
“Estar aquí, sentado esperando atención un 31 de diciembre, es evidencia clara de que algo duele en el cuerpo”, le comenté a M, que me acompañaba en esta travesía de dolores, pruebas y laberintos en la guardia de un hospital. Los últimos días del año estuvieron marcados por largas horas agonizando en el hospital, intuyendo tras cada esquina la respuesta que buscaba. La sorpresa fue mayúscula en la jornada de fin de año, ya que, a diferencia de los días previos en los que la espera era interminable, ese día no éramos más de cinco personas en la sala. Me fascinaba encontrarme en esa calma, en medio del silencio y la espera, a pesar de estar enferma y con una aguja en la vena, tenía un impulso irrefrenable de explorar cada rincón y cruzar las puertas que dicen “prohibido pasar”. Pocos lugares despiertan en mí una curiosidad tan intensa.
Mi primer recuerdo en un hospital se remonta a mi infancia, en la Clínica Medellín, donde lidié con la imagen de la muerte y la tristeza por primera vez. Acompañada de la mano de mi madre, frente a nosotros, en un silencio abrumador, y con los monitores resonando como ecos, yacía el cuerpo delgado y alto de mi abuelo, en sus últimos momentos. Dediqué mucho tiempo a cuestionar si realmente era él, pues su apariencia no concordaba con los recuerdos que tenía. No entendía por qué, si acababa de llegar, no me recibía con mi fruta favorita de la infancia. Esa fue la primera vez que no lo vi sonreír; sus ojos, antes luminosos como el cielo, estaban cerrados. Fue el último instante en que lo vi con vida, aunque años más tarde, reencontraría su mirada.
A lo largo de los años, pasé incontables tardes y noches en los impresionantes ventanales del Hospital Militar, disfrutando de los atardeceres más bellos de Bogotá, una ciudad de tonos anaranjados y lluvia. Si cierro los ojos, puedo evocar los pasillos y jardines del hospital, los recorrí memoríticamente, viviendo momentos con mi familia, leyendo libros, tomando café y suscribiéndome a la biblioteca para indagar en temas desconocidos. Algunas semanas atrás, al deambular por los rincones del Italiano de Buenos Aires, me pregunté cuántas vidas comenzaban y terminaban allí mismo, reconociendo que mi curiosidad por esos espacios nació en el Militar de Bogotá. Recuerdo las largas esperas, mis caminatas por los pasillos, mis visitas al octavo piso donde había fallecido mi hermano. Allí, solía soñar con su risa y juego, aunque solo pudiera imaginarlo. Intenté entrar a la morgue en varias ocasiones, aunque sin éxito. Aun así, sentía que ese lugar me proporcionaba algo de regreso, algo que me alegraba, y aunque siempre quedé con una sensación de vacío, jamás me fui triste de esas visitas silenciosas al octavo piso.
En medio del cansancio que causa el dolor físico y al recibir alivio intravenoso, me recosté en unas sillas incómodas y noté que el techo sobre mí era de vidrio. Encontré esa elección del hospital hermosa, permitiendo ver el cielo y las nubes; pensé que eso alivia y entretiene más que cualquier pantalla. Con el cielo sobre mí, recordé los ventanales que contemplaba en el Hospital Militar y me sorprendí al darme cuenta de que una de las formas de alivio también puede ser recordar.
Con información de https://www.pressenza.com/es/2026/01/en-la-guardia/