El Louvre revela las primeras imágenes de la corona sustraída hace unos meses.

La imagen que se muestra arriba es una recreación que ilustra el daño que sufrió la corona del siglo XIX, que cayó al suelo en un momento de pánico, seguramente rodando y abandonada, desprovista de su solemnidad habitual.

La historia del robo y sus circunstancias parecen sacadas de una comedia de Louis de Funès: puro entretenimiento, lleno de anécdotas y torpezas, sin un atisbo de heroísmo. Nada que ver con el elegante estilo de la Pantera Rosa o la inmutable presencia de Peter Sellers.

Este incidente no fue bien recibido en Francia, especialmente considerando que ocurrió en el Louvre. La facilidad con la que los ladrones actuaron fue desconcertante. La grandeur de la France se desmoronó, al igual que las medidas de seguridad. Solo faltaba que encontraran un chicle mascado y una fotografía de Charles de Gaulle, pisoteada en el barro junto a la corona. Imaginen el escenario procesal… Las rayas de tiza en el asfalto… El chicle rosa, una versión strawberry gum, en tono Pantone 1905 C, masticado. El ADN se está analizando. Fuera de cuadro, las marcas y la escala para indicar proporciones en el negativo, junto con los gendarmes correteando.

Pero enfoquémonos en la corona. Un símbolo de un imperio y un poder casi ilimitados. La tiara dorada, diseñada para adornar una cabeza real, con dos arcos entrelazados que sostienen una cruz cristiana, y debajo, una esfera dorada decorada con diamantes, representando el Orbe, símbolo de dominio y riqueza. Ese exceso de lujo contrasta con las enseñanzas de Jesús, donde debería haber humildad. Tanto oro y diamante que hasta parece perder su valor.

Ahora la observamos aquí, dañada y torcida, buscando recomponerse. La corona parece no saber si debe sonreír o llorar, como un pastel sacado prematuramente del horno.

Aún sigue siendo una hermosa corona del siglo XIX, el oro y las piedras preciosas permanecen. Se siente la intención de eternidad y poder. Pero, ¿cómo se percibe ahora, deformada por una caída ridícula durante un robo?

No es posible, porque esa noción de “lo eterno,” de lo que vale más allá del valor material, no puede ser robada ni se puede representar de forma tangible.

¡Por favor, que no la toquen! Mantengan la corona tal como está. Si el terciopelo tiene manchas de barro, si el armiño blanco está manchado de chicle, dejémoslo así. Cada marca es un testimonio de la torpeza, del poder y de la gloria caída. Como decía Shakespeare, “Todo el mundo es un escenario, y todos los hombres y mujeres meramente actores”.

Aquí está nuestra obra: un ladrón torpe, una corona dañada, y el mundo observando, sin aplausos ni excusas.

Si la vida es teatro, que esta corona sea testigo de la comedia humana, no de una perfección que nunca existió. Mientras tanto, el público permanece indiferente. Por eso se derrumba el Gran Teatro del Mundo: no por el reconocimiento ni el éxito, sino por la apatía.

El humor es cultura, historia y lección. Una representación involuntaria de una época pasada y de la nuestra. Porque no estamos tan distantes. Recuerden al organizador del “billion-dollar Board of Peace”: Ford transit gloria mundi. La caída es inevitable, antes o después… Quizás alguien componga una ópera sobre los eventos de 2025-2026, y tal vez algunos de los protagonistas la escuchen desde la cárcel.

En el siglo XIX todavía no se percibía esto del todo; algunos en 2026 tienen mayor conciencia. Hay esperanza. En cuanto a las coronas… esa lección ya la hemos aprendido. Nada por encima del ser humano y ningún ser humano por debajo de otro… (III. CONFERENCIAS – HUMANISMO Y NUEVO MUNDO – México DF, 7 de julio 1991; ya en el primer párrafo).

Con información de https://www.pressenza.com/es/2026/02/el-louvre-publico-las-primeras-fotografias-de-la-corona-robada-hace-unos-meses/

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