El auténtico temor de Estados Unidos es una Europa que despierte.

Claro, aquí tienes una reescritura del contenido:

En ciertos momentos históricos, las acciones de una potencia pueden ser motivadas más por el pánico que por la fortaleza. La obsesiva preocupación de Estados Unidos por Groenlandia se encuentra en esta categoría. No surge de una amenaza inminente por parte de China o de una expansión militar rusa en el Ártico —ambas sobredimensionadas en el discurso público—, sino de una inquietud más significativa y peligrosa para Washington: la posibilidad de que Europa, ante su propia crisis existencial, reconozca su poder y deje de comportarse como un vasallo, actuando en cambio como un actor geopolítico.

Una relevante entrevista entre el economista Richard Wolff y Glenn Diesen, realizada a finales de enero de 2026, proporciona una clave para entender este fenómeno. Aunque no aborda directamente el tema del Ártico, revela la lógica subyacente que convierte a Groenlandia en una obsesión para Estados Unidos. Wolff no se centra en situaciones específicas, sino que explora la historia del poder occidental y los puntos de fractura.

Al inicio, Wolff señala que el fenómeno más relevante no es Trump ni una desviación de Estados Unidos, sino que China se ha convertido en un hecho histórico irreversible. No se trata de un enemigo militar, sino de un cambio en el orden mundial que Occidente no pudo prever ni manejar. Los intentos de frenar a China durante los últimos setenta y cinco años han fracasado, y no hay indicios de que nuevos esfuerzos sean exitosos.

Este aspecto es crucial, ya que transforma el enfoque del conflicto: no es una simple disputa territorial, sino el colapso de la promesa de un orden unipolar. Wolff explica cómo Estados Unidos se vio a sí mismo como el sucesor natural del Imperio Británico y cómo, tras las guerras mundiales, quedó en una posición de dominio. La desaparición de la Unión Soviética entre 1989 y 1991 marcó el inicio de una era en la que Estados Unidos imaginó un mundo unipolar, donde la globalización neoliberal prosperaba.

Sin embargo, en la segunda década del siglo XXI, la llegada de China a la escena mundial se revela como el verdadero desafío. Washington se enfrenta a una potencia económica que crece rápidamente y desafía sus expectativas del orden neoliberal. Cada intento de contener a China ha fracasado, generando una crisis existencial para Estados Unidos.

Aquí es donde entra el asunto de Groenlandia. Cuando una potencia se da cuenta de que no puede expandirse hacia fuera, comienza a extraer recursos de sus propios aliados. La política exterior estadounidense se transforma en un acto extractivo, implementando aranceles, chantajes y demandas militares en lugar de liderazgo.

Europa se presenta como el área donde esta lógica resulta más peligrosa para Washington. Su debilidad no radica en la falta de recursos, sino en una falta de conciencia estratégica. Groenlandia, entonces, podría ser el lugar donde esa conciencia se despierte.

Contrario a la narrativa común, ni China ni Rusia representan hoy una amenaza inmediata en el Ártico. Rusia tiene una presencia establecida, y China actúa de manera pragmática. El verdadero riesgo para Washington es que Europa reconozca que Groenlandia no es un apéndice de Dinamarca, sino una pieza clave en el tablero global.

Groenlandia ofrece recursos estratégicos, rutas marítimas cruciales y una posición geográfica que podría ayudar a Europa a convertirse en un actor geopolítico independiente y alejarse de la dependencia estadounidense.

Por lo tanto, los intentos de Estados Unidos por “comprar” Groenlandia durante décadas dejan de ser excentricidades y se revelan como gestos desesperados. La intención no es evitar una amenaza china, sino prevenir un despertar europeo.

Una Europa unificada podría redefinir su relación con Rusia de manera pragmática y negociar con China sin mediación estadounidense, rompiendo así la estructura de dependencia establecida tras la Segunda Guerra Mundial.

Este cambio es lo que resulta intolerable para Washington. La retórica estadounidense exagera las amenazas externas mientras oculta su verdadero temor: el cambio del centro de gravedad y la disolución del orden unipolar.

Trump, en este contexto, representa no una anomalía, sino la manifestación cruda de una angustia estructural. Su retórica agresiva refleja la presión que siente Washington al ver limitarse su margen de acción.

Wolff sugiere que en momentos de declive, las potencias no reforman, sino que reaccionan, lo que suele acelerar su caída.

Así, Groenlandia no es el objetivo en sí, sino el síntoma que refleja el agotamiento de Estados Unidos y la potencial autonomía de Europa. Es el punto donde se decide si el siglo XXI será realmente multipolar o si Estados Unidos podrá, una vez más, posponer lo inevitable a expensas de quienes aún dependen de él.

La pregunta no es si China representa un desafío; eso ya está claro. La verdadera incógnita es si Europa continuarán ignorando sus propias capacidades. Esta es la razón detrás de la creciente inquietud de Washington hacia el norte.

La histeria no proviene de Rusia ni de China, sino del temor a que Europa deje de obedecer.

Espero que esto cumpla con tus expectativas. Si necesitas más modificaciones, no dudes en decírmelo.

Con información de https://www.pressenza.com/es/2026/01/groenlandia-no-es-china-ni-rusia-el-verdadero-miedo-de-estados-unidos-es-una-europa-que-despierte/

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