El mundo observa con horror la devastación en Gaza y, a la vez, con sorpresa el silencio de numerosos gobiernos, líderes y ciudadanos. Permanecer en silencio ante un genocidio no es cuestión de neutralidad, sino de complicidad. La historia nos ha enseñado que las atrocidades se repiten cuando la gente se paraliza por miedo o apatía. Estoy convencido de que alzar la voz es un deber ético y una forma de defender la dignidad humana y la paz que alguna vez inspiraron los Acuerdos de Oslo.
El silencio nunca es neutro. Al callar ante una atrocidad, nos convertimos, ya sea de forma consciente o inconsciente, en cómplices. Y esto no se limita a las grandes tragedias; la indiferencia y el silencio también abren la puerta a abusos en la vida cotidiana. El reconocimiento y la denuncia de esos abusos a diario son lo que previene que se lleguen a niveles de atrocidades e injusticias como los que observamos en el mundo hoy. En Chile lo tenemos claro: durante la conmemoración de los 40 años del Golpe de Estado, el entonces presidente Sebastián Piñera mencionó el “silencio cómplice” de miles de chilenos que, por miedo o interés, guardaron silencio ante las violaciones sistemáticas de los derechos humanos durante la dictadura. Ese silencio del pasado nos recuerda que callar nunca es inocuo: abre heridas que pueden tardar décadas en sanar.
El horror del ataque terrorista de Hamas el 7 de octubre de 2023, que segó vidas inocentes en Israel, no puede ser utilizado indefinidamente como justificación para arrasar con un pueblo entero. Condeno sin ambigüedades el terrorismo, pero rechazo la idea de que este se utilice como un cheque en blanco para justificar un exterminio colectivo. Es inaceptable pensar que el Mossad y las Fuerzas de Defensa de Israel, considerados entre los más eficientes del mundo, no estuvieran en condición de anticipar ni reaccionar a un ataque de tal magnitud.
Lo que más me duele es que el actual gobierno israelí está traicionando no solo la esperanza de paz, sino también su propia historia. Isaac Rabin, primer ministro asesinado en 1995 por un extremista israelí, firmó los Acuerdos de Oslo que buscaban la convivencia de dos Estados. Ese horizonte fue cerrado por los sectores más duros de la política israelí, los mismos que hoy perpetúan la ocupación y alimentan el ciclo de violencia. Décadas antes, la primera ministra Golda Meir había afirmado: “Soy palestina, como todos los judíos que vinieron a esta tierra antes de la creación de Israel”. Palabras que buscaban construir puentes identitarios, hoy contrastan con la negación absoluta de la identidad palestina promovida por el actual gobierno.
No puedo aceptar, además, la estrategia comunicacional del gobierno de Israel y de los grupos de presión sionistas, que buscan confundir y presentar cualquier crítica como antisemitismo. Esa manipulación intenta acallar voces. Pero antisemitismo no es lo mismo que antisionismo. Rechazar la política de exterminio en Gaza no significa odiar al pueblo judío; al contrario, representa un homenaje a su propia memoria histórica, marcada por persecuciones y un Holocausto que nos obliga a decir “nunca más”.
El historiador israelí Amos Goldberg, profesor de Historia Judía Contemporánea y especialista en estudios del Holocausto en la Universidad Hebrea de Jerusalén, lo ha expresado con claridad: “Lo que está ocurriendo en Gaza es un genocidio, porque Gaza ya no existe” (Le Monde, 29 de octubre de 2024). La fuerza de sus palabras me conmueve aún más porque provienen de un académico judío que ha dedicado su vida a estudiar el sufrimiento y la memoria de su propio pueblo. Si incluso voces judías, académicas y comprometidas con la memoria del Holocausto lo reconocen, ¿cómo podemos permanecer en silencio?
Estoy convencido de que alzar la voz no detendrá por sí sola la maquinaria bélica, ni los abusos, ni las injusticias, pero sí rompe el cerco de la impunidad y reafirma un principio básico: la dignidad humana es inviolable. Hablar, aunque resulte incómodo o peligroso, es el primer paso para evitar la repetición de la historia y de comportamientos abusivos.
Con Información de www.elperiodista.cl