia. Ignorar las responsabilidades políticas transforma el sufrimiento colectivo en un ciclo repetitivo, condenado a repetirse con cada nueva temporada de lluvias. La naturaleza causa las inundaciones; la desidia las convierte en catástrofe.
Desde hace décadas se advierte sobre la imperante necesidad de una planificación urbana efectiva, sistemas de drenaje adecuados, políticas de vivienda responsables y mecanismos de protección civil. Se conocen las áreas propensas a inundaciones, y se identifican los riesgos, pero cada año el país parece ser sorprendido por la misma tragedia anunciada, como si la memoria institucional se desvaneciera con la retirada de las aguas.
Esta amnesia selectiva tiene cara y nombre: es la incompetencia administrativa, la priorización de intereses privados sobre el bien común, y una política entendida como negocio en lugar de como un servicio.
Mientras familias enteras se refugian en centros de acogida improvisados y niños pierden sus pertenencias y el suelo de su infancia, los discursos oficiales repiten clichés sobre “calamidades imprevisibles”. Sin embargo, nada de esto es realmente imprevisto. Lo único inesperado es el grado de indiferencia con que se acepta la tragedia de los más vulnerables. Las inundaciones desnudan la geografía social del país: afectan principalmente a aquellos que siempre han estado al margen, a quienes construyeron en suburbios sin infraestructuras, y a quienes nunca han tenido acceso a políticas públicas de calidad.
Un gobierno electo no es solo un operador ceremonial; es el guardián de la vida colectiva. Si falla en la prevención, no invierte en sistemas de alerta y permite que la corrupción consuma los recursos destinados a la protección social, incumple su pacto fundamental con el pueblo. La legitimidad política se pone a prueba en estos momentos críticos. No es suficiente visitar zonas afectadas con cámaras de televisión y un niño en brazos; es necesario haber estado presente antes del desastre, con acciones concretas y un verdadero respeto hacia los ciudadanos.
La crisis que enfrentamos es, por lo tanto, doble: natural y moral. Las aguas eventualmente se retirarán, pero la pregunta persistirá: ¿qué país deseamos reconstruir sobre este lodo? ¿Uno que continúe tratando los desastres como inevitables o uno que asuma la responsabilidad de proteger a su gente? La respuesta no puede emanarse únicamente de los palacios del poder; debe nacer de la sociedad, de las comunidades afectadas, de una ciudadanía que se niega a ser una víctima silenciosa.
Solidaridad hoy, sí. Pero también verdad, justicia y exigencia democrática mañana. Porque ninguna lluvia, por intensa que sea, justifica la falta de puentes, hospitales adecuados o refugios dignos. La naturaleza nos pone a prueba; la política nos revela. Y lo que ha revelado es que el mayor diluvio no es el de las nubes, sino el de la irresponsabilidad humana.
Con información de https://www.pressenza.com/es/2026/01/inundaciones-en-mozambique-una-tragedia-anunciada/