La utilización de memes en la comunicación gubernamental.

Nos dirigimos rápidamente hacia una sociedad postalfabeta. No porque no sepamos leer, sino porque hemos dejado de hacerlo. La educación y nuestra vida diaria han dejado de lado la lectura profunda; las redes sociales nos han entrenado para responder de inmediato y la política se ha dado cuenta de que un meme tiene más poder que un argumento sólido. En lugar de interpretar, reaccionamos; en vez de analizar, compartimos; y, en lugar de reflexionar, replicamos.

Las plataformas digitales fomentan una inteligencia convergente, donde se busca la respuesta más rápida, viral y emocional. El pensamiento crítico —que implica explorar alternativas, dudar y matizar— se ha convertido en un privilegio de una pequeña élite educada en inteligencia divergente. La mayoría se mueve entre memes, eslóganes y videos breves.

La política ha comprendido esto más que nadie. Hoy se gobierna mediante memes: mensajes reducidos a frases diseñadas para ser compartidas, no para ser comprendidas. El objetivo no es convencer, sino provocar. La política digital no necesita ciudadanos, sino seguidores; no requiere deliberación, sino reacciones. Los algoritmos premian la indignación y desincentivan la complejidad, fomentando así una división rentable entre «nosotros» y «ellos»: simplifica, enciende pasiones y fideliza.

El resultado es alarmante: una conversación pública cada vez más fragmentada y emocionalmente manipulable. Lo esencial ya no es el contenido del mensaje, sino la cantidad de «me gusta» que genera. La verdad se ve desplazada por la eficacia del estímulo. La complejidad se desvanece, llevando consigo el diálogo.

Byung-Chul Han advirtió sobre la “hipercomunicación”, una saturación que destruye la capacidad de reflexión. Todo debe ser inmediato, visible y breve. La lentitud del pensamiento es vista como una debilidad. En este contexto, leer —un ejercicio de paciencia, atención y empatía— se convierte en un acto contracultural.

La escuela, que debería ser un refugio del pensamiento, también ha cedido terreno. El sistema se encuentra estancado: se mide la calidad educativa por rendimientos estandarizados y se entrena a los estudiantes para responder, no para formular preguntas. Se enseña a encontrar la respuesta correcta, sin promover la discusión informada. Así formamos generaciones que navegan en la superficie del conocimiento, sin tiempo ni herramientas para profundizar.

El riesgo no solo es cultural, sino también político. Una sociedad que no lee ni interpreta, que reacciona con emoticonos, es un terreno fértil para líderes que gobiernan mediante estímulos. Quién controla el flujo emocional, controla la agenda. El debate público se convierte en un espectáculo; el ciudadano se transforma en una audiencia cautiva. En este clima, florecen la corrupción, las arbitrariedades y, en última instancia, la pérdida de libertad, con el agravante de que muchos creerán estar eligiendo libremente cuando en realidad lo que el algoritmo seleccionó se impuso sobre ellos.

Es fundamental que pensar —y pensar críticamente— regrese al centro de nuestro proyecto social. No se trata de una nostalgia humanista, sino de una necesidad democrática. Recuperar la lectura profunda, el ensayo, el debate argumentado y la escritura reflexiva no es un capricho: es la base para resistir la economía del clic y desmantelar la política del meme.

Porque un país que deja de pensar deja de ser libre y se expone a un orden sin contrapesos, controlado por un autócrata, donde la emoción prevalece y la razón llega tarde.

Con Información de www.elperiodista.cl

Previous Post
Next Post
Advertisement