Analista internacional en el Campus Creativo de la Universidad Andrés Bello.
La reciente presencia de buques estadounidenses frente a las costas de Venezuela, sumada a las advertencias del presidente Donald Trump sobre “usar todos los recursos disponibles” en la lucha contra el narcotráfico en dicho país, ha reavivado el debate internacional sobre una posible escalada de tensiones entre Washington y Caracas. Sin embargo, lo que se observa se alinea con un viejo patrón: la creación de un enemigo externo para justificar políticas internas y fortalecer la influencia geopolítica de Estados Unidos.
Las dificultades en la relación entre ambos países no son nuevas. Desde la llegada de Hugo Chávez al poder, se comenzó a deteriorar la conexión con Washington. Sin embargo, por años se mantuvo un tipo de «paz pragmática», donde el petróleo seguía fluyendo hacia Estados Unidos, lo que mitigaba el conflicto político. El giro más decisivo ocurrió durante la administración de Trump, cuando la narrativa sobre Venezuela pasó de considerar un régimen autoritario a retratarlo como un foco de inmigración masiva y criminalidad organizada, convirtiendo al Tren de Aragua y al Cartel de los Soles en símbolos de la «inseguridad exportada» desde Venezuela.
Este cambio de percepción no es casual. Busca preparar el terreno para una intervención, al menos retóricamente, y legitimar ante la opinión pública estadounidense medidas de presión políticas, económicas y potencialmente militares. No solo es una cuestión de seguridad; también se juega el tema del petróleo. A pesar de una producción interna comprometida por la crisis, Venezuela aún posee las mayores reservas del mundo, un recurso estratégico para una potencia que enfrenta a la vez inestabilidad en Medio Oriente y un cambio energético incierto.
¿Existen realmente posibilidades de una intervención militar directa? Es poco probable. La historia de América Latina muestra que esas operaciones han dejado de ser viables desde hace décadas, y hoy serían interpretadas como un acto colonial, sin el respaldo internacional ni del mismo Estados Unidos. Más que una guerra, la intención es desestabilizar el poder interno de Nicolás Maduro. Mientras cuente con el apoyo de las Fuerzas Armadas, su permanencia está garantizada; una vez que ese respaldo se pierda, su salida será inevitable. La estrategia de Washington, por lo tanto, se orienta a debilitar esa relación a través de sanciones económicas, maniobras militares y aislamiento diplomático.
La retórica de Trump se inscribe en una tradición conocida en la política estadounidense: el enemigo externo como justificación para medidas internas extremas. Un ejemplo notable es el 11 de septiembre de 2001, que permitió a George W. Bush instaurar la Ley Patriótica, intensificar el espionaje sobre sus ciudadanos y justificar invasiones en Medio Oriente. Hoy, la figura venezolana cumple un papel similar: desviar la atención de los problemas internos y unir apoyos en torno a la figura presidencial.
En este contexto, el discurso sobre el narcotráfico tiene un carácter más instrumental. El tráfico de drogas desde América Latina hacia Estados Unidos no es un fenómeno nuevo; desde los años setenta, nombres como Pablo Escobar, el Chapo Guzmán y las FARC han sido recurrentes. No hay indicios de que hoy sea más grave que antes. Lo que cambia es el uso político de esta narrativa. Al igual que en el pasado, el narcotráfico se convierte en la justificación ideal para una estrategia más amplia de control geopolítico y proyección de poder en la región.
Las implicaciones para América Latina son significativas. Una posible intervención, incluso indirecta, podría desestabilizar la región e imponer a los países vecinos la difícil decisión de respaldar o rechazar acciones que, aunque puedan debilitar a Maduro, abrirían un peligroso precedente de injerencia externa. A su vez, la crisis humanitaria y migratoria en Venezuela sigue afectando a naciones como Colombia, Chile, Perú y Brasil, generando tensiones sociales y políticas que ningún discurso militar podrá resolver.
El verdadero desafío no es militar, sino político y diplomático: ¿cómo facilitar una transición en Venezuela sin caer en intervenciones coloniales o en la indiferencia ante el sufrimiento de millones? Esa debería ser la pregunta guía de la acción regional.
Hoy, mientras Trump intenta revivir una lógica de Guerra Fría y Maduro responde con retórica nacionalista, no solo está en juego el futuro de Venezuela, sino también la capacidad de América Latina para construir una voz propia frente a las potencias. El desenlace dependerá menos de la fuerza de los buques estadounidenses y más de la robustez de la política regional para evitar que el destino de uno de sus países caiga en una estrategia añeja: la del enemigo externo como herramienta de poder.
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