Desde siempre me ha sucedido, pero con el tiempo la situación ha ido empeorando. No sé si se debe a una desconcentración típica de la era hipertextual en la que vivimos o a una especie de «esquizofrenia informativa», resultado de la creciente internetización del conocimiento. No es que la información sea frágil, sino que su accesibilidad y la inmediatez de la misma la hacen abrumadora. Mi experiencia personal con este fenómeno ha llegado a ser dramática.
Cada día, enfrentar la lectura de un libro se convierte en un desafío casi insuperable. Sin querer, me embarco en una búsqueda frenética de referencias: algunas para contextualizar, otras solo para satisfacer una curiosidad insaciable, y muchas, simplemente como una forma de evasión que podría requerir la atención de un buen psiquiatra.
La lectura se vuelve cada vez más cuesta arriba. Cada línea, cada párrafo o idea; cada concepto, fecha, dato, personaje o ubicación geográfica; cada detalle descrito me empuja a explorar otros libros, datos y respuestas que me ayuden a comprender mejor, a veces incluso de manera más profunda, cualquier cabo suelto que mi mente inquieta considera necesario esclarecer.
La situación es casi esquizofrénica. La lectura normal se prolonga el doble o el triple del tiempo habitual. Puede ser un cuento de Cortázar, una novela de Edwards, «El Quijote» o un texto sobre la Revolución rusa; cada libro es como escalar el Everest, ya que mi curiosidad por esas referencias literarias o culturales me lanza a un universo inabarcable de información adicional, impidiendo que regrese a la normalidad de una lectura convencional como cualquier persona común. Cuando intento regresar, a menudo me siento tan perdido que me es necesario volver a las páginas ya leídas para reconectarme con las ideas que creía haber asimilado.
Lo peor es que esta inquietud me lleva a comenzar otros libros, con la ilusión vana de que será momentáneo y que olvidaré el libro original que empecé. Sin embargo, esta impulsividad me lleva nuevamente a perderme en un océano de referencias cruzadas que me sumerge en un mar de datos, fechas y figuras históricas. Todo es tan fascinante que mi regreso al punto de partida parece casi imposible y, quizás, innecesario.
Dejarme llevar por este sistema de exploración se convierte en la propia experiencia de la lectura. Terminar los libros me cuesta, pero la inmensa alegría de navegar por mares llenos de datos y sueños reemplaza eficazmente la satisfacción de leer un solo libro.
Recientemente, me sucedió con “El mundo de ayer” de Stefan Zweig, que me llevó a reflexionar sobre la vida en la Viena de principios de siglo. En medio de las certezas que ofrecía el Imperio Austrohúngaro, el autor toca un tema que siempre me ha interesado: la tensión entre lo que fue sólido y lo que se desvanece en el aire, parafraseando a Marx, tal como lo hace Marshall Berman en su análisis sobre la crisis de la modernidad.
¿Cómo se formó el Imperio Austrohúngaro? ¿Desde cuándo y por qué los duques de Austria fueron también emperadores? Estas preguntas me hacen explorar la complejidad de su historia, cómo Austria se separó del Sacro Imperio Romano Germánico y cómo este fue un conglomerado de reinos como Prusia y Baviera por casi mil años en el centro de Europa.
El Sacro Imperio derivó la tradición imperial de la antigua Roma y los estados francos desde la coronación de Carlomagno. Austria, la que Hitler invadió en 1939, y donde el atentado contra su príncipe heredero en 1914 provocó la Primera Guerra Mundial, es también la tierra de Mozart y Salieri. La misma que vio el amor de Alma Schindler, una feminista pionera que inspiró a artistas y músicos.
¿Qué hay de cierto en las rivalidades entre Mozart y Salieri que Peter Shaffer narra en «Amadeus»? No tengo el libro, pero sí la película, que voy redescubriendo con cada visualización. Aunque algunas actuaciones no son perfectas, el diseño de producción y la música, interpretada por la orquesta de la Academia de Saint Martin in the Fields, son inigualables. En particular, el Réquiem me conmueve profundamente, así como el Concierto para piano N° 20, K466, que es uno de mis favoritos.
Forman se destaca en esos detalles, implícitos en su dirección: la música, el vestuario y la fotografía cuidada de sus primeras películas en Hollywood como “Atrapado sin salida”, “Hair” y “Ragtime”. Estas obras abordan temas relevantes y reflejan un rico contexto histórico.
La construcción del sueño americano es un tema recurrente en la literatura y el cine. La música de jazz que acompaña esta historia, desde los pequeños grupos de Nueva Orleans hasta el frenético bebop, es fundamental en este viaje por un mundo que busca la paz.
Artistas como Dizzy Gillespie, Miles Davis y especialmente Charlie Parker transformaron el lenguaje del jazz, marcando un antes y un después. En esta época, Pannonica, la condesa que abandonó la estabilidad de la familia Rothschild, se convirtió en musa y liberadora de los grandes jazzistas de los años 50, recorriendo los rincones de Nueva York con su lujoso automóvil.
En aquellos estudios de grabación, figuras como Bob Dylan, Paul Simon, y Glenn Gould, grabaron obras que trascienden el tiempo. Las Variaciones Goldberg interpretadas por Gould son una experiencia única que transforma la obra de Bach, llevándola a nuevos horizontes sonoros.
Teo Macero se asegura de que cada interpretación sea única, preguntándose si es posible capturar de nuevo aquel instante de inspiración pura que se traduce en música.
Algo similar ocurre al contemplar las obras de Klimt en museos como el MoMA de Nueva York o el Museo d’Orsay. Sus trazos dorados representan tanto la fragilidad de la vida como la certidumbre de un nuevo mundo que cada mañana se despliega ante nosotros, reflejando las inquietudes de artistas, políticos y de la propia Iglesia.
Parece que la vida misma es un libro, donde cada libro integrado en él es parte de un vasto y continuo relato. Así, en este sentido, la muerte no existe; solo hay memoria interrumpida que puede renacer en un nuevo sueño.
Con Información de www.elperiodista.cl