Periodista y Comunicador Social
El título de esta columna puede resultar conocido para algunos lectores. Otros, con más familiaridad en la literatura latinoamericana, podrían acusarme de plagio, y tendrían razón. Efectivamente, se trata del nombre de una destacada novela del uruguayo Mario Benedetti, publicada en 1982 durante su exilio en España. Esta historia retrata a una familia marcada por la cárcel y el destierro en los oscuros años de la dictadura que golpeó a la hermana república oriental entre 1973 y 1985.
En sus páginas, la primavera simboliza más que una mera estación; se convierte en una metáfora radiante, una alegoría poética de la esperanza que persiste incluso en tiempos sombríos. Como en muchas obras de Benedetti, el optimismo se alza como un acto de resistencia. En medio del encierro —irónicamente llamado Libertad— donde el protagonista Santiago enfrentaba su prisión, y mientras su familia lidiaba con el exilio en México, esa primavera simbolizaba la tenue ilusión de que algún día los nublados de la represión se disiparían.
Menciono esta referencia porque hoy Chile vive su propia primavera… aunque con una esquina rota. Una fractura peligrosa en lo que a veces parece un lugar común, un ideal anacrónico, pero que encarna la esencia misma de nuestra identidad: el alma de Chile.
Ese espíritu —que resurge cada septiembre entre fondas, abrazos y banderas— trae consigo una nostalgia de unidad, un deseo de justicia, afecto y empatía. Sin embargo, esa justicia, fundamental en nuestro tejido social, se desdibuja ante el deterioro institucional y la desconfianza hacia quienes deberían garantizarla.
El país observa con desconcierto la crisis sin precedentes del Poder Judicial: jueces suspendidos, renuncias forzadas y acusaciones de tráfico de influencias que afectan a Cortes de Apelaciones y a la Suprema. Los nombres de María Teresa Letelier, Ángela Vivanco o Santiago Ulloa ocupan titulares que hablan más del poder que de la ética. A esto se suma el escándalo del caso Hermosilla, cuyos audios revelaron redes de sobornos a funcionarios del Servicio de Impuestos Internos y de la Comisión para el Mercado Financiero. Si antes la justicia era sinónimo de equidad, hoy muchos la perciben como un ámbito lleno de intereses.
No se trata solo de los tribunales. La fragmentación política se ha convertido en una trinchera que drena la conversación pública. Lo que debería ser un lugar de encuentro se transforma en un choque de consignas. Los debates sobre el presupuesto 2025 y las disputas acerca de derechos sociales, seguridad y educación han revelado más voluntad de imponer verdades que de alcanzar consensos. Así, la política —una herramienta que en su momento fue un vehículo de esperanza— parece degradarse a un espectáculo.
Esa es, sin lugar a dudas, otra fractura de nuestra primavera. Cuando la política se desconecta de la ciudadanía, esta se excluye del proceso democrático. Encuestas de CADEM y CEP confirman esto: más del 80% de los chilenos no confía en los partidos y apenas un 10% en el Congreso. ¿Cómo puede concretarse una primavera democrática si la semilla de la confianza pública ya no germina?
Y como si el desaliento no fuera suficiente, la esquina rota se extiende a la ética pública. Los casos de corrupción en fundaciones, que comenzaron con Democracia Viva y continuaron con ProCultura, Urbanismo Social y EnRed, exhibieron el uso arbitrario de recursos públicos sin distinción de colores políticos. La opacidad en gobiernos regionales —de Antofagasta al Biobío— transformó el concepto de «transferencia directa» en sinónimo de «confianza perdida». Esa herida en la integridad no solo impacta la gestión estatal, sino también erosiona la confianza en la democracia misma.
También persiste un eco más profundo: la memoria debilitada.
Cincuenta años tras el golpe de Estado, aún se oyen voces que relativizan las violaciones a los derechos humanos o exaltan la mano dura como una virtud. No son meros deslices: cuando autoridades o líderes públicos trivializan la tortura o cuestionan la historia, el país retrocede hacia sus sombras.
No obstante, hay quienes —como en 1985— siguen recordando. Ese año, el actor Roberto Parada, mientras interpretaba «Primavera con una esquina rota», recibió la noticia del asesinato de su hijo José Manuel, asesinado junto a Santiago Nattino y Manuel Guerrero. A pesar del profundo dolor, decidió continuar con la función.
Ese gesto fue más que una muestra de valentía: fue una lección para el país.
Eventos como ese, nacidos en medio del quiebre institucional de hace 52 años —otra esquina rota que aún nos duele— nos recuerdan que el alma de Chile no puede seguir dependiendo de una espera pasiva por un cambio de estación.
No es suficiente esperar a que llegue la primavera: hay que salir a buscarla, con determinación, firmeza y valentía.
Quizás eso implique volver a ver al otro como un igual; entender que la divergencia no es una amenaza, sino una oportunidad; que la función pública no es un botín ni un escenario de ego, sino un servicio.
También significa rechazar la violencia verbal, el negacionismo y la corrupción diaria que nos anestesia.
Porque si algo nos enseña Benedetti —y nuestra propia historia— es que las primaveras no son obsequios: son conquistas.
Y cuando el alma de un país se fractura, solo la esperanza activa —la que camina, la que dialoga, la que se atreve a disentir— puede repararla.
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