Polarización ideológica: un análisis crítico de las divisiones políticas contemporáneas

En años recientes, el panorama político en Chile ha degenerado en una guerra de etiquetas. Términos como “facho” y “comunista” se lanzan al aire como si fueran diagnósticos clínicos, funcionando más como armas retóricas para deslegitimar al otro. Las redes sociales —como Umberto Eco describió, “la invasión de los idiotas”— se han convertido en vertederos de racionalidad cuando se trata de civismo.
Esto no es solo un error de interpretación o una hipérbole de campañas políticas. Lo que se observa es una forma de control, cada vez más evidente, que, bajo el pretexto de “debate público”, acalla el pensamiento crítico y socava la posibilidad de deliberación racional. El sesgo de confirmación, que ofrece a cada persona únicamente la representación de la realidad que quiere ver, apaga la luz de la objetividad. Así, el mundo se transforma en un eterno blanco o negro.

El fascismo, según el historiador Roger Griffin, es un proyecto de regeneración nacional basado en el autoritarismo, la glorificación de la violencia, el antiliberalismo y el nacionalismo extremo. No se trata solo de “ser duro” o “ser de derecha”: implica una estructura ideológica concreta y prácticas sistemáticas. Cuando el candidato José Antonio Kast vacila sobre cortar relaciones comerciales con China, queda claro que su postura no es doctrinalmente rígida, sino pragmática. En una entrevista con Meganoticias, manifestó con asombro: “Es complejo ahí el tema económico. ¿Cómo lo hacemos de un día para otro, teniendo un intercambio comercial tan grande con ellos?”. Su convicción se ajusta a los números, no a principios firmes.

El comunismo también va más allá de una aspiración de igualdad o de crítica al neoliberalismo. Marx, Lenin y Gramsci lo conceptualizaron como la superación del capitalismo mediante la eliminación de la propiedad privada de los medios de producción, pasando por una fase transitoria conocida como dictadura del proletariado, y la edificación de una sociedad sin clases ni Estado. Hoy, nada de eso se practica, ni siquiera en los países que se autodenominan comunistas.

Jeannette Jara, candidata de izquierda y militante comunista, expresó tras ganar las primarias que su objetivo es promover “un crecimiento económico que nos posicione a la vanguardia de los mercados internacionales, desarrollando sectores de exportación de alto valor agregado y contenido tecnológico. (…) Ninguna empresa, independientemente de su tamaño o sector económico, debe quedar atrás: empresas más eficientes son más competitivas, y esas benefician a Chile”.

Todo esto está lejos de proyectos de expropiación, abolición o colectivización. La idea de “quitarles a los chilenos su segunda casa” —especialmente a aquellos que ni siquiera poseen una— se sostiene solo en memes. Al igual que el antiguo mito de “comerse a las guaguas”, perdura por ignorancia o mala fe.

Sin embargo, en Chile, como en otros lugares, es común etiquetar a quienes reclaman derechos sociales como “comunistas” y a los que defienden el orden institucional como “fascistas”. No porque esas personas se ajusten a esos términos —la mayoría ni siquiera comprende su verdadero significado—, sino porque ese lenguaje se utiliza para dividir, simplificar y controlar el debate público.

Sin duda, existen propuestas extremas que se visten de fundamentalismo y son refugios del descontento irracional. Entre ellos, Johannes Kaiser, miembro del Partido Nacional Libertario, ha declarado su apoyo a un golpe de Estado ante una posible victoria comunista, “con todas las consecuencias”, incluyendo pérdidas humanas. Al otro lado, Eduardo Artés —candidato por tercera vez— ahonda en una retórica de antaño, sugiriendo “darle vacaciones al Congreso” y “gobernar mediante decretos de ley”. Sí, hay extremos. Pero estos aún están lejos de dominar el discurso público.

Desde 1999, con Ricardo Lagos compitiendo por la presidencia contra Joaquín Lavín, las etiquetas ideológicas comenzaron a proliferar. Algunos temían que con Lagos los chilenos volverían a “hacer colas para comprar gas” (en clara referencia al gobierno de Salvador Allende), mientras que otros consideraban a Lavín como un potencial “fascista” por su cercanía al Opus Dei y su pasado con Pinochet. Paradójicamente, Lagos impulsó algunas de las privatizaciones más agresivas de la era democrática —como las concesiones viales— muy lejos de entregar “el control de las carreteras al pueblo”, que ahora apenas puede costear viajar por ellas.

Posteriormente, Sebastián Piñera fue calificado como “fascista” cada vez que endureció su discurso sobre el orden público, especialmente durante el estallido social de 2019, que dejó 34 muertos y más de tres mil heridos, muchos a manos de agentes del Estado. Sin embargo, Piñera —como Lavín— priorizó la seguridad jurídica del capital por encima de cualquier agenda antiliberal. viajó a Cúcuta para invitar a venezolanos en diáspora a vivir en Chile y a China para formalizar acuerdos de inversión.

Por otro lado, Camila Vallejo y Daniel Jadue han sido constantemente tildados de “peligrosos comunistas”, como si pertenecer a un partido legal y con representación parlamentaria implicara querer colectivizar el país o suprimir libertades civiles. Ambos han operado desde dentro de las instituciones democráticas. Ninguno ha propuesto abolir el Congreso o nacionalizar todo el sistema de medios o producción.

En este contexto surge el insulto “facho pobre”, una expresión reveladora del clasismo progresista. Originalmente, el término buscaba describir la contradicción de sectores populares que votan por políticas que aparentemente van en contra de sus intereses. Hoy, se ha convertido en un instrumento de humillación. No describe, sino que descalifica. Niega al otro su autonomía intelectual. El “facho pobre” no piensa, solo repite. Es la versión moralista del “roto con plata”. En esencia, es una forma de fascismo del lenguaje: asfixia, impone y cierra el diálogo.

La simplificación, sin embargo, no es un monopolio de la izquierda. Desde la derecha, cada vez que surge una reforma significativa —educación gratuita, sistema de pensiones solidario, royalty minero— revive el fantasma de Venezuela y Cuba. Términos como “Chilezuela” o “la próxima Habana” son expresiones vacías que buscan provocar miedo en lugar de reflexión. La comparación no solo es torpe, sino intelectualmente deshonesta. Chile es una democracia liberal, con instituciones funcionales y una economía abierta. Comparar propuestas socialdemócratas con regímenes autoritarios es, en el mejor de los casos, ignorancia; en el peor, manipulación.

La polarización no es una fatalidad de la democracia. Es una estrategia. Al reducir cada matiz a una trinchera, se sofoca el debate, se niega la complejidad y se fortalece el poder de quienes dependen de una ciudadanía dividida para mantener sus privilegios.

Eco lo advirtió en su ensayo El fascismo eterno: el fascismo no es solo un régimen, sino una estructura mental. Y esa estructura puede resurgir incluso en quienes se autoproclaman antifascistas. Cuando todo es fascismo, nada lo es. Y cuando todo es comunismo, cualquier reforma es considerada sospechosa.

En Chile, donde el trauma de los extremos sigue presente, el uso irresponsable de estas etiquetas empobrece no solo el debate, sino que legitima la desconfianza, desactiva el pensamiento crítico y favorece el statu quo. No es necesario ser comunista para buscar justicia social, ni fascista para exigir orden. Pero cuando el lenguaje se transforma en caricatura, la democracia pierde su funcionalidad.

La pregunta clave, entonces, no es quién es comunista o facho, ni cuál es su definición precisa. La pregunta es: ¿a quién beneficia que esa continúe siendo la única discusión? Porque mientras nos lanzamos etiquetas, los poderes reales —económicos, mediáticos, institucionales— siguen operando con una silenciosa eficacia ideológica.

Quizás haya llegado el momento de superar la caricatura. De rescatar las palabras para el pensamiento, no para el alboroto. A las puertas de un nuevo proceso electoral, lo relevante no es a quién odia cada bando, sino qué ideas pueden abordar los crecientes problemas de un país que se asemeja cada vez más a una torre de Babel.

* Periodista e investigador en pensamiento crítico.

Con Información de www.elperiodista.cl

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