«Un análisis comparativo entre Groenlandia y la Antártica» – Fernando Schmidt



Me sorprende la pelea por Groenlandia entre Estados Unidos y Dinamarca. Siento un rechazo instintivo hacia la actitud despectiva del gobierno estadounidense. No puedo creer esta disputa entre aliados, y me duele ver la humillación de Europa. Me preocupa los precedentes que sienta este incidente y cómo su desenlace podría impactar en la cuestión antártica de Chile. Si bien hay diferencias significativas en términos de historia, ocupación, derechos, geografía y recursos, también hay similitudes que merecen nuestra atención.

Groenlandia es parte de América, aunque está políticamente asociada con Dinamarca. Su situación se asemeja a la de ciertas jurisdicciones francesas, neerlandesas o británicas en nuestro continente. La Antártica, por otro lado, es un continente separado que funciona bajo un Sistema internacional regido por un tratado que establece su uso para fines pacíficos y científicos, así como la congelación de disputas de soberanía (como las de Chile y otros seis países). En un protocolo adicional, se establece la protección del medio ambiente y la prohibición de actividades mineras. En otras palabras, mientras Groenlandia es un territorio constitucionalmente vinculado a Dinamarca, la Antártica tiene un conjunto de normas que son de alcance global, pero fuera de la ONU.

En relación con los territorios no autónomos de América, como Groenlandia, la postura de Chile ha sido variable. Rechazamos el principio de autodeterminación en el caso de las Malvinas debido a los derechos históricos de Argentina, pero defendemos este principio para algunas islas del Caribe como Anguilla o Bermuda. Aceptamos, por otro lado, las uniones políticas con países europeos en el caso de Martinica, Aruba, Groenlandia y otros. Así que, en caso de una posible anexión pacífica por parte de EE.UU., tendremos que evaluar detenidamente los términos. Si esta unión es forzada, nuestra posición irá de la mano con la de Europa. Pero, ¿estamos dispuestos a incomodar a Washington?

Es crucial salvaguardar los derechos de todos y mirar los hechos con realismo. Por un lado, Europa ha tenido una presencia intermitente en Groenlandia desde el siglo X; desde el XVIII, Dinamarca ha impulsado actividades misioneras y comerciales, y desde 1916 EE.UU. no ha objetado la expansión de intereses políticos y económicos en la isla. Además, sus habitantes buscan independencia o continuar su vínculo con Copenhague.

Por otra parte, la isla ha estado habitada por culturas americanas durante más de 3000 años. Los actuales inuit son parientes lejanos de los pueblos del sur. Desde 1867, EE.UU. ha mostrado interés en adquirir Groenlandia, basando sus aspiraciones en un celo expedicionario desde hace décadas, con campañas notables como las de De Haven (1850), Kane (1853), Hayes (1860), Hall (1871), Greely (1881) y Peary (1909). Estas aspiraciones soberanistas han sido reafirmadas a lo largo del siglo XIX y XX, mucho antes de Trump.

En la Antártica, por el contrario, no hay registros de ocupación antes de su avistamiento en el siglo XIX. No obstante, los derechos chilenos provienen de la gobernación de Terra Australis, un acto jurídico español de 1539 (que no se tradujo en ocupación) o de la extensión natural del territorio americano hacia la península antártica. Otros países con reclamos soberanos apoyan su derecho en el descubrimiento (Francia y Reino Unido), exploraciones tempranas (Noruega), o herencia de títulos (Australia y Nueva Zelanda).

Sin embargo, las grandes potencias militares desestiman estos reclamos y sostienen que, de no existir el Sistema Antártico, se reservan el derecho de reclamar parte o la totalidad del continente como descubridores iniciales (Rusia) u ocupantes reales (EE.UU.). China también ignora nuestra soberanía. Actualmente, plantean al continente como una región donde debe construirse una “comunidad de futuro compartido para la humanidad”, un lema que podría resultar útil en el contexto actual.

Ese “futuro compartido” podría relativizarse debido al cambio climático. Ambos polos padecen un aumento en el descongelamiento. El año pasado, la extensión del hielo marino en la Antártica alcanzó su punto más bajo en 47 años, pero es en el Ártico donde las consecuencias geopolíticas son más relevantes, especialmente con la apertura de la navegación comercial en el Océano Ártico y la posibilidad de explotar minerales.

En septiembre, el portacontenedores chino Istambul Bridge recorrió la distancia entre Ningbo (China) y Gdansk (Polonia) en solo 20 días, reduciendo a la mitad el tiempo de transporte entre dos importantes polos productivos (noreste asiático y Europa). Si esta ruta se consolida, la ventaja estratégica de las flotas capaces de navegar por el Ártico será crucial en el futuro mapa del poder.

Desde esta perspectiva, el reclamo actual de EE.UU. sobre Groenlandia busca compensar una desventaja frente a Rusia. El Kremlin cuenta con más de 40 rompehielos, varios con capacidad militar. De estos, 7 son de propulsión nuclear, y para 2030 planean destinar 17 rompehielos a mantener la ruta del Ártico abierta todo el año. China está acelerando la construcción de estos buques y espera tener 5 operativos este año. En cambio, EE.UU. cuenta con solo 3 rompehielos, aunque han iniciado un ambicioso plan de expansión junto a Finlandia para agregar otras 11 embarcaciones a partir de 2028.

Los pasos australes de América (Cabo de Hornos, Beagle y Estrecho de Magallanes) no tienen, por el momento, la misma relevancia estratégica que el Ártico. Solo son utilizados por un porcentaje muy reducido del comercio marítimo global. Sin embargo, son esenciales para portacontenedores y petroleros, sirven como rutas alternativas ante bloqueos políticos y como pasos seguros en caso de sequías que afecten la navegación por el Canal de Panamá. En la situación actual, todas estas variables están sobre la mesa.

El cambio climático también ha despertado el interés de las grandes potencias mineras por explotar los recursos de Groenlandia, rica en minerales críticos para el desarrollo de tecnologías de inteligencia artificial, defensa, electromovilidad y microprocesadores. Su explotación depende de tecnologías aún en desarrollo relacionadas con exploración, adaptación a climas extremos, procesamiento y automatización.

Es muy probable que el debate sobre la futura explotación minera en Groenlandia tenga repercusiones en el Sistema Antártico. Los anuncios rusos sobre hallazgos de petróleo en el Mar de Weddell, la existencia de tierras raras en las montañas del Príncipe Carlos o en la península de Stornes, así como minerales en la península antártica, despiertan el interés de las potencias. Se trata de un escenario aún hipotético, frente al cual tenemos la obligación de estar preparados (como ya anticipan los noruegos en Svalbard), ya que, tal como evidencian los hechos en Groenlandia, la situación puede volverse difícil y no estoy seguro de que nuestro pacífico Sistema Antártico pueda contenerla. (El Líbero)

Fernando Schmidt

Con Información de www.nuevopoder.cl

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