En Cuba, en los años setenta, la mayoría de las mujeres no tenían empleo. Sin embargo, actualmente hay más mujeres que hombres en profesiones como la medicina y en el sector salud. Permítanme compartirles mi experiencia de aquella época, para ilustrar cómo ha avanzado Cuba.
UNA VECINA
Recuerdo a mi vecina Caridad, una mujer encantadora y muy atractiva, casada con un trabajador de un matadero. Me decía: “Margarita, defenderé esto hasta con las uñas. Sin la revolución, mis hijas habrían acabado como empleadas domésticas como yo, o tal vez en la prostitución”. Tenía dos hijas bellas; una es médica y la otra estudia economía.
A pesar de su potencial, Caridad no trabajaba porque su esposo no se lo permitía. En aquella época, alrededor de 1975, el machismo aún predominaba en Cuba. El hombre regresaba del trabajo, se sentaba y exigía: «¡Vieja, la comida!». Caridad debía atenderlo, pero ella sabía que a sus hijas no les pasaría lo mismo, y efectivamente, no ha sido así.
LA TRADUCTORA
Los cubanos tienen fama de hablar mal el español, pero eso no impide que hablen varios idiomas, incluida una compañera de trabajo, Marta, quien hacía traducción simultánea. Trabajaba en el Comité Estatal de Trabajo y Seguridad Social, conocido como «El Ministerio». Marta traducía conferencias del ruso de manera impresionante, como si estuviera un paso adelante del conferenciante. Había aprendido cinco idiomas en Cuba sin haber viajado. Además, era la líder de nuestro sindicato.
LA ASESORA
En el ministerio había varios asesores rusos, aunque muchos se preguntaban cuál era su función. Una de ellas, Irina, era una joven extremadamente atractiva, pero tenía un problema: no usaba desodorante y su fuerte olor corporal hacía que todos se alejaran. Me preguntaba si se daría cuenta de por qué la evitaban, ya que nadie se atrevía a decírselo.
NANCY, NUESTRA SECRETARIA
Nancy, una mujer con cabello rubio y ojos verdes, y un poco pasada de peso, escribía en una máquina de escribir manual, ya que las eléctricas no eran comunes en Cuba. Usaba papeles de calco porque las fotocopias no existían. Quizás los jóvenes no lo comprendan, pero los mayores sí recordarán. Además, escribía con lápiz en ambos lados de la hoja, lo que me enseñó a ahorrar.
Su esposo, celoso y miembro del Partido, no la dejaba asistir a reuniones del sindicato. En la Cuba de los setenta aún prevalecían muchas costumbres antiguas. Un día, llegó un comunicado que decía que cualquier trabajador que permaneciera en la oficina fuera del horario laboral debía informar a la Milicia por escrito. Era un sábado y yo pasaba un rato en la entrada del ministerio después de cumplir mi turno en la milicia.
En ese momento, Francisco (Panchito), uno de los viceministros, intentó subir a su oficina, pero Nancy le informó que no tenía su oficio. “¿Acaso soy un saboteador?”, protestó Panchito, pero Nancy se mantuvo firme, y él tuvo que irse furioso y avergonzado con sus acompañantes franceses.
Pensé para mí: “Esto traerá consecuencias; pobrecita Nancy”. Pero al día siguiente, la dirección de la Milicia la felicitó por su conducta ejemplar.
Con información de https://www.pressenza.com/es/2026/02/mujeres-de-cuba/