La reciente elección primaria del Socialismo Democrático ha puesto de manifiesto una dura realidad: la izquierda, como proyecto colectivo, atraviesa una crisis profunda. La baja participación fue más que notable, mostrando que incluso los partidarios más fieles se sienten desmotivados para participar. Ante este desalentador panorama debemos cuestionarnos: ¿qué ha quedado de esos ideales por los cuales tantos chilenos sacrificaron sus vidas?
El núcleo del dilema reside en una carencia de imaginación política. No hemos logrado construir una visión de país que nos inspire, una narrativa común que nos una. Lo que antes eran promesas de justicia y progreso ahora se ha reducido a una gestión monótona marcada por la decadencia. La corrupción y el clientelismo han consumido la paciencia de la ciudadanía. Es como dispararse en el pie.
El Partido Socialista incurrió en un error crucial al desestimar la decisión de sus bases de apoyar a Paulina Vodanovic como su candidata. La elección de Carolina Tohá (PPD) tras negociaciones poco transparentes evidenció una desconexión trágica con las necesidades del electorado. Este hecho no fue un simple error táctico, sino el reflejo de un mal mayor: el PS se ha convertido en un entramado de élites ajenas a la realidad social, marcando el ocaso de la solidaridad y el tradicional compañerismo socialista.
Lo que observamos hoy es el final de una generación política que confundió el acceso al poder con la verdadera transformación del país. La Concentración, que fue un faro en momentos oscuros, y sus herederos en la Nueva Mayoría, principalmente el Socialismo Democrático, navegan a la deriva entre la nostalgia y la falta de propuestas significativas. No obstante, esta crisis va más allá de lo partidario; representa un completo fracaso del modelo político actual.
¿Es una traición a la memoria de aquellos que lucharon? ¿De qué sirvieron los viajes clandestinos y las marchas reprimidas si sus herederos ni siquiera ejercen su derecho a voto? La democracia se ha degradado en un ritual fútil, donde los jóvenes desestiman las urnas y los protagonistas de antiguas batallas se marchan en silencio, llevándose consigo los vestigios de una política verdaderamente comprometida.
Estamos frente a un grave dilema sistémico que las élites y dirigentes se niegan a enfrentar. ¿Hasta cuándo? ¿Cuál es la línea roja que han trazado? ¿Quién sufrirá las consecuencias de su inacción? Cuando las organizaciones políticas tradicionales no logran convocar a sus propios adherentes, ¿qué legitimidad poseen para gobernar el país?
El vacío que dejan no permanecerá deshabitado: será ocupado por populismos de derecha y extrema, por tecnócratas sin conexión real y por aventureros políticos. O aún peor: por enemigos de la democracia, locos y fanáticos.
La democracia no se mide solo por su existencia formal. No es por ella que vale la pena luchar (ni mucho menos morir) si simplemente se convierte en un mecanismo para mantener a las mismas élites mientras se perpetúan la corrupción y el nepotismo. Luego, es nada más que una gran y costosa farsa.
¿Es demasiado tarde? No todo está perdido; aún hay una alternativa: asumir con humildad la responsabilidad, reconstruir la política desde las bases, reconectar con la comunidad y sus necesidades, y prometer y cumplir. Es esencial que se abandonen las comodidades del poder y se retorne a los orígenes, reconectando con la historia y con las experiencias vividas. Y, sobre todo, recuperar la capacidad de soñar conjuntamente, de crecer como sociedad y no cesar en ese esfuerzo hasta lograrlo. Sin un proyecto que motive, sin un horizonte compartido, no hay política que esté a la altura ni democracia que perdure. Lo opuesto al amor no es el odio, sino la apatía. Urnas vacías. Esto no es solo un fracaso electoral; representa el riesgo existencial de que el sistema democrático muera por falta de acción.
La pregunta que persiste es crítica: ¿habrá quienes estén dispuestos a rescatar el proyecto democrático, o seremos meros observadores de su inevitable declive? ¿Están decididos a ser responsables ante la historia? El tiempo es corto, y las urnas vacías de este domingo son el más contundente llamado de atención.
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