Ambición, avaricia y trastorno de personalidad.

Claro, aquí tienes una versión reescrita del contenido:

«Es curioso, Harry, pero quizás las personas verdaderamente capacitadas para ejercer el poder son aquellas que nunca lo han perseguido. Aquellos que asumen el liderazgo forzosamente lo hacen porque es necesario, y a menudo, para su propia sorpresa, lo hacen de manera efectiva.» — Albus Dumbledore

Las sociedades actuales tienden a explicar la violencia política, la desigualdad extrema y la erosión de la paz social mediante dos enfoques conceptuales limitados. El primero atribuye estos fenómenos a una supuesta “naturaleza humana” inherentemente egoísta y violenta. El segundo, más tranquilizador, reduce el problema a individuos excepcionales crueles, tratándolos como anomalías morales aisladas, sin cuestionar las condiciones estructurales que los legitiman y amplifican.

Este ensayo plantea una perspectiva diferente. El daño político masivo no es un reflejo de la humanidad en general ni el resultado de trastornos mentales en sentido clínico, sino el efecto de la captura del poder por estructuras anómalas, minoritarias, rígidas y carentes de empatía. Estas estructuras se manifiestan principalmente en dos formas: la Codicia Identitaria y el Fanatismo Cerrado. Ambas pueden coexistir con altos niveles de inteligencia funcional y operar bajo la legalidad, a la vez que generan una alteración continua de la paz social.

No se trata aquí de moralizar el deseo ni de rechazar la ambición o la competencia. La cuestión es entender por qué ciertas configuraciones del carácter, al acceder al poder, generan sistemáticamente crueldad, deshumanización y destrucción social, mientras que otras, en contextos igual de desafiantes, no lo hacen.

El deseo no es codicia

Es crucial hacer una primera distinción: querer más no es necesariamente problemático. El deseo humano puede legítimamente orientarse hacia la expansión, la creación, y el disfrute. Se puede desear más porque algo es gratificante o necesario. En estos casos, el deseo tiene un objeto claro y puede ser momentáneo.

Puede haber acumulación sin que exista codicia. Alguien que ama la moda, los libros o los instrumentos musicales puede tener mucho sin que su identidad dependa de ello. El objeto significa algo por lo que es, y puede compartirse sin que eso amenace la integridad del yo.

La verdadera naturaleza de la codicia

La codicia no se determina por la cantidad, sino por la estructura de la relación con el objeto deseado. Este objeto es significativo, pero no por su utilidad, sino porque es “mío” o “quiero que sea mío”. El valor radica en la apropiación, donde “tener” equivale a “ser”. La búsqueda de posesiones es, en esencia, una promesa de existencia.

Así, la codicia nunca se satisface. No porque el mundo sea escaso, sino porque nada puede afirmar una identidad construida solo a través de la posesión. Cada nueva adquisición ofrece un alivio momentáneo que rápidamente desaparece. El codicioso busca confirmación, y esta es inherentemente inestable.

Codicia, psicopatía y carácter

Desde una perspectiva antropológica y clínica, esta estructura no es representativa de la norma humana. La mayoría de las personas busca estabilidad, reconocimiento y vínculos significativos. En contraste, la codicia se presenta como una fijación en la identidad.

Kurt Schneider, en «Las personalidades psicopáticas», inicia un enfoque vigente: no define la psicopatía como locura, sino como configuraciones de carácter que causan sufrimiento a otros o a sí mismas. Los psicópatas son funcionales y, a menudo, exitosos en el ámbito social.

La investigación contemporánea sobre rasgos de la tríada oscura—narcisismo, maquiavelismo y psicopatía subclínica—ha revelado que estos perfiles, aunque no son la mayoría, están sobrerrepresentados en posiciones de poder, no por mayor inteligencia, sino por una tolerancia a la falta de empatía y a la transgresión de límites morales.

La codicia, entendida estructuralmente, se inserta en este contexto. No es un simple impulso, sino una organización del yo. La pérdida de lo codiciado se convierte en una amenaza existencial, transformando al otro en un recurso o competidor. Cabe señalar que la inteligencia no corrige esta estructura; la potencia.

La inteligencia al servicio del carácter

La inteligencia, en sí misma, no es ética. Es una herramienta y, cuando se pone al servicio de un carácter impulsado por la codicia o el fanatismo, se convierte en un acelerador de la patología.

En esos casos, la inteligencia facilita la apropiación, calcula riesgos, anticipa resistencias y legitima daños a través de discursos técnicos o ideológicos. No plantea dudas morales porque no hay conflicto interno. El éxito no corrige la codicia, la reafirma. El privilegio elimina límites. Así, la codicia exitosa tiende a coincidir con el poder.

Codicia, fanatismo y la paz social

La paz social no es una idealización blanda, sino una condición material necesaria para cualquier sociedad mínimamente estable. Se basa en la confianza, la previsibilidad y el reconocimiento del otro como igual. En este contexto, la codicia cuasi-psicopática y el fanatismo son factores perturbadores.

La codicia institucionalizada transforma la desigualdad en un principio organizador, naturalizando la creación de poblaciones y territorios descartables. La violencia se vuelve estructural, aunque no siempre visible.

Por su parte, el fanatismo requiere un conflicto permanente, donde la paz es sospechosa y el disenso es traición. Ambos carecen de empatía funcional, despojando al sufrimiento ajeno de importancia en la toma de decisiones.

Cuando estas dinámicas capturan el poder, las instituciones devienen dominantes. El derecho pierde su ética, la coerción reemplaza a la legitimidad y la vigilancia sustituye a la confianza.

Paradójicamente, esta erosión de la paz social termina afectando a quienes parecen beneficiarse. El poder se vuelve más rígido y frágil, donde cada decisión exige más control y violencia. La vida política se convierte en una lucha constante.

Trump y Netanyahu: dos manifestaciones de psicopatía política

Donald Trump y Benjamin Netanyahu no deben ser considerados locos o villanos. Ambos ejercen un poder significativo y causan daño masivo, pero lo hacen desde enfoques diferentes.

Trump representa la pura codicia identitaria, donde su relación con el mundo es posesiva. Busca ganar, no para lograr algo, sino para existir.

El daño que causa no es ideológico; es irrelevante. La inteligencia se convierte en táctica, no hay conflicto interno, y la legalidad es utilizada a su antojo.

Por otro lado, Netanyahu se guía por un fanatismo centrado en la idea. Su enfoque es más sobre una cosmovisión cargada de seguridad y excepcionalidad. Aquí, la inteligencia se utiliza estratégicamente, y el daño es una parte ineludible de su proyecto.

Trump degrada; Netanyahu sistematiza. Ambos carecen de empatía funcional y demuestran que cuando la codicia o el fanatismo se encuentran con el poder, la anormalidad se convierte en destino colectivo.

Ejemplos de poder no psicopático: límite y resiliencia

Existen ejemplos históricos que demuestran que otra relación entre carácter, inteligencia y poder es posible.

Nelson Mandela, tras décadas de apartheid y 27 años de prisión, eligió priorizar la paz social en una nación al borde de la guerra civil. Su resiliencia radicó en no transformar su sufrimiento en dominio.

Angela Merkel, al enfrentar crisis en Alemania, mantuvo un liderazgo deliberativo, restringido y enfocado en la estabilidad. La inteligencia guió su carácter.

José Mujica, luego de una vida marcada por la violencia política, desactivó simbólicamente el poder, evitando que el tener definiera su ser.

Jacinda Ardern, al gobernar Nueva Zelanda, integró la empatía en su enfoque político, sosteniendo el lazo social frente a adversidades.

Estos ejemplos no niegan el conflicto, sino que subrayan que el poder no requiere codicia ni fanatismo.

Conclusiones

La codicia y su lógica han sido descritas con claridad a lo largo de la historia. Un ejemplo contundente es el clímax de «El mercader de Venecia» de William Shakespeare.

Antonio no llega a este punto por maldad, sino por una serie de decisiones humanas como confianza y amistad. Al aceptar un préstamo de Shylock, se establece un contrato que, en un giro trágico, lleva a Shylock a exigir su cumplimiento literal cuando Antonio no puede pagar.

La escena del juicio revela una frialdad que anticipa la violencia. Shylock no busca compensación, solo reclama su propiedad, afirmando: “La libra de carne que exijo es mía, y la tendré.”

Shakespeare ilustra aquí la lógica de la codicia psicopática, donde el objeto es significativo solo por su posesión. La legitimidad se reduce a tener, y el derecho a destruir emana del derecho a poseer.

La escena se vuelve más insoportable cuando el juez concede a Shylock lo que pidió. La ansiedad surge cuando Shylock se da cuenta de la literalidad del contrato, evidenciando el límite que la codicia no puede manejar.

La genialidad de Shakespeare radica en mostrar cómo se llega a este punto. Shylock, humillado y reducido a estereotipo, transforma su sufrimiento en un derecho absoluto. No hay empatía; solo una fijación.

Shakespeare no demoniza, sino que alerta: cuando la sociedad se organiza en torno a la propiedad y la legalidad sin considerar la humanidad, se desmorona. Esto no es solo una alegoría del mal, sino una advertencia sobre cómo la codicia puede llevar a la destrucción, no por odio, sino por indiferencia estructural.

Finalmente, cuando la codicia se articula como un rasgo del carácter y se combina con el poder, produce daño persistente, no por exceso de humanidad, sino por su reducción. La psicopatía política no es una enfermedad, sino una anomalía del carácter que las sociedades continúan seleccionando como adaptativa.

Trump y Netanyahu representan configuraciones extremas que, al captar el poder, exponen la fragilidad ética de los sistemas que las legitiman. Por otro lado, Mandela, Merkel, Mujica y Ardern muestran que una relación diferente entre carácter, inteligencia y poder es posible.

La pregunta que queda es política y antropológica: ¿qué tipo de humanidad se reproduce cuando el poder premia la codicia y el fanatismo, y qué mecanismos colectivos permiten que la inteligencia vuelva a gobernar al carácter?

Defender la paz social no es ingenuidad moral; es una estrategia de sobrevivencia colectiva, incluso para quienes consideran que no la necesitan.

Espero que esta reescritura te resulte útil.

Con información de https://www.pressenza.com/es/2026/01/poder-codicia-y-psicopatia/

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