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La paradoja que se presenta es clara: el libertarismo aboga por un Estado debilitado para controlar a los poderosos, pero demanda un Estado robusto para proteger sus intereses.

Messi, en contraste, se benefició de un entorno favorable. En España, los árbitros lo protegían casi paternalmente, mientras que en Qatar se omitieron amarillas inoportunas para asegurar que su historia culminara como se había previsto. El mundo había decidido que Argentina debía coronarse, especialmente después de dos derrotas dolorosas ante un Chile que, siendo futbolísticamente más débil, logró humillar a la potencia argentina. Esto no es un reproche, sino una observación: hay quienes luchan contra el orden y otros que son legitimados por él.
La comparación tiene sentido. Los libertarios a menudo se ven a sí mismos como Maradona: rebeldes frente al Estado y en contra de cualquier estructura. Sin embargo, en la realidad, operan en un entorno similar al de Messi: un sistema que se adapta a sus necesidades, que interviene para proteger sus intereses y que se aleja cuando el peligro es para otros. La teoría promete plena libertad, pero la práctica revela una red de privilegios que solo se hace visible cuando es necesario defenderlos.
Este es el dilema principal: el libertarismo exige un Estado débil para limitar a los poderosos, pero también espera un Estado fuerte para protegerlos, como si la justicia en el juego solo debiera aplicarse cuando los que juegan son otros.
La estructura teórica del libertarismo se sostiene sobre una ilusión muy bien elaborada: la noción de que los individuos compiten en un campo neutral, donde el talento y la diligencia son suficientes para organizar la vida social. Ayn Rand elevó esa ficción a la categoría de un dogma. Sus héroes no requieren del Estado, ya que pertenecen a una categoría superior: individuos que prosperan por méritos propios y cuya grandeza, supuestamente, se alcanza sin interferencias externas.
En sus obras, el mundo está diseñado a medida para que esa gente excepcional brille. Sin embargo, quienes hemos estado en el ámbito financiero sabemos que la historia del “self-made man” se desvanece ante la más mínima auditoría. Los perfiles promovidos por LinkedIn —expertos en nada, exitosos en sí mismos— no resistirían la prueba del verdadero mérito. En el universo de Rand no hay desigualdades estructurales, ni herencias de clase, ni economías manchadas por privilegios arraigados. Lo único que hay es una narrativa individual que fluye sin cuestionar la realidad, glorificando una libertad que solo existe mientras no se interroga quién financia la infraestructura que la hace posible.
Lo que Rand pasó por alto —y lo que sus seguidores prefieren ignorar— es que la vida no ocurre en un laboratorio ideal. Las sociedades reales son complejas y estratificadas; el punto de partida de una persona determina en gran medida su trayecto. No hay individuos aislados; hay actores moldeados por desigualdades, patrimonio heredado y condiciones materiales que pesan más que cualquier voluntad individual.
La teoría libertaria, tan atractiva en el papel, evita el choque con esta realidad. Prefiere imaginar una libertad suspendida en el aire, ajena a los intereses que la limitan. Por eso, funciona bien como literatura: para creer en ella, hay que aceptar un pacto narrativo. Pero, como sucede con toda ficción, colapsa al enfrentarse a la realidad.
Es en ese choque —inevitable y contundente— donde se revela su verdadera esencia. Donde la teoría clama por neutralidad, la práctica exige privilegios. La autonomía «pura» del individuo se desvanece cuando aparece un competidor más eficaz, una regla incómoda o un mercado que ya no asegura las rentas esperadas. Entonces, el libertario deja de ser Rand y regresa a ser lo que siempre ha sido: un actor económico tradicional que recurre al Estado para salvaguardar su posición.
La distancia entre la narrativa libertaria y la vida cotidiana se manifiesta no en las bibliotecas, sino en los negocios. Observemos a aquellos que, en teoría, deberían encarnar la pureza ideológica. Marcos Galperin, por ejemplo, convirtió su plataforma en un símbolo del libre mercado en América Latina, pero cuando los competidores chinos comenzaron a amenazar su dominio, solicitó lo único que su doctrina prohíbe: más intervención estatal. Regulaciones aduaneras, tarifas proteccionistas, supervisión fortalecida. El manual libertario se desvanece cuando el mercado deja de asegurar su hegemonía.
Lo que su discurso presenta como defensa de la competencia, en realidad, es una elegante traducción del proteccionismo clásico. Y esta acción —tanto predecible como negada— destapa el fondo del asunto: los libertarios buscan libertad para escalar, pero Estado para no caer. No es ideología; es interés.
El caso de Milei proporciona una evidencia aún más clara. Durante años promovió una imagen de inflexibilidad moral: la deuda era inmoral, la intervención cambiaria inaceptable, y el Estado un parásito que distorsionaba todo lo que tocaba. Sin embargo, al asumir el gobierno, se topó con la fricción esencial de la política: un mercado implacable, un dólar que no se puede liberar por decreto, y una macroeconomía que necesita estabilidad antes de cualquier iniciativa doctrinaria. Así ocurrió lo predecible: el libertario que despreciaba la deuda, terminó endeudándose para intervenir en el tipo de cambio, exactamente aquello que denunciaba como un pecado económico.
La contradicción aquí no es táctica, sino estructural. Si la teoría fuera verdad —si los mercados se autorregularan, si el tipo de cambio flotara sin riesgos, si la confianza fuera suficiente para ajustar precios— no habría necesidad de recurrir a aquellas cosas que tanto se denigran. Sin embargo, la teoría no describe la realidad; presenta un ideal que solo puede existir sin ningún tipo de gobierno.
Algo similar sucede con la infraestructura. Los aeropuertos, por ejemplo, son la refutación más silenciosa de la doctrina libertaria. Las inversiones necesarias para construirlos no provienen de las tarifas que los usuarios pagan, quienes casi siempre pertenecen a estratos altos, sino del Estado. En otras palabras: del dinero de todos. El mercado mismo reconoce su incapacidad para financiar aquello que lo sostiene. Sin infraestructura, sin rutas aéreas, sin seguridad aeroportuaria, la retórica de la libertad no podría despegar.
Aquí surge un punto crucial: la economía libertaria depende del Estado que dice combatir, y esto se hace evidente a medida que su discurso se radicaliza. Cuanto más extrema es la retórica, más clara es la dependencia. No hay libre mercado sin infraestructura estatal, sin regulación básica, ni arbitraje institucional. Pero reconocer esto supondría socavar su narrativa.
Por eso, la doctrina se sostiene en una doble moral: el Estado es un obstáculo cuando regula a los poderosos, pero es esencial cuando los protege. La libertad se celebra mientras conviene; cuando deja de ser favorable, surgen nuevamente las solicitudes de un Estado fuerte, eficiente y, sobre todo, silencioso.
El libertarismo se presenta como una ruptura con las ingenuidades del siglo XX: la refutación definitiva del socialismo utópico, esa promesa romántica de que la sociedad puede ser organizada por la virtud espontánea de sus miembros. No obstante, si se examina detenidamente, ambos comparten el mismo defecto estructural: propician arquitecturas ideales para mundos inexistentes.
Los socialistas utópicos soñaban con comunidades armónicas y sin conflictos; los libertarios se imaginan mercados perfectos y sin poder. La ilusión cambia de nombre, pero no de naturaleza. En ambos casos, el mundo real —con sus asimetrías y sus actores con peso específico— queda fuera del panorama.
La paradoja radica en que el libertarismo, que critica el “estatismo romántico”, se basa en una idealización aún más frágil: la premisa de que los individuos pueden interactuar sin las distorsiones del poder económico. Es un relato que se sostiene mientras nadie señala lo obvio: la libertad no es un dato, sino un resultado, y ese resultado depende de estructuras que el libertarismo jamás reconoce completamente.
Si despejamos el velo ideológico, lo que aparece es más simple: el libertarismo no describe un orden universal de libertad; define un orden donde la libertad plena es un privilegio reservado para quienes ya están en la cima. Es una teoría que funciona siempre que las condiciones iniciales permanezcan inalteradas, siempre que el Estado proteja silenciosamente la infraestructura que sostiene el mercado, y siempre que la competencia no amenace a los actores dominantes. Cuando estas premisas cambian, la teoría deja de ser teoría y se convierte en un clamor: regulen, intervengan, protejan.
De esta forma, el libertarismo se asemeja menos a la ciencia económica que dice representar y más a un género literario: una narrativa bien construida sobre un mundo donde los problemas desaparecen gracias a la potencia moral del individuo. Como en las novelas de Rand, la trama siempre favorece a los héroes; el contexto se ajusta a sus necesidades; los antagonistas actúan como antagonistas; las instituciones no fallan, no se corrompen, ni se desgastan. Es un mundo sin fricciones. Un decorado perfecto.
Pero la vida real no es un decorado. La vida es un terreno lleno de discontinuidades donde la libertad se convierte en una disputa, no en una esencia. Y en esa disputa, el libertarismo no proporciona soluciones: ofrece un código moral para el vencedor, no una estructura para la sociedad.
Cuando se agota la ilusión, lo que queda es el verdadero rostro del libertarismo: un romanticismo de derecha, un anhelo de perfección que depende de condiciones imposibles para funcionar. Al igual que el socialismo utópico, promete una comunidad que jamás ha existido. La diferencia es que, en este caso, la utopía no promete igualdad, sino algo más antiguo: la perpetuación del privilegio bajo la encantadora frase de libertad.
Regresar a Maradona y Messi no es un capricho literario: es la mejor forma de ilustrar cómo opera el poder cuando se presenta como neutralidad. Maradona jugó en desventaja, enfrentando el reglamento, los árbitros y la política deportiva. Messi, en cambio, disfrutó de un sistema que se ajustó a su talento. No es ni mérito ni culpa: es solo estructura.
El libertarismo prefiere verse a sí mismo como Maradona: indómito, rebelde, opuesto a la burocracia que intenta controlarlo. Pero en la práctica, su funcionamiento refleja más el mundo de Messi: un ecosistema que se acomoda para asegurar que sus protagonistas nunca sufran la fricción que dicen rechazar. La libertad funciona a su favor; cuando otros intentan hacer lo mismo, surge el pedido de intervenciones, regulaciones ad hoc, y protección estratégica.
Lo sorprendente no es la contradicción, sino la persistencia de esta narrativa. Los libertarios sostienen que el terreno es nivelado, que el mercado es el árbitro más justo, que sobran las normas. Sin embargo, si realmente todo fuera igual, los más poderosos no necesitarían solicitar al Estado lo que siempre exigen ante la amenaza de competencia. Si el mercado fuera tan perfecto, Galperin no pediría barreras, Milei no endeudaría al Estado para intervenir precios, y las grandes infraestructuras no dependerían del financiamiento público para existir.
La teoría proclama autonomía; los hechos revelan dependencia. La épica invoca un orden natural; la práctica exige un Estado disciplinado, efectivo y, sobre todo, dispuesto a actuar cuando la palabra libertad pierde su encanto.
En resumen, el punto central es simple: el libertarismo no fracasa porque el Estado exista, sino porque las condiciones que la teoría asume jamás se cumplen en la práctica. No hay mercados sin asimetrías, no hay individuos sin condicionamientos, y no hay libertad sin estructura. El libertarismo promete un cielo despejado, pero requiere un clima perfecto que ninguna sociedad ha sido capaz de sostener.
El contraste entre Maradona y Messi deja la evidencia al descubierto: el primero tuvo que luchar contra la estructura; el segundo prosperó gracias a ella. El libertarismo aspira al misticismo del rebelde, pero opera con la lógica de quien sostiene un orden establecido. Se define como insurrecto, pero actúa como parte del establishment.
Quizá esta sea la verdad definitiva: el libertarismo no busca eliminar el sesgo del terreno, simplemente quiere asegurarse de que se incline hacia el lado correcto. Lo demás —teoría, discursos, y moral rígida— es solo literatura. Una elegante ficción diseñada para justificar lo que la realidad no puede sostener sin auxilio.
Con Información de desenfoque.cl