
El 18 de septiembre es una fecha que para muchos chilenos evoca empanadas, cuecas, volantines y banderas ondeando al viento. Las Fiestas Patrias proporcionan un momento especial para conectarnos con nuestra historia, tradiciones e identidad. Es un tiempo para abrazarnos en fondas, entonar himnos en conjunto, disfrutar de la misma gastronomía y emocionarnos con las mismas melodías. Por unos días, al menos de forma simbólica, nos convertimos en un solo país.
Sin embargo, esa imagen se desdibuja rápidamente.
Basta con mirar un poco más allá del asado o la cueca para recordar que, mientras celebramos lo que nos une, también enfrentamos una profunda división política, social y económica. La desconfianza entre distintos sectores, la polarización del debate público, la desigualdad persistente, la inseguridad, la crisis habitacional, el deterioro de la salud mental y la precarización del empleo son solo algunas de las problemáticas que nos afectan.
En este contexto, la noción de unidad nacional suena más a un eslogan que a una verdadera convicción. Anualmente, se repiten en los discursos presidenciales frases como: «Debemos trabajar juntos», «Nadie se salva solo», «Chile necesita unidad». Expresiones que resuenan bien, pero que a menudo se quedan en palabras. Más aún, los que deberían ser los primeros en promover este llamado —candidatos y líderes políticos— a menudo son los que más profundizan la división.
A pesar de esto, la fórmula continúa siendo la misma. Chile no podrá avanzar si no encuentra un hilo conductor que lo una más allá de las festividades del 18 de septiembre. No se trata solo de una bandera o una canción, sino de un proyecto colectivo, un objetivo común que permita convivir con nuestras diferencias sin fracturar el tejido social.
Como país, necesitamos forjar nuevos acuerdos: en salud, educación, pensiones, crecimiento económico, seguridad, en todos los aspectos donde la fragmentación ha obstaculizado el progreso. Para lograrlo, no basta con que el Gobierno inste al diálogo: se requiere generosidad de todos los actores, una voluntad real de consenso y una ciudadanía que demande unidad y no solo una polarización mediática.
Así como nos unimos bajo la misma bandera para celebrar nuestras fiestas patrias, debemos también unirnos como sociedad para abordar los problemas que nos afectan a todos. Que la empanada y la cueca no sean simplemente un paréntesis, sino que simbolicen algo más profundo: que aún es posible el encuentro.
Porque si no somos capaces de construir espacios de encuentro en este momento crítico, no habrá discurso ni candidato que nos haga avanzar.
Y eso, aunque lo afirmen todos los presidentes en ejercicio, parece que aún no resuena en quienes desean serlo.
Con Información de www.elperiodista.cl