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Una perspectiva crítica en el Congreso de los Diputados
El 16 de enero pasado, ante un auditorio compuesto por representantes y directores de zoológicos, técnicos del campo y algunos responsables políticos, Pedro Pozas Terrados, Director Ejecutivo del Proyecto Gran Simio, fue ponente en unas jornadas organizadas por la Asociación Ibérica de Zoos y Acuarios (AIZA) tituladas “Ciencia, legislación y grandes simios: hacia una normativa basada en la evidencia”.
El evento se celebró en una sala del Congreso de los Diputados.
La intervención de Pedro Pozas se centró en la urgencia de poner fin a la reproducción en cautividad de los grandes simios, un acto que, más allá de argumentos científicos, representa la principal fuente de recursos para los zoológicos, sosteniendo su modelo de exhibición y negocio.
Durante las jornadas, los otros ponentes argumentaron la supuesta necesidad de los zoológicos para la ciencia, sosteniendo que una futura legislación sobre grandes simios no debería fundamentarse en cuestiones morales, sino estrictamente científicas. Sin embargo, en el debate final se evidenció que el aspecto crucial era precisamente la reproducción en cautividad, dado que no hay pruebas científicas independientes que respalden su continuidad y sí hay claros intereses económicos que la sustentan.
A continuación, se reproduce íntegramente la intervención del representante del Proyecto Gran Simio:
INTERVENCIÓN DE PEDRO POZAS TERRADOS
Buenos días. Primero, agradezco a la Asociación Ibérica de Zoos y Acuarios por su invitación para participar en esta mesa en defensa de nuestros parientes evolutivos y a todos los asistentes. Quiero comenzar agradeciendo al ministro de Derechos Sociales y al Director General de los Derechos de los Animales por su compromiso de entregarnos un borrador de Ley de Grandes Simios antes de finalizar 2025, en respuesta a nuestra solicitud en la reunión que tuvimos.
Imagen de Marta Esteban, Fundación Animals Guardians
Me gustaría empezar mi exposición desde una perspectiva del derecho: las leyes no son extensiones de la ciencia ni se rigen por sus principios. Son el conjunto de normas que las sociedades se imponen para regular la convivencia entre las personas y, por supuesto, también con otros seres no humanos.
Al referirnos a los grandes simios —chimpancés, bonobos, gorilas y orangutanes— no se trata solo de manejo de fauna, sino de una responsabilidad moral del Estado hacia seres que, por su complejidad cognitiva, emocional y social, ocupan un lugar especial en nuestra comunidad moral. Estamos hablando de homínidos, nuestros parientes evolutivos más cercanos, con quienes compartimos entre un 96% y un 99% del ADN, dependiendo de la especie, y que pertenecen taxonómicamente a nuestra familia de homínidos.
Paradójicamente, esta continuidad evolutiva es reconocida por la ciencia en discusiones como esta, aunque no se ha reflejado del todo en las políticas públicas, que continuan tratándolos como simples “recursos expositivos”.
No se trata solo de lo que sabemos sobre ellos, sino de lo que estamos dispuestos a hacer con ese conocimiento.
Durante demasiado tiempo, las políticas públicas han considerado a los grandes simios como recursos o activos institucionales. Sin embargo, hoy reconocemos que son individuos con identidad, memoria, lazos sociales duraderos y sufrimiento psicológico, un reconocimiento que trasciende lo académico y tiene implicaciones jurídicas.
La cuestión no es si podemos mantener y reproducir grandes simios en cautividad, privándolos de su derecho a vivir libres y con intereses propios.
La pregunta fundamental es si debemos hacerlo. Y esta cuestión, más que científica, es esencialmente moral.
Surge aquí un principio básico de justicia: ningún poder público debería facilitar el nacimiento deliberado de un ser altamente consciente sabiendo que vivirá privado de libertad y autonomía.
Un aspecto central, que perpetúa la tenencia de grandes simios, es la prohibición de la cría en cautividad, que es esencial en la legislación sobre grandes simios.
Reproducir grandes simios en cautividad es una decisión humana consciente: traer a este mundo individuos que vivirán toda su vida encerrados, sin autonomía ni territorio propio, lo que plantea una cuestión ética formidable: ¿es legítimo crear seres altamente conscientes solo para sostener un sistema de exhibición? Desde una ética contemporánea que integra la justicia inter-especies, la respuesta es un categórico no.
El Estado no puede respaldar prácticas que carecen de justificación pública que se corresponda con la realidad material.
La reproducción de grandes simios en cautividad se presenta frecuentemente como una práctica “conservacionista” o “educativa”. Sin embargo, esta ley no debe ser vista solo como una ley de conservación de especies, sino como una que proteja a cada individuo, reconocido por su valor intrínseco individual, un valor que ya está respaldado por la normativa de la Unión Europea y, por extensión, de la española.
Imagen de Pedro Pozas Terrados
Aún dentro del marco conservacionista, el análisis ético, científico, sanitario, jurídico y de bienestar animal revela que la reproducción en cautividad en contextos de exhibición o tenencia privada genera sufrimiento, perpetúa el comercio y la manipulación de individuos como objetos, sin ayudar realmente a la conservación de las poblaciones salvajes.
Prohibir la reproducción en cautividad de grandes simios no elimina a los individuos existentes; protege a los que ya hay y evita un sufrimiento futuro conocido. Con esta medida se cierra una puerta al mercado y se abre otra hacia la coherencia, la dignidad y la justicia. Prohibir la cría en cautividad es, por lo tanto, una medida de justicia preventiva.
Debemos reconocer que no somos especies ajenas a los grandes simios. Con ellos compartimos:
- estructuras cerebrales,
- emociones complejas,
- vínculos familiares duraderos,
- transmisión cultural,
- duelo por la muerte,
- trauma por separación y encierro,
- memoria a largo plazo,
- capacidades comunicativas sofisticadas,
- planificación, juego simbólico, resolución de problemas,
- y muchas otras más.
Desde una perspectiva ética, esto implica que su sufrimiento no es “simple” ni “instintivo”, sino que posee componentes psicológicos: frustración crónica, ansiedad, depresión, estereotipias, autolesiones, agresividad y apatía. Por ende, reproducirlos en cautividad para alimentar un sistema de exhibición implica fabricar seres con alta sensibilidad para una vida limitada, controlada y a menudo insuficiente.
Encerrar y reproducir a un homínido no humano es éticamente comparable a privar de libertad a una persona vulnerable sin posibilidad de emancipación.
Uno de los argumentos más frecuentes para justificar la reproducción en cautividad es la supuesta conservación de la especie. Sin embargo, este argumento carece de fundamento práctico.
Imagen y montaje de Pedro Pozas Terrados
Hoy en día:
- ningún zoológico europeo ha logrado exitosamente un programa de reintroducción de grandes simios nacidos en cautividad en hábitats naturales;
- las razones son claras: riesgo sanitario, falta de cultura salvaje, dependencia humana, ausencia de habilidades de supervivencia, conflictos territoriales y sociales.
Es conocido que los grandes simios nacidos en cautividad:
- no aprenden las culturas propias de su especie;
- no desarrollan habilidades de supervivencia;
- no reconocen depredadores;
- no saben alimentarse de forma autónoma;
- no establecen estructuras sociales naturales.
La cultura en los grandes simios es aprendida, no instintiva. Un individuo nacido en cautividad solo es reintroducible en condiciones extraordinarias, costosas y arriesgadas.
Los grandes simios viven en sociedades complejas con alianzas, jerarquías y cultura. En cautividad, incluso en entornos que aparentan ser “estables”, surgen problemas recurrentes:
- incompatibilidades forzadas;
- falta de control sobre su entorno;
- conflictos por espacio y recursos;
- separaciones por decisiones de manejo;
- carencia de estímulos naturales complejos (exploración, búsqueda de alimento, territorio, refugio, relaciones diversas).
La reproducción empeora esta situación: más individuos significan mayor tensión social, más gestión artificial y mayor riesgo de violencia.
En cautividad, especialmente en entornos inadecuados, se observan conductas similares a aquellas de humanos en periodos de confinamiento prolongado, como:
- balanceos repetitivos, automutilación, arrancarse el pelo, regurgitación, coprofagia;
- depresión conductual (apatía, falta de interacción);
- agresiones;
- ansiedad ante la presencia de público.
Los individuos nacidos en cautividad no eligen ese destino. La reproducción perpetúa un entorno donde el daño psicológico es un riesgo estructural.
Es crucial aclarar que los grandes simios cautivos en zoológicos no poseen un valor genético esencial para la supervivencia de la especie.
- Las poblaciones salvajes mantienen mayor diversidad genética.
- Los bancos de genes cautivos son limitados y cerrados.
- La consanguinidad y la gestión artificial merman el valor adaptativo.
Estos individuos no son genéticamente necesarios; son genéticamente gestionados. Su reproducción responde a una necesidad institucional, no a una urgencia evolutiva.
Esto nos conduce a la conclusión de que la reproducción se mantiene para evitar la extinción de colecciones, no para salvar selvas, proteger poblaciones salvajes o facilitar reintroducciones.
Además, es relevante aclarar que ver a un gran simio tras rejas o cristales, observar a un homínido de nuestra propia familia para entretenimiento:
- no es cultura, ya que no transmite su esencia;
- no es educación, normaliza el encierro;
- no es conservación, porque no protege su hábitat ni su futuro salvaje.
Solo sería una representación empobrecida y, en el peor de los casos, una forma de normalizar la dominación.
Imagen de Marta Esteban Fundación Animals Guardians
De igual manera, es fundamental abordar el problema de la superpoblación y el exceso de machos. La reproducción en cautividad ha generado una grave problemática reconocida, especialmente en chimpancés y gorilas.
La Asociación Europea de Zoos y Acuarios (EAZA) ha admitido la presencia de excedentes y conflictos derivados de:
- grupos artificiales;
- la dificultad de integrar machos adultos;
- agresiones;
- aislamientos forzados;
- traslados constantes.
Esto demuestra que el sistema no puede manejar sus propias consecuencias.
La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) es clara: la conservación de grandes simios debe enfocarse en la protección del hábitat, la lucha contra la caza furtiva y el tráfico, así como el apoyo a las comunidades locales.
La UICN no sugiere la cría en cautividad de grandes simios como estrategia de conservación, precisamente debido a:
- la inviabilidad de reintroducción;
- los riesgos sanitarios;
- la pérdida cultural;
- el desvío de recursos.
Solo considera la cría en cautividad y reintroducción de grandes simios para aquellos individuos nacidos en santuarios en los países de distribución.
Asimismo, no hay evidencia científica independiente, ajena a los propios zoológicos o a entidades que se benefician del estudio de los primates, que demuestre que la reproducción en cautividad de grandes simios en zoológicos sea necesaria o efectiva para la conservación de la especie.
Además, se han documentado problemas serios de hibridación:
- mezclas entre especies de orangutanes (Borneo y Sumatra);
- mezclas entre subespecies de chimpancés.
Esto compromete cualquier argumento genético, pues:
- se pierde integridad evolutiva;
- se crean individuos sin valor para la conservación;
- se falsea el discurso científico.
En conclusión, mantener y reproducir grandes simios en cautividad no es ético, justo ni conservacionista.
Además de lo mencionado, enfrentamos otro grave problema que hemos denunciado de manera continua desde hace más de diez años, y que a finales de diciembre de 2025 reiteramos en una reunión con la Directora General de Biodiversidad del Ministerio de Transición Ecológica, quien nos hizo entender que no se podía actuar debido a la implicación de diversos países en el reglamento CITES: la autorización del comercio de especies CITES nacidos en cautividad.
Imagen de Jeff McCurry/Proyecto Gran Simio
El tráfico ilegal de grandes simios no solo persiste, sino que está en aumento, especialmente en lo que respecta a la captura de crías. Esta actividad tiene un impacto devastador en las poblaciones en estado salvaje.
Los grandes simios viven en grupos familiares muy cohesionados. Para capturar a una cría viva es suele ser necesario:
- eliminar a la madre que la protege,
- y a menudo, otros miembros del grupo que intentan defenderla.
La consecuencia habitual es la exterminación parcial o total del grupo, resultando en:
- una pérdida irreparable de individuos reproductores;
- la descomposición de estructuras sociales complejas;
- un daño directo a la viabilidad de la población local.
Cada cría capturada no es una pérdida aislada, sino parte de una masacre silenciosa que rara vez se registra.
Una vez capturadas, muchas de estas crías son ilegalmente transportadas a países asiáticos, donde existe una infraestructura consolidada de centros privados, criaderos encubiertos y mercados de fauna exótica. Allí se produce uno de los mecanismos más graves y perversos del sistema actual: el blanqueo legal del tráfico ilegal. Conocidos son los incidentes como la incautación en un aeropuerto turco de un bebé gorila escondido en una caja con destino a Tailandia. ¿Cuántos grandes simios viajan de este modo sin ser detectados? Sin duda, muchos mueren en el proceso.
El procedimiento es sencillo:
- el animal capturado en libertad es introducido en un centro;
- se le expide un certificado de nacimiento en cautividad;
- y a partir de ese momento, el animal se considera legal.
Esta simple documentación transforma un grave delito contra una especie en peligro de extinción en un ejemplar “legalmente comercializable”.
El reglamento CITES, aunque diseñado para proteger especies amenazadas, muestra una grieta fundamental: permite el comercio, venta y transferencia de especies en peligro cuando se acredita su nacimiento en cautividad.
Esto significa que:
- un gran simio originalmente capturado en la selva
- puede ingresar al circuito legal
- si se le atribuye un origen en cautividad, ya sea real o ficticio.
Así, CITES, sin quererlo, facilita el lavado del tráfico ilegal, convirtiendo la reproducción en cautividad en una justificación perfecta.
Mientras exista un mercado legal de grandes simios “nacidos en cautividad”:
- persistirá el incentivo económico para capturar crías en la naturaleza;
- será rentable exterminar grupos enteros;
- y la cautividad se utilizará como fachada legal.
La reproducción en cautividad no detiene el tráfico; lo alimenta. Cada individuo que entra en un centro autorizado etiquetado como “nacido en cautividad” legitima un sistema opaco que dificulta distinguir entre lo legal e ilegal.
Por todas estas razones, la prohibición de la reproducción en cautividad de grandes simios en zoológicos y centros privados no solo es una cuestión ética o de bienestar, sino también una acción crucial contra el tráfico ilegal.
Sin demanda legal:
- no hay blanqueo;
- no hay mercado;
- no hay incentivo para capturar crías.
Prohibir la reproducción cierra la puerta al uso de certificados de cautividad como mecanismo para la legalización de uno de los delitos más graves contra la biodiversidad actual.
Adicionalmente, es importante recordar que, durante el acuerdo presentado al Ministro de Derechos Sociales en la reunión de octubre de 2025, se evidenció un consenso amplio entre diversas entidades especializadas en la protección y estudio de los grandes simios, como el Instituto Jane Goodall, la Fundación Mona, la Fundación Rainfer, el Centro Primadomus, la Fundación Animal Guardians y el Proyecto Gran Simio sobre un principio común: la prohibición de la reproducción en cautividad de los grandes simios, salvo en casos excepcionales vinculados a programas de reintroducción independientes, que se desarrollen en sus países de origen y bajo estricta supervisión internacional.
Imagen de Pedro Pozas Terrados
En este contexto, si los zoológicos asumieran y respaldaran la prohibición de la reproducción en cautividad de grandes simios, aceptando que sus instalaciones queden vacías tras la muerte de los individuos actuales, sería un acto de responsabilidad institucional de gran relevancia histórica. Tal decisión sería comprendida y ampliamente respaldada por la sociedad, representando un avance significativo en la justicia moral y ética hacia seres que no solo pertenecen a la familia de los homínidos, sino que forman parte de nuestra propia herencia evolutiva.
Esta ley brinda a España la oportunidad de ser líder moral y jurídica. No desde la emoción, sino desde la responsabilidad seria de quien comprende que gobernar también implica saber cuándo detenerse.
Así, España se convertiría en pionera a nivel mundial en la creación de una ley de grandes simios, siguiendo el ejemplo de Canadá, que ha aprobado un proyecto de ley prohibiendo la cautividad de grandes simios y elefantes, lo que incluye su reproducción y exhibición. Asimismo, Colombia ha prohibido mantener a los grandes simios en cautividad y no se permitirá su ingreso al país. En Argentina, solo quedan tres chimpancés en zoológicos, dos de ellos en proceso judicial de liberación y otro que no es apto para viajar, y donde se ha reconocido judicialmente a una chimpancé y una orangután como «personas no humanas», trasladándolas a santuarios.
La Declaración de Cambridge sobre conciencia (2012) establece que los grandes simios, entre otros, poseen bases neuronales para la experiencia consciente. Este reconocimiento refuerza los límites éticos hacia los homínidos. Si encontráramos a un grupo de Homo neanderthalensis, no aceptaríamos criarlos en recintos para mantener una población cautiva o moverlos como piezas en un juego. Este principio debe aplicarse de manera coherente y ética a los grandes simios homínidos. La reproducción en cautividad convierte vidas en herramientas (genéticas, educativas o comerciales). Para los homínidos, la dignidad debe prevalecer.
La reproducción en cautividad de grandes simios no ofrece beneficios reales para la conservación, compromete el bienestar de los individuos y contradice principios éticos y legales emergentes. Prohibir estas prácticas alinea la legislación con el conocimiento científico y el reconocimiento de la dignidad de los grandes simios como homínidos no humanos. Para la naturaleza y las especies de grandes simios en su entorno libre, tener o criar simios en cautividad equivale a mantenerlos disecados en museos.
Finalizo con un llamado a la conciencia política y social. La reproducción en cautividad de grandes simios en zoológicos no es un tema menor. Refleja nuestros valores morales. Nos invita a cuestionarnos sobre qué tipo de sociedad aspiramos a ser:
- ¿Una que crea seres conscientes para exhibirlos?
- ¿O una que reconoce límites éticos en torno a criaturas capaces de sentir, recordar, sufrir, amar y desesperar?
Prohibir la reproducción en cautividad no es solo un gesto simbólico: es una decisión responsable. Es afirmar: basta.
Basta de crear vidas destinadas a rejas, traslados y dependencia.
Basta de usar la palabra “conservación” para justificar un circuito de gestión y exhibición.
Basta de convertir a nuestros parientes evolutivos en mercancía biológica.
Esta medida no borra el pasado, pero sí transforma el futuro. La política, en el sentido más elevado, cumple esta función: establecer límites éticos claros donde el mercado, la costumbre o la indiferencia han normalizado lo inaceptable. Por ello, desde esta Cámara, representante de la voluntad popular, insto al ministro de Derechos Sociales, al director general de los Derechos de los Animales, junto a los representantes de los zoológicos y de la sociedad civil, a aprobar la Ley de Grandes Simios y prohibir definitivamente su reproducción en cautividad.
Esta es una decisión histórica y determinante, que implica asumir una responsabilidad colectiva largamente postergada. Porque continuar reproduciendo grandes simios en jaulas no es conservación: es crear deliberadamente vidas destinadas al encierro, al traslado constante, al aislamiento y al sufrimiento estructural que desafía los principios éticos que deben guiar nuestra acción pública.
Cada nacimiento en cautividad es una responsabilidad que la sociedad no ha sabido, ni querido, aceptar. Y cuando no podemos garantizar una vida digna, la ética exige que digamos basta.
Prohibir la reproducción no significa abandonarlos. Al contrario, implica cuidar a quienes ya existen, garantizar su bienestar, proporcionar espacios adecuados, vínculos sociales reales y un final de vida digno. Es cerrar la puerta al negocio y abrirla a la compasión y coherencia.
Debemos trabajar por un futuro donde ningún gran simio vuelva a nacer condenado a una jaula. Un futuro donde la ciencia, la educación y la sociedad puedan reflexionar sin vergüenza.
Imagen de Jeff McCurry/Proyecto Gran Simio
En definitiva, las leyes no solo ordenan la convivencia actual, sino que construyen el legado moral que dejaremos a las futuras generaciones. Hoy tenemos la oportunidad de demostrar que nuestra sociedad ha entendido que la grandeza de un país no se mide solo por su capacidad técnica o económica, sino por su disposición a reconocer límites éticos ante los más vulnerables, especialmente aquellos que no pueden alzar la voz. Hoy podemos demostrar que hemos evolucionado moralmente, que comprendemos que no todo lo que se puede hacer, se debe hacer.
Hagamos de esta ley un acto de justicia, un compromiso de responsabilidad institucional y, ante todo, un acto humano, un legado del que las generaciones futuras puedan sentirse orgullosas.
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Con información de https://www.pressenza.com/es/2026/01/grandes-simios-ciencia-y-etica/