Fomentar la conciencia y promover la agroecología.

Desde el trabajo en latifundios improductivos hasta la creación de la Escuela Nacional Florestan Fernandes, el Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST) celebra 42 años de lucha por la soberanía alimentaria y la reforma agraria en Brasil. Este proyecto político, enraizado en el campesinado, teje conexiones internacionales bajo el lema de transformación social.
Por Mariángeles Guerrero/Agencia Tierra Viva

“Las flores no son comestibles, pero las cultivamos porque disfrutamos trabajar en medio de ellas”. Esta es la reflexión de Thais Rodrigues da Silva, quien cuida huertas de batata, mandioca, perejil, cebolla de verdeo y puerro junto a su madre en el asentamiento Nueva Esperanza I, perteneciente al MST, en el norte de San Pablo. En esta región del Valle del Río Paraíba, la brisa transporta el aroma de una ensalada recién cosechada, mientras las flores en sus colores rosados, amarillos y naranjas, añaden belleza al terreno ocupado para la producción de alimentos saludables.

Thais, parte del MST, trabaja las huertas junto a su madre, María Francisca da Silva Cardoso. Nueva Esperanza I se ubica en San José dos Campos, estado de San Pablo, albergando a 63 familias. Este asentamiento es uno de los seis promovidos por el MST en la zona periurbana de San Pablo, totalizando 331 familias dedicadas a proveer alimentos frescos a una de las áreas urbanas más densamente pobladas del país.

Thais actuó como guía durante un intercambio entre organizaciones de 16 países, en el marco de la Primera Reunión Internacional sobre Investigación-Acción Participativa para la Agroecología y la Incidencia Climática de IPA-Global, que reunió activistas de la agroecología y justicia climática en Guararema (San Pablo, Brasil) a finales de 2025.

IPA-Global busca fortalecer, mediante subvenciones y espacios de aprendizaje, colaboraciones multisectoriales que integren organizaciones campesinas, indígenas, pesqueras y académicas, enfocándose en la investigación participativa para promover la agroecología y la justicia climática, priorizando los saberes locales.

Foto Priscila Ramos/MST

Un asentamiento campesino en el Valle del Paraíba

Aceptado como parte del MST en 2002, Nueva Esperanza I brinda a sus familias derechos sobre la tierra. Sin embargo, el camino hacia el asentamiento inició en 1997, con la ocupación de un latifundio improductivo, destacando acampes en la autopista Presidente Dutra, que une San Pablo y Río de Janeiro. “Hubo pérdidas de vidas en la autopista. Fue un proceso complicado”, comparte Rodrigues da Silva, agricultora y agrónoma oriunda de Crixás (estado de Goiás, Brasil), quien se unió en 2017.

Desde su creación en 1984, el MST ha llevado a cabo 2,500 ocupaciones, beneficiando a 370,000 familias, además de 900 campamentos para 150,000 familias sin tierra. Este movimiento, conocido por sus banderas y gorras rojas, lucha por la tierra y la soberanía alimentaria. El MST es el mayor movimiento campesino en Sudamérica, defendiendo la emancipación de la clase obrera rural. Aparte de su labor agrícola, forma líderes en la Escuela Nacional Florestan Fernandes (ENFF), situada en Guararema (estado de San Pablo).

Thais destaca que los sistemas agroforestales y agroecológicos en el Valle del Paraíba refuerzan la misión del MST de cultivar árboles y producir alimentos saludables. “Aquí no verán monocultivos de tomates o fresas. Trabajamos en un sistema donde se encuentra la diversidad de este ecosistema”, asegura.

Foto Priscila Ramos/MST

El estado de San Pablo se encuentra en la Mata Atlántica brasileña. Thais prefiere el término “floresta” en lugar de “mata”, ya que esta palabra no refleja la vastedad y riqueza del suelo.

El asentamiento cuenta con frutos autóctonos como el “cambuci”, que da nombre a un barrio de San Pablo, y árboles nativos como el “cambuí”, que nombra una importante avenida en San José dos Campos. “Sin embargo, muchos en la ciudad ignoran el origen de esos nombres”, dice.

Además de la flora nativa, hay frutales exóticos como piña, limón y plátano. “Es raro clasificar al plátano como exótico, dado que lleva tanto tiempo en nuestro territorio que ya lo consideramos nuestro. En cierto modo, lo es”, comenta Thais.

La agricultora menciona críticas, “especialmente de ambientalistas”, sobre la inclusión de especies exóticas. “Resulta irónico que quienes critican el uso de estas plantas consumen productos exóticos como arroz, frijoles, manzanas o peras y no lo consideran extraño”, reflexiona.

Las áreas de cultivo y las plantas medicinales incluyen árboles que proporcionan sombra. El sistema se concibe como un ecosistema integral y no simplemente como un área de producción. “La agricultura convencional se orienta a satisfacer al ‘Dios Mercado’. Nosotros producimos primero para nosotros, y posteriormente para el mercado”, afirma.

Entre los cultivos, los pájaros anidan y contribuyen al proceso de siembra. “Los jacús y otras aves siembran a nuestro lado. La ventaja de un sistema agroforestal es que es un trabajo comunitario”, subraya.

Junto a su familia, Thais cultiva y vende parte de su producción a la Comunidad que Sustenta la Agricultura (CSA Guajuvira), un grupo urbano que financia la producción agroecológica. En el asentamiento, hay otras tres CSA: Sitio Agroecológico, Sitio Guapuruvu y Pindorama. Las familias restantes utilizan diferentes métodos de comercialización de sus productos.

Diversidad contra monocultivo

Hace ocho años, cuando Thais, su madre y su esposo (Altamir Bastos) iniciaron el sistema agroforestal que ahora incluye frutas, verduras, arroz y leguminosas, solo había braquiária, una planta forrajera de origen africano.

La historia económica de Brasil se caracteriza por ciclos: caña de azúcar, minería, café, eucalipto y ganado. Con la expansión de la ganadería, la braquiária se instaló en gran parte del territorio.

Rodrigues da Silva asegura que el Valle del Paraíba ha atravesado ciclos de eucalipto, café y ganado. Actualmente, enfrentan el problema de las quemas, ya que muchos ganaderos emplean este método para el manejo del pasto. Durante las sequías, muchos habitantes se ven forzados a permanecer en sus hogares, ya que una pequeña ignición puede devastar lo que han cultivado.

Foto Priscila Ramos/MST

En sus cultivos crecen lechugas, perejiles, remolachas y zanahorias. La agricultora sostiene que los cambios climáticos, como lluvias intensas, no los impactan tanto debido a su diversidad de cultivos. Señala que esto también se aplica a termitas y hormigas. “Un vecino plantó 2,000 esquejes de mandioca y se preguntaba por qué no obtuvo cosecha, mientras nosotros sí. Es que no cultivamos solo mandioca. En su caso, las hormigas solo tenían mandioca para alimentarse y la devoraron. Nosotros lidiamos menos con termitas, que creo se debe a nuestro manejo”, relata.

Más allá de los huertos, se erigen solitarios troncos de eucaliptos, rodeados por la constante expansión de la braquiária. Thais menciona que el eucalipto es vital, sirviendo como posadero para aves que traen semillas de otras áreas y enriquecen el ecosistema. Y aclara que el verdadero problema radica en el monocultivo, “la monocultura mental”.

“Si cultivamos grumichama (cereza brasileña) en monocultivo, causaremos un impacto igualmente negativo como el que provocó el monocultivo de café en el Valle del Paraíba. ¿El café fue el problema? No, el problema fue nuestra falta de cuidado”, medita.

Agrega: “No hay planta que sea dañina por sí sola. A menudo, el problema somos nosotros. Y si tenemos el poder de causarlo, también tenemos la capacidad de ofrecer soluciones”.

Al concluir su recorrido por los huertos, plantea: “Las acciones destructivas que el ser humano realiza, ya sea en Gaza o en Brasil, no tienen justificación. Estamos deteriorando el planeta. Si existe un ser maravilloso que nos brindó un paraíso, sería insensato dejar que entremos, dado que ya lo estamos destruyendo.”

De la ciudad al campo

A pesar de la riqueza de los cultivos, muchas familias del asentamiento no subsisten únicamente de la agricultura. Thais menciona que esto se debe a la dificultad de acceder a políticas públicas que las apoyen. La mayoría de ellas proviene de las periferias de ciudades cercanas y carecen de familiaridad con la vida en el campo, enfrentando una transición significativa. Antes de llegar al asentamiento, muchas vivían en las calles. De ahí la necesidad de un respaldo adicional.

El desarrollo productivo del asentamiento presenta tanto avances como retrocesos. Hace unos años, lograron un contrato para suministrar alimentos saludables a las escuelas de San José dos Campos a través de una cooperativa. Sin embargo, tras perderlo, no pudieron renovarlo por “falta de interés por parte de funcionarios públicos”.

En octubre pasado, mujeres del MST en San Pablo denunciaron que grandes empresas extranjeras de energías renovables están invadiendo territorios y comunidades rurales, desalojo y amenazando a campesinos con el respaldo de fondos públicos.

A pesar de estos desafíos, Nueva Esperanza I entrega semanalmente 25 cestas de alimentos al grupo CSA que apoya al asentamiento: “Hay una forma alternativa de producir alimentos que va más allá de solo arroz y frijoles.”

Foto Priscila Ramos/MST

Educación y formación política con los pies en la tierra

“Los educadores no deben eludir las tareas teóricas y prácticas que deben descubrir, coordinar y transformar en acciones concretas mediante su trabajo colaborativo y consciente.” Esa era la concepción educativa del sociólogo brasileño Florestan Fernandes, un enfoque que se refleja en su obra “El desafío educacional” (1989). La Escuela de Formación del MST, que lleva el nombre de este intelectual fallecido en 1995, se erige como un testimonio de esa visión.

Desde su creación, el MST ha ofertado cursos para miembros y líderes del movimiento. En 1996, surgió la necesidad de un espacio que fortaleciera el estudio, la articulación y el intercambio entre organizaciones de trabajadores agrícolas y urbanos que luchan por una transformación social.

A partir de una donación de fotos del fotógrafo Sebastião Salgado y con el apoyo de figuras como José Saramago y Chico Buarque, la construcción de la escuela comenzó en 1997 y se inauguró en 2005. En ella se integran estudios, trabajo, organización, relaciones interpersonales, cultura, filosofía, derechos humanos, historia, agroecología y cuestiones agrarias. Un busto de Paulo Freire recuerda la relevancia de la educación popular en este espacio.

Foto Priscila Ramos/MST

En la escuela, la cultura se manifiesta de diversas formas. Un pequeño edificio decorado con la imagen de la artista mexicana Frida Kahlo sirve como espacio para expresiones artísticas. Además, cuenta con tres huertas agroecológicas que alimentan a los estudiantes que provienen de distintas partes de Brasil y del mundo. La biblioteca alberga materiales en múltiples idiomas, donados por simpatizantes globales. Hay un área dedicada a los juegos y cuentos para niños, ofreciendo a madres y padres la oportunidad de estudiar. La participación equitativa entre hombres y mujeres es un principio fundamental aquí.

El objetivo de la escuela es convertir el conocimiento en acción.

Douglas Estevam, militante del MST, explica que el impacto de los agroquímicos en la salud llevó a que la agroecología se convirtiera en un pilar central de su movimiento. “La transición agraria hacia la agroecología se ha consolidado a través de experiencias prácticas, convirtiéndose en un elemento clave de nuestro programa de reforma agraria popular, que enfatiza la agroecología y el cuidado del entorno.”

De Brasil a Asia y África

Zainal Arifin Fuat, miembro de Serikat Petani Indonesia (Unión de Campesinos de Indonesia), Charles Lwanga Tumuhe, parte del equipo de la Alianza por la Soberanía Alimentaria (AFSA), que promueve la agroecología en 50 países africanos, y Narendranath Damodaran, miembro de la Coalición Nacional para la Agricultura Natural, de India, comparten su experiencia en la escuela de formación Florestan Fernandes y el asentamiento Nueva Esperanza I durante la reunión de IPA-Global.

Para Arifin Fuat, Nueva Esperanza I enseña cómo las familias acceden a la tierra y producen para su subsistencia. “Es crucial vincular la lucha por la reforma agraria con la agricultura”, sostiene, valorando el enfoque en multicultivos más que en monocultivos y los beneficios de la agroecología.

Destaca que “nuestra lucha, por conseguir tierras y reforma agraria, es similar a la de su organización. Necesitamos tierra y, tras obtenerla, cultivarla para alimentarnos”.

En cuanto a la escuela, valora la conexión “con la ideología de la economía política, para una lucha más integral”. También aborda la importancia de la educación y formación de sus miembros en el SPI indonesio.

Lwanga Tumuhe, desde Uganda, país con una política de agricultura orgánica desde 2020, destaca la singularidad de la escuela como una experiencia donde los activistas crean sus propias instalaciones de aprendizaje, alineándose ideológicamente con sus objetivos. Afirma que “esto es algo que debemos replicar en África, donde la participación de las comunidades suele ser escasa.”

También subraya la importancia de combinar educación política y prácticas agrícolas. “En África, contamos con centros que trabajan bien en el desarrollo de técnicas de agricultura sostenible, pero carecemos de una base filosófica sólida que apoye la lucha contra políticas dañinas y cuestionar a las corporaciones.”

Damodaran resalta que “aprender cosas prácticas de la vida puede hacerte mejor persona y más consciente políticamente. Es fascinante cómo han integrado la protección del medio ambiente, la naturaleza y la salud del suelo, que tienen tanto impacto político como cualquier otro tema.”

Sobre su visita a Nueva Esperanza I, menciona la coexistencia armoniosa de plantas, frutos e incluso hormigas dentro del sistema: “Eso refleja una comprensión de coexistencia con la naturaleza. Thais entiende la agroecología desde una perspectiva espiritual y técnica, evitando químicos, optando por cultivos múltiples, reciclaje y utilización de biomasa.”

Con más de 40 años de trabajo colectivo en el campo y en la formación política del campesinado, el MST comparte su experiencia con activistas de diversas regiones. El mensaje final es claro: la agroecología trasciende a ser solo una práctica agrícola; se establece como una filosofía y un movimiento social. En las palabras de Thais, se notó un creciente empoderamiento de las mujeres que se dedican a esta causa.

El recorrido por el MST y los abundantes cultivos de Nueva Esperanza I deja una huella profunda: la relevancia de la agroecología y la organización campesina, semilla para seguir multiplicando en el mundo.

Foto Priscila Ramos/MST

El artículo original se puede leer aquí

Con información de https://www.pressenza.com/es/2026/02/movimiento-sin-tierra-sembrar-conciencia-y-cultivar-agroecologia/

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