Por Claudia Molina B.| FACTOS – Política
La Democracia Cristiana (DC) fue, en sus años más destacados, un movimiento político inspirado en el humanismo cristiano, con una visión ética que aspiraba a transformar la sociedad, fundamentada en la dignidad del ser humano, la justicia social, la solidaridad, el bien común y el rechazo tanto al totalitarismo como al individualismo egoísta. Esta doctrina, enraizada en la tradición cristiana y proyectada hacia la modernidad democrática, orientó al partido en momentos cruciales de la historia, como su oposición moral a la dictadura, la defensa de los derechos humanos y su compromiso con una economía solidaria.
No obstante, su identidad doctrinal enfrenta hoy un desafío, y la DC se encuentra ante una decisión fundamental: apoyar o no la candidatura presidencial de Jeannette Jara, del Partido Comunista. Esta elección no se limita a lo electoral; representa un hito ideológico que pone de manifiesto las profundas diferencias internas sobre lo que significa ser democratacristiano en la actualidad.
Por un lado, Alberto Undurraga, actual presidente del partido, ha optado por un centrismo tecnocrático, guiado por el cálculo electoral, una retórica moderada y una firme oposición a cualquier alianza con el Partido Comunista. Su discurso menciona vagamente el humanismo integral, pero se aleja de sus fundamentos transformadores. Desde su liderazgo, la DC ha alternado entre la indefinición programática y la inercia institucional, renunciando a sus raíces sociales y éticas bajo el pretexto de la “gobernabilidad” o un “centro político”, como si dicho centro fuera un objetivo en sí mismo y no un medio para lograr justicia.
En contraste, Francisco Huenchumilla, senador y figura histórica, representa una interpretación más auténtica de la DC original. Su mensaje es claro: la política no se trata de mantener apariencias ni de proteger dogmas vacíos, sino de influir éticamente en la realidad, incluso en contextos adversos. Ha subrayado que la DC no puede aislarse, debe reconstruirse mediante el diálogo, la dignidad de los excluidos y la búsqueda de una sociedad más justa. No por conveniencia, sino por coherencia doctrinal y visión estratégica. Huenchumilla recuerda que el humanismo cristiano no evita el conflicto social, sino que lo enfrenta con propuestas, ética y apertura.
Por su parte, Undurraga adopta una actitud inflexible, disfrazada de convicción pero desprovista de un verdadero sustento doctrinal. Su enfoque refleja aislamiento, donde la identidad se reduce a negaciones: no somos esto, no somos aquello, no podemos estar con aquellos. Sin embargo, esto no es un ejercicio de responsabilidad; es una defensa del estancamiento. Lo más preocupante es que se justifica en nombre del humanismo cristiano, mientras se vacía de su contenido social y político. Su discurso revela una evidente ceguera y obstinación en querer gestionar el 4% de representatividad, poniendo en riesgo la supervivencia de la «Decé».
Por ello, para el bien del partido, Alberto Undurraga debería considerar dar un paso al costado. Su permanencia al frente de la DC solo acentúa el desvío político y doctrinal que enfrenta el partido. En la actualidad, la única dirección capaz de reconciliar identidad y supervivencia es la de Francisco Huenchumilla: un liderazgo ético, abierto al diálogo, conectado con la realidad social y fiel a los principios que alguna vez hicieron de la DC una fuerza respetada y necesaria.
La DC no fue fundada para ser una fuerza centrista sin alma, sino para transformar Chile desde una ética cristiana y democrática. Hoy, esta labor exige valentía, visión y generosidad. No es momento de gestionar una decadencia; es hora de recuperar un sentido histórico.
Con Información de factos.cl