La resistencia de los algoritmos frente a la acción colectiva organizada.

El fracaso del yo como proyecto político

Desde los años ochenta, la narrativa ha sostenido que solo se necesitaba amarse a uno mismo. Respirar profundamente, meditar antes de actuar. Se decía que la revolución comenzaba en nuestros cuerpos… y ahora, en la app. Este discurso —expresado con voz pausada y profunda o con tono agresivo y arrogante— prometía un cambio global si cambiábamos como individuos. Pero esta narrativa no daba respuestas cuando el alquiler devoraba el salario, cuando la electricidad costaba más que lo que había en la nevera, o cuando la ansiedad se convertía de concepto en algoritmo.

¿De verdad alguien piensa que una postura de yoga en la alfombra de la sala va a provocar un cambio cuando los pagos están atrasados y no se sabe cómo afrontar los del mes siguiente?

Jean-Philippe Kindler no tiene paciencia para esas ideas, y se nota. A la mierda la autoestima, dadme lucha de clases no es un libro diseñado para agradar, ni para convencer. Escrito en alemán con una furia incisiva y traducido al español con un título que le hace justicia, este libro es un grito. No de esos que se estamparían en camisetas, sino de los que se quedan atrapados en la garganta: un malestar que finalmente encuentra palabras.

Kindler analiza el yo neoliberal con una eficacia admirable. Lo llama por su nombre: producto. KPI emocional. Identidad cuantificable. Un “mí mismo” que ya no molesta al poder, sino que lo entretiene. Porque cuando todos están ocupados mejorándose, nadie tiene tiempo para cuestionar quién les roba la vida.

Por supuesto, las críticas no tardaron en llegar. Perlentaucher lo acusó de ser confuso, de agitar sin matices y de no desarrollar completamente su visión sobre el neoliberalismo y el antisemitismo. Sin embargo, Sonntagsblatt lo entendió mejor: Kindler no busca cerrar el debate, sino encenderlo. Y entre las llamas, destaca que términos como “felicidad” o “buena vida” han sido secuestrados por el mercado y revendidos como autoayuda con olor a lavanda.

La edición en español, publicada por Bauplan y celebrada por La Alternativa Digital, mantiene la tensión original: entre el sarcasmo y la teoría, entre la representación del descontento y la urgencia de organizarnos. Goodreads le otorga una buena calificación, quizás porque los lectores más jóvenes sienten que ya no hay gurú que pueda salvarlos. Que si logras quererte en medio de la explotación, entonces ya han ganado.

Y sí, como alguien escribió: “no hay meditación guiada si no puedes pagar la luz.”

Por ello, el gesto de Kindler tiene importancia. No por su novedad, sino por su precisión. Porque la lucha de clases se olvida durante una clase de Functional Training, al ritmo de Viva la vida de Coldplay, mientras alguien en la sala de al lado decide entre pagar la renta o comprar comida.

Así que sí, a la mierda la autoestima. Y que regrese la clase.
No la de yoga: la social.

La izquierda que se ama demasiado

La izquierda no perdió el poder. Perdió el espejo. Antes deseaba transformar el mundo; ahora busca sentirse bien consigo misma. Abandonó la lucha de clases para centrarse en la lucha del ego. Sustituyó la incomodidad del conflicto por la comodidad del branding personal.

Mientras Jean-Philippe Kindler grita, muchos optan por susurrar. Con voz calmada, en podcasts de izquierda bien iluminados y con mate de autor. No hablan de clases: discuten climas emocionales. No denuncian la precariedad: la gestionan. No organizan: moderan.

Algunos lo intentaron. Otros se quedaron mirando su propio reflejo demasiado tiempo.

Pablo Iglesias, por ejemplo, estuvo cerca de tocar el núcleo. Reconoció el hartazgo de los jóvenes precarios, percibió la grieta. Pero se quedó atrapado en su propio reflejo. Confundió la batalla de clases con un late night progresista, creyéndose más interesante que urgente. Terminó devorado por esas disputas internas que la izquierda convierte en arte: discusiones bizantinas disfrazadas de peleas de payasos.

Alexandria Ocasio-Cortez posee todo para ser peligrosa: claridad, carisma, conexión con la calle. Sin embargo, se pierde en una estética del yo. Cada reel, una oportunidad desperdiciada. ¿Y si, por una vez, dejara de hablarle a la cámara y se dirigiera —de forma frontal y sin rodeos— a esos millones de votantes blancos del medio oeste que eligieron a Trump no por odio, sino por abandono?

Giorgio Jackson es otro caso. Casi brillante, perspicaz, pero desubicado en el fetichismo de las formas. Entregado al inventario de identidades: transgénero, sobrepeso, disidencias… todo lo que permita dividir al “nosotros” en parcelas del “yo”. Tiene demasiado conocimiento teórico, pero le falta conexión con las clases populares. Demasiado limpio para embarrarse con el pueblo, demasiado amable para incomodar al poder.

Gabriel Rufián aún tiene posibilidades. Si deja de hablar en hashtags. Si para de confundir retweets con representación. Si comprende que Ciutat Meridiana tiene más en común con Torreblanca que con la Generalitat. Daniel Bernabé, por su parte, ya lo comprendió. La trampa de la diversidad fue una advertencia. Todas las veces que ganamos, una propuesta. Le recuerda a la izquierda lo que prefiere ignorar: que no hay hegemonía sin conflicto. Y que sin estructura, la identidad es solo decoración.

En Argentina —donde los ídolos del momento son más comunes que los planes sociales— Juan Grabois podría cambiar la narrativa. Si resiste su impulso mesiánico. Si acepta que no se trata de salvar al pueblo, sino de organizarlo. Incluso cuando no recibe aplausos. Especialmente cuando no los recibe.

Pero nada de esto tiene sentido si la izquierda sigue atrapada en la neolengua adormecedora. Si persiste en pensar que el problema no es estructural, sino narrativo. Que no te falta salario: te falta narrativa. Que no estás precarizado: no supiste “desarrollar conversaciones de posibilidades.” Que si has estudiado dos carreras y un máster y a pesar de eso no encuentras trabajo, no es porque la economía te haya descartado… es porque no aprendiste a “ser oferta.”

Maturana, Fernando Flores, Foucault: todos intentaron desmantelar el poder. Pero sus ideas fueron absorbidas por el sistema como aromas en una sesión de coaching. La autopoiesis se convirtió en un plan de carrera. La ontología del lenguaje, en una técnica de liderazgo. El poder, en narrativa con voz pausada y melodía de fondo de TEDx.

Ahora citan a Maturana como si dijera algo novedoso. Como si mencionar “acto lingüístico” fuera capaz de pagar el alquiler. Como si “escuchar la escucha” fuera suficiente para evitar un desalojo. Lo que antes fue crítica se convirtió en herramienta de Recursos Humanos. Lo que alguna vez fue teoría emancipadora, hoy es PowerPoint.

Así, la izquierda que se ama excesivamente dejó de mirar hacia afuera. Se convirtió en un espejo: correcto, inclusivo, emocionalmente consciente. Pero plano. No interpela, no organiza, no incomoda. Simplemente se agrada a sí misma.

Para esto, sería necesario dejar de hablarle a la tribu.

Y atreverse, finalmente, a dirigirse a la mayoría.

Confesiones de un desertor

Durante años creí que el lenguaje podía redimirnos. Consideraba que bastaba con crear una estructura sólida de redes de compromiso —similares a planillas de Excel aplicadas al alma— y una ejecución impecable para que la realidad temblara. Trabajé casi una década con Fernando Flores, convencido de que la ontología del lenguaje era una herramienta de transformación —no sabía exactamente de qué tipo, pero de alguna— y que al emprender, no solo generaba valor, sino que también me vengaba del capitalismo financiero. Creía, de verdad, que cada conversación “potente” era una trinchera. Que declarar posibilidades era una forma sutil de lucha. Que el “yo”, bien entrenado, podía vencer al sistema.

Creí que Foucault era un arma contra el poder. Y no entendí —no quise entender— que también podía ser un arma contra los sindicatos. Que su crítica al disciplinamiento no solo cuestionaba la escuela o el hospital, sino cualquier estructura que intentara, aunque sea por un tiempo, organizar el descontento. Porque si todo poder es opresor, entonces toda organización es sospechosa. Y si toda organización es sospechosa, ¿quién tiene tiempo para la política?

Fui de aquellos que confundieron autonomía con autoexplotación, creatividad con precariedad, liderazgo con soledad y Wi-Fi. Me entrené en “la escucha”. Diseñé e implementé decenas de estrategias, gestioné miles de compromisos. Facilité cientos de talleres. Emprendí, tuve fracasos notorios y algunos éxitos sorprendentes. Y, en algún momento, sin mucho escándalo, terminé operando en la Bolsa. Hablaba de activos. De riesgo. De estrategia. Pero todavía me creía del otro lado. Me decía a mí mismo que era un infiltrado, un espía. Nunca noté—no del todo— que me habían convertido en un converso. Y que lo más grave no era ser parte del sistema, sino creer que aún lo combatía. En la secta o tribu dirían que soy un resentido.

Mientras tanto, el conflicto de clases no se desvaneció. Se volvió ilegible. No porque haya desaparecido, sino porque aprendimos a nombrarlo de otra manera. Lo llamamos ansiedad. Lo llamamos agotamiento. Lo llamamos “falta de propósito.” Privatizamos el malestar como si fuera un activo escaso. Lo enmarcamos, lo tratamos, lo compartimos en redes. ¿Y si lo que teníamos no era una crisis personal, sino una derrota colectiva?

La narrativa insistía en que éramos sujetos. Autónomos, creativos, resilientes. Nos entrenaron en la introspección, en el storytelling y en el journaling consciente. Pero no nos enseñaron —o peor: nos hicieron olvidar— que también éramos clase. Y que sin esa palabra, todo lo demás es mero decorado.

Y sí, lo sabíamos. Por supuesto que lo sabíamos. ¿Cómo no íbamos a saberlo si lo veíamos cada día? En el precio del alquiler. En el salario que no basta. En la jornada que se prolonga. En la deuda que se hereda. Pero decidimos no verlo. No porque fuéramos ingenuos, sino porque era más cómodo ser cínicos.

La lucha es agotadora. El algoritmo, no.

El algoritmo no se combate con mantras

El neoliberalismo emocional, a diferencia de sus versiones anteriores —más brutales, más estridentes, más fáciles de odiar— no necesita policías, ni censores, ni propaganda estatal. Solo requiere playlists. “Evaluaciones positivas”, cuidadosamente musicalizadas. Aplicaciones que, bajo la promesa de ayudarte a “crear tu mejor versión,” te sugieren que si haces journaling podrás pagar el alquiler, que si meditas cinco minutos al despertar dejarás de pensar en la deuda, y que si agradeces lo que tienes, tal vez olvides lo que te quitaron.

No busca tu odio. Quiere tu paz. No reprime: relaja. No amenaza: sugiere. No grita: susurra.

El capital aprendió a comunicarse con suavidad mientras exprime. Te invita a respirar mientras te quita el aire. Te repite que todo está en ti justo en el momento en que ya no queda nada. No necesita convencerte. Le es suficiente con que te autoevalúes.

Kindler lo entiende. Y por eso resulta incómodo. Porque no te abraza: te sacude. Porque no se refiere al autocuidado, sino a la clase. Porque no dice “sana tu niño interior,” sino “mira quién te está jodiendo desde afuera.” Porque no ofrece comunidad: ofrece lucha. Y porque en tiempos donde todo está diseñado para contener, él insiste en interrumpir.

Y ahí se encuentra el punto ciego del algoritmo: su límite estructural. Porque la verdadera clase no puede ser rastreada con likes, no entra en paneles de control, no se puede monetizar. Se organiza. Y eso —la palabra maldita, el verbo prohibido— es lo que seguimos eludiendo.

Yo también lo evité. Lo renegué. Me distraje con métricas, con modelos, con supuestas soluciones técnicas a problemas que, en el fondo, eran políticos. Pero después de perderme en el ruido del “yo”, de confundir independencia con aislamiento, y estrategia con rendición elegante, comprendí que no hay transformación sin estructura, ni estructura sin conflicto.

Y ahora —tarde, quizás, pero no demasiado— regreso al punto de partida que realmente importa: lo colectivo. No con pancartas, ni manifiestos, ni promesas de redención. Con herramientas. Con código. Con voluntad. Y con ferreterías.

Porque si logramos organizarnos utilizando la misma tecnología que antes nos fragmentó —si la devolvemos al territorio, al barrio, al sindicato, a la tienda— entonces sí, tal vez, tengamos una oportunidad real de luchar contra el algoritmo en su propio terreno.

Dame 100 ferreterías.

Yo pongo el código.

Y no hay algoritmo que resista a una mayoría organizada.

Con Información de desenfoque.cl

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