Frente al oscurantismo

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20 de enero 2026, El Espectador

Hace mil años, cuando tenía 7 años, llegó el momento de «preparar a la niña para la primera comunión». Alguien de la familia sugirió que el lugar ideal sería una sede del Opus Dei cerca del Parque Nacional. Dos veces por semana me llevaban a una residencia de estilo inglés (que en realidad era “la casa del terror”) para recibir formación religiosa de unas pseudo-monjas españolas que veían pecado en todo. Había pasado el 99% de mi infancia rodeada de ideas liberales, amor, arte, cultura, apertura mental y defensa de la dignidad humana. La “disciplina de confianza” de mi abuelo, la filosofía del cariño de mi madre y la visión solidaria de mi padre hacían de esa casa del Opus Dei la antítesis de todo lo que había aprendido y amado, de mis convicciones libertarias.

En esa casa, con sus ventanas cerradas a cal y canto, subiendo una escalera que crujía con cada paso, no solo no aprendí sobre historia sagrada, sino que descubrí la claustrofobia y empecé a forjar una rebeldía como respuesta a la sumisión que se fomentaba en esos muros. Dos años después entré a un colegio rodeado de eucaliptos, donde rezábamos al aire libre la oración de San Francisco de Asís. Allí, bajo el árbol más hermoso del mundo, conocí la faceta dulce y conciliadora de Dios que me acompaña desde entonces.

En las últimas semanas he vuelto a experimentar algo similar a lo que sufrí en ese oscuro rincón medieval del Parque Nacional, pero esta vez en una versión amplificada: la angustia de estar en un mundo donde un dogmático ha tomado las riendas, y la humanidad no puede moverse sin el permiso de quien controla el miedo. Este planeta de oscurantismo y exclusión amenaza con asfixiarnos si no encontramos maneras de blindarnos pacíficamente contra la tiranía. No podemos permitir que los poderes de turno nos sometan, como si la historia no hubiera tenido sentido.

Los bombardeos en el Caribe y el Pacífico, el cierre arbitrario de espacios aéreos por parte del emperador, y las alertas de la Administración Federal de Aviación de Estados Unidos sobre situaciones «potencialmente peligrosas» para quienes se atrevan a sobrevolar zonas como el golfo de California, Mazatlán, Centroamérica, Panamá, Bogotá y la región pacífica de Colombia y Ecuador, me recuerdan aquellas ventanas con rejas y cerrojos.

Con el pretexto de frenar el mal (o de robar la riqueza ajena), el poderoso de turno amenaza, bloquea, encierra, dispara, invade países y destruye todo lo que no se adapte a sus caprichos.

Tragedias como las de Gaza, Ucrania, Irán o Siria reflejan un avance de regímenes dictatoriales que aplastan la humanidad, mientras una diplomacia que a menudo se mueve como una tortuga permite que la voracidad armada arrebate la libertad de los pueblos y la vida de las personas.

Por último, quiero expresar mi total apoyo a la abogada y periodista Ana Bejarano, ante las presiones judiciales que ha enfrentado recientemente. Ana es una de las mujeres más serias, documentadas y valientes en el ámbito de la opinión, y no será el candidato corrupto —quien afirma que “la ética no tiene nada que ver con el derecho”— quien cambie una sola palabra de su escritura íntegra y rigurosa. Bien por la FLIP y su firme rechazo a la intimidación descarada.

Puedes leer el artículo original aquí

Con información de https://www.pressenza.com/es/2026/01/contra-el-oscurantismo/

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