Chile frente a los relojes sincronizadores externos.



Aunque la política exterior de nuestro país está principalmente influenciada por Estados Unidos en términos geopolíticos y por China del lado económico, es importante analizar las diversas dinámicas del contexto internacional, o al menos una parte de ellas. Existen evidencias que reflejan diferentes limitaciones a las aspiraciones internas.

La más relevante es la emergente configuración de un nuevo orden global basado en tres grandes espacios civilizacionales: el estadounidense, el ruso y el chino.

Acompañando esta configuración, se observa la naturaleza “neo-westfaliana” de estos actores (inspirada en los tratados de Westfalia y Osnabrück de 1648), así como su obsesión por establecer sus respectivas esferas de influencia. Todos ellos están operando a nivel global, generando un conjunto de tensiones que traen consigo temores ancestrales, confusión y una búsqueda, algo desesperada, de formas de adaptación.

En este contexto, hay un imperativo que obliga a los Estados a resolver disyuntivas y dilemas significativos. Esto impacta tanto a las naciones periféricas como a algunas centrales.

La disyuntiva más crucial proviene de la naturaleza de estos polos civilizacionales. A diferencia de la Guerra Fría, en la actualidad los tres buscan moldear un orden tecnológico a nivel mundial, desencadenando así una feroz competencia por recursos (lejos del paradigma de mercado) y la creación de regímenes políticos que se distancian de la moral kantiana.

Esto permite desglosar algunas tensiones clave. Un ejemplo notable es la situación de la OTAN. Dinamarca representa un caso particularmente ilustrativo y es casi evidente que no será el último en su contexto. La falta de un paraguas de defensa como el que solía ofrecer el Pacto Noratlántico es un desafío complejo de enfrentar, lo que deja en el aire algunas prioridades nacionales.

Por otra parte, en términos de desorientación, especialmente en los países periféricos, se observa la tendencia a creer que las aspiraciones internas se van desconectando de los asuntos globales.

Esta creencia es curiosa. Ignora lecciones importantes de la Guerra Fría y hace un hincapié erróneo en actuar en espacios intermedios, ocultando además una cierta perversidad. Olvida lo esencial de la pertenencia. La historia demuestra que los hegemones rara vez son débiles.

Existen numerosos ejemplos cargados de dificultades y traumas. Recordemos Checoslovaquia en 1968 con su intento de socialismo humanista, o Hungría en 1956. Ha habido también episodios dramáticos en la periferia del mundo, usualmente relacionados con líderes que se resisten a aceptar hegemonías. La lista de ejemplos en Asia, África y América Latina es extensa. Tanya Harmer es una de las expertas más reconocidas en el caso de Chile. ¿Quién definía el interés nacional de Chile entre 1970 y 1973?

Es cierto que hubo excepciones, como el caso de Finlandia, donde el éxito provino de una neutralidad cuidadosa y de mantener un sentido claro de pertenencia (en su caso, a Occidente).

Además, existe en diversas naciones occidentales una resistencia al nuevo orden emergente debido a la pérdida de certezas que este provoca. Hay un anhelo por tiempos perdidos.

Esta situación es particularmente clara entre aquellos que ya han sufrido una doble pérdida. Hay grupos significativos que, tras vivir las dificultades de la Guerra Fría, lograron reinvetarse y adaptarse a nuevas realidades políticas y económicas. Después de la caída del Muro de Berlín, abrazaron una nueva certeza, fundamentada en un discurso de mercados en competencia y una democracia funcional. Se hablaba de “amplios consensos” en torno a esta narrativa. Todo parecía irreversible… hasta la llegada de Trump.

Junto a eso, surge el temor a la llamada “desinstitucionalización”. Existe nostalgia por la tradición liberal establecida desde el final de la Segunda Guerra Mundial y resistencia a un posible mundo donde la estrategia sea anticipar los movimientos de los grandes actores y reconfigurar los términos de las negociaciones, como propone Trump. También hay repulsión (algunos lo llaman escepticismo) hacia la creación del “Consejo para la Paz”, anunciado por Trump y apoyado por 19 países, que podría llevar a la irrelevancia de la ONU. La molestia se intensificó al ver que uno de los primeros en aceptar la invitación para formar parte de este grupo fue Putin. Estos observadores parecen olvidar la fuerte resistencia que generó en su momento la creación de la ONU (incluido Chile y Argentina).

No es casualidad que Moscú y Pekín hayan sido los que mejor comprenden las maniobras en curso, en una confrontación económica en clave “neo-westfaliana”, donde el poder se utiliza como un recurso nacional.

Esta observación permite destacar dos aspectos que a menudo pasan desapercibidos o son minimizados.

En primer lugar, el actual gobierno ruso cuenta con más respaldo ciudadano del que se tuvo durante toda la era soviética, a pesar de las críticas que se hacen a Putin desde posturas liberales. La realidad es que los rusos disfrutan de libertades impensables bajo Stalin o Brezhnev. La elite rusa se ha centrado en expandir el poder (un proceso que Aleksandr Dugin detalla en Geopolítica del mundo multipolar), mientras la nación se ha unificado en torno a un propósito claro, ser una potencia tecnológica. Un dato significativo es que el 25% de los estudiantes de educación superior en Rusia estudia ingeniería.

Por otro lado, China ha dejado atrás los costos humanos del Gran Salto Adelante y de la Revolución Cultural. Bajo los fundamentos establecidos por Deng, Xi está llevando a su país a convertirse en un actor central del siglo XXI, generando un propósito nacionalista en torno a la tecnología. Es revelador que la cantidad de estudiantes chinos de ingeniería (matriculados en todo el mundo) esté entre las más altas del planeta, lo que le permite competir con EE. UU. por el liderazgo mundial.

Varios de estos temas fueron abordados en el reciente Foro Económico Mundial. Elon Musk planteó una observación interesante sobre la detección de los “mensajeros” que conectan la obsolescencia y la emergencia de estas transformaciones epocales, apoyándose en la biología. Mencionó que un brazo no envejece más rápido que el otro, sugiriendo la existencia de vectores que, al igual que las partes de un cuerpo, deben responder a algún tipo de reloj sincronizador.

Desde la perspectiva de Chile, esto implica mucho más que identificar a EE. UU. y China como prioridades en la política exterior hacia 2026. Solo explorando los elementos comunes que vinculan a Ucrania, Gaza, Groenlandia, Taiwán, Panamá, Venezuela, la guerra arancelaria y otros, comenzaremos a descubrir esos “mensajeros” a los que se refiere Musk. (El Líbero)

Iván Witker

Con Información de www.nuevopoder.cl

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