Para muchas familias guatemaltecas, el comercio de ropa de segunda mano, conocido comúnmente como «ropa americana», representa algo más que una simple forma de llegar a fin de mes. Es el inicio de un modo de vida, una alternativa accesible para vestir a los niños y un claro ejemplo de cómo las empresas locales pueden prosperar incluso en circunstancias difíciles. Lejos de ser considerado un «basurero del norte», el vibrante mercado de ropa de segunda mano en Guatemala la consolida como un referente en la economía circular.
Guatemala importa alrededor de 131 millones de kilogramos de ropa de segunda mano al año, con Estados Unidos proveyendo cerca del 98 % de este total. A pesar de que los críticos a menudo ven este comercio como un vertedero, nuestro reciente estudio, junto a investigaciones anteriores en Centroamérica, demuestra lo contrario. La cantidad de residuos textiles que se generan a partir de estas importaciones es notablemente baja, entre el 9,2 % y el 11,8 % del volumen total en los cuatro principales mercados de Guatemala, y se reduce aún más, a alrededor del 5 %, cuando la ropa ha sido clasificada previamente.
En lugar de generar desperdicios, el comercio de ropa de segunda mano en Guatemala preserva y reutiliza una porción significativamente mayor de las importaciones, impulsando la circularidad textil, generando empleo en todas las etapas de la cadena, desde la clasificación a gran escala hasta los mercados de venta.
Este sector no solo reporta beneficios económicos para sus trabajadores, sino que también muestra una notable participación femenina: más del 60 % de las empresas son propiedad de mujeres. Esta realidad destaca un enfoque en el empoderamiento femenino en un contexto donde las barreras de entrada son relativamente bajas, facilitando así la independencia económica.
Además, el comercio de ropa de segunda mano brinda a millones de guatemaltecos opciones accesibles, con precios que pueden ser hasta cuatro veces más bajos que los de la ropa nueva. La conocida «ropa de paca» es un símbolo cultural arraigado que refleja tanto necesidades como elecciones de consumo que muestran la astucia económica de la población.
No es fácil, y persisten retos significativos. Con un 71,1 % de la población activa laborando en la informalidad, el sector de la ropa de segunda mano tiene el potencial para convertirse en un motor de empleo formal y de inclusión económica, mejorando la estabilidad y sostenibilidad.
La infraestructura de gestión de residuos debe evolucionar para apoyar esta transformación económica y garantizar la sostenibilidad ambiental. No se puede superar el reto del comercio de manera aislada; se necesita cooperación internacional, en especial de países exportadores como Estados Unidos, para reforzar las políticas de reutilización.
Este sector no es solo una historia de desperdicio, sino de oportunidades y resiliencia. Apoyarlo significa invertir en comunidades y en un futuro sostenible, no solo para Guatemala, sino como modelo para la región centroamericana y el mundo.
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