Periodista y Comunicador Social
“La paradoja de candidatos que representan territorios que no habitan”
“No soy de Aquí ni Soy de Allá”, cantaba el compositor argentino Facundo Cabral en los años setenta, una melodía melancólica que muchos prefieren escuchar en la voz de Alberto Cortez.
Desafortunadamente, los millones de chilenos que no pueden decidir ni opinar se enfrentan al cuoteo político y la ansiedad electoral de aquellos que, “sin ser de aquí ni de allá”, recorren nuestro país presentándose como candidatos en regiones y distritos que les son ajenos.
Sin ningún decoro, algunos se trasladan desde comunas cercanas de la Región Metropolitana para explorar parajes agrestes, degustar curantos o bailar cuecas sureñas, cumbias, trotes o carnavalitos. Otros promocionan dulces ancestrales o completos al vapor, cuando previamente elogiaban las refrescantes sandías de sus distritos. Hubo incluso un ex parlamentario que dejó el clima templado del norte chico por la fría majestuosidad de Aysén, sin escalas. Todo esto, a mi juicio, es una burla a la fe y confianza pública, especialmente cuando el Servicio Electoral señala que ya han cumplido tres periodos y deben dejar sus cargos o cambiar de estamento en el Congreso.
Los estrategas en la defensa de las esferas del poder distribuyen el mapa del país como si fuera un tablero de ajedrez. Deciden quiénes serán los caballos que saltarán de una región a otra, solo para poner en jaque a sus adversarios, dejando en segundo plano el desarrollo local. Así relegan a los liderazgos locales al rol de simples peones: útiles para pegar carteles, repartir volantes o pintar muros, pero sin oportunidades reales de crecer políticamente.
Este fenómeno ha mermado el compromiso con la identidad de cada zona, llevando a algunos parlamentarios a renunciar a sus escaños para asumir cargos ministeriales o buscar ambiciones presidenciales. Esto lesiona la democracia representativa, al permitirles designar a sus reemplazantes en coordinación con sus colectividades.
Es relevante recordar que nuestra legislación electoral exige, como requisito para postular a cargos de elección popular (salvo la Presidencia), contar con “residencia en la región correspondiente al distrito electoral durante un mínimo de dos años, contado hacia atrás desde el día de la elección” (artículo 42 de la Ley N.º 18.700, Orgánica Constitucional sobre Votaciones Populares y Escrutinios).
Algunos se justifican con frases como: “Uno no elige el lugar donde nacer, pero sí donde servir”. Pero este argumento se asemeja más a misioneros o mártires, como el sacerdote Damián de Veuster, quien falleció en el leprosario de Molokai, o, a nivel local, a Pierre Dubois y André Jarlan, recordados por su lucha contra la dictadura. No aplica a ciudadanos que disfrutan de privilegios y reciben una generosa compensación, supuestamente en sacrificio por el país.
Algo en el sistema está fallando al transformar las candidaturas en una especie de “Crimen y Castigo”, parafraseando la célebre novela rusa. Testimonio de ello es el ex diputado y antiguo líder de los pescadores, Iván Fuentes, quien se vio involucrado en un caso de financiamiento irregular de campaña y se autoexilió políticamente. En su siguiente intento, buscó suerte en un distrito de la Región Metropolitana, pero fracasó, sin siquiera la esperanza final de Rodion Raskólnikov, el protagonista de la mencionada obra de Dostoievski.
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