El problema de la mentira en la política no se limita únicamente a TikTok, las redes sociales o la tecnología. Tampoco se reduce a las personas que creen que todo vale o a quienes no se preocupan por la evidencia. Mientras coincidamos en que el embuste es un problema, un medio ilegítimo (y en algunos casos ilegal) de acción política, tiene sentido hablar de esto. Si no estamos de acuerdo en esto, leer esta columna no tiene propósito.
Como afirmaron Steven Levitsky y Daniel Ziblatt en “Cómo mueren las democracias”, la tensión entre libertad de expresión y responsabilidad en el debate público no surge hoy. Un control excesivo sobre lo que expresan los ciudadanos puede desembocar en totalitarismos y estados policiales, mientras que la falta de control puede llevar a un sistema social que olvida el interés público. “En 1798, los federalistas aprobaron la Ley de Sedición. Aunque en teoría penalizaba declaraciones falsas contra el Gobierno, su vaguedad permitía criminalizar cualquier crítica a la Administración”, recuerdan sobre el origen institucional de Estados Unidos.
No son solo la tecnología y las personas; el dilema también involucra a aquellos que, en teoría, deberían fortalecer las democracias a través de la información: la prensa y los medios de comunicación.
En cierto tipo de periodismo, el paradigma del «todo vale» sigue vigente. Aunque ha existido antes, hoy se amplifica más. Sus motivos son clásicos: vender más, como lo hizo la prensa amarillista del siglo XX con tabloides como New York Post y National Enquirer en Estados Unidos, o el Daily Mirror del Reino Unido, que en 2004 publicó una imagen falsa de soldados británicos torturando prisioneros en Irak. O para influir en lo público, como hizo Randolph Hearst mediante The New York Journal al inventar un ataque español al acorazado estadounidense Maine, lo que llevó a la Guerra Hispano-Estadounidense a finales del siglo XIX por el control de Cuba, Filipinas, Guam y Puerto Rico.
Es importante aclarar que las noticias falsas son una contradicción, un oxímoron en estos tiempos.
El propósito de los titulares informativos (no las columnas) siempre ha sido captar la atención y reflejar los elementos clave del artículo. Omitir información crucial o distorsionar con el fin de conseguir clics es un engaño.
Recientemente, T13 tituló: “Esta es la pasta de dientes que fue retirada del mercado chileno tras alerta del ISP”. TVN también hizo su parte: “Luto en la música: Muere icónica voz del R&B asiático”. CHV, por su parte, contribuyó con: “Conmoción y luto en el fútbol chileno: Confirman fallecimiento de joven talento”.
El elemento común en estos titulares es que obligan al lector a hacer clic para acceder a la información completa. No necesariamente para complementar lo que ya se ha revelado, sino para descubrir el enfoque de la noticia: de quién o qué trata.
El motivo detrás de estas tácticas es aumentar las ventas; el clic y, principalmente, lo relacionado con el tráfico e ingresos publicitarios. Esto se alinea con uno de los mantras de la sociedad de mercado: lo importante es que el cliente compre. Es la cuestionable técnica del “clickbait”.
Además, existe la práctica con fines ideológicos.
Un ejemplo es el medio En Cancha. Aunque su enfoque es deportivo, sus informaciones se desvían cuando amplifican una supuesta crisis económica en Chile. Y aunque no se refiere solo a Chile, la falta de aclaración intensifica la percepción de que estamos enfrentando un desastre.
“Crisis económica lleva a reconocida empresa de decoración a la quiebra: Cerrará más de 20 locales” nos alertó el 17 de junio. Tras hacer clic y navegar por varios párrafos y anuncios, descubrimos que se refiere a la empresa At Home, de Estados Unidos.
Y así, en los últimos meses, hemos visto titulares como “Popular empresa de viajes se va a la quiebra: cientos de reservas podrían cancelarse” (FTI Touristik GmbH, Alemania), “Importante proveedor de Internet se declaró en quiebra: adeuda $223 millones” (Tilson Technology Management, EE.UU.), entre otros.
Lo cierto es que para verificar que esto no ocurre en Chile (pues el medio es local) uno debe dedicar algo de tiempo. Si no se hace, la idea de que el país está en crisis prevalece.
Ambos fenómenos se cruzan en lo que la investigación social ha denominado “mercado del odio”. Son técnicas que, buscando más ventas, sacan provecho de tendencias llamativas (conflicto, violencia, morbo, mensajes de odio) y, a su vez, moldean percepciones comunes.
Recientemente, TVN utilizó un formato similar: “Pandilla irrumpe en velorio de alto riesgo de presunto rival para balear a familiares: 7 muertos” tituló, sin contexto alguno, el 31 de julio. Esta nota fue compartida casi 200 veces, con comentarios como “Tan acogedor este país bajo el gobierno de Boric”, “Qué horror” y “En qué convertiste ESTE PAIS merluzo”.
¿El problema? El evento ocurrió en Guatemala.
Realizar este tipo de periodismo chatarra es fácil. Lo difícil es aprender a identificarlo.
Con Información de www.elperiodista.cl