Ya han transcurrido dos semanas… y aún persiste la sensación de que algo no encaja.
Han pasado dos semanas desde las elecciones presidenciales y, seamos sinceros, el revuelo continúa. No solo en los matinales, ni en X o WhatsApp, sino también en las conversaciones diarias, en sobremesas incómodas y en ese silencio extraño que surge cuando alguien menciona: “igual yo voté sin entender mucho”. La realidad es que algo más profundo está en juego.
El triunfo de José Antonio Kast fue amplio y contundente, pero no sorprendió. El informe de DecideChile, titulado «Un resultado anunciado», ya anticipaba que el apoyo a las derechas hacía probable este desenlace. Los datos estaban claros. Lo que no era tan evidente —o lo que preferimos ignorar— era cómo y por qué tantas personas optaron por ese voto.
Promesas que tranquilizan, aunque no sean genuinas
Durante la campaña, se utilizaron frases simples y contundentes, casi terapéuticas para una nación fatigada: mano dura, orden, se acabó con la delincuencia, expulsiones masivas, el país se desmorona. Mensajes que resuenan cuando el miedo se instala. Promesas de alivio inmediato. El problema es que, al profundizar un poco, muchas de esas promesas no resisten un análisis serio en términos técnicos, legales o presupuestarios.
Pero claro, eso requiere tiempo, información y educación cívica. Y aquí se manifiesta una herida que Chile lleva arrastrando desde hace años: la falta de formación política básica. No conocer cómo funciona el Estado, qué puede y qué no puede hacer un presidente, no es responsabilidad individual; es el resultado de un abandono sistemático de la educación pública en este ámbito. Cuando no hay herramientas, el discurso más simple tiende a prevalecer.
Mentiras que circulan más rápido que la verdad
Además —y hay que decirlo claramente— esta elección estuvo marcada por la desinformación. Videos fuera de contexto, citas fabricadas, titulares diseñados para provocar indignación. Lo cierto es que no importaba si eran verdaderos. Lo que verdaderamente contaba era su circulación, que fueran compartidos y que generaran rabia o miedo.
Las redes sociales se convirtieron, para miles de personas, en la principal —y a veces única— fuente de información política. El problema es que esas plataformas no están diseñadas para informar, sino para captar atención. Y los algoritmos saben que la ira, el miedo y la indignación mantienen a la gente conectada.
Así, cada usuario termina encerrado en una burbuja. Ve repetidamente el mismo mensaje, ampliado y reforzado, sin un contraste real. Cuando el algoritmo define lo que ves, la libertad de informarte se torna más frágil de lo que imaginamos.
Votar sin saber (pero igual votar)
El voto obligatorio alteró las reglas del juego. Un 85 % de participación suena, en teoría, a una gran victoria democrática. Y en parte lo es. Pero también revela otra realidad incómoda: muchas personas votaron sin la información necesaria, sin un verdadero interés o simplemente para evitar la multa.
No es un juicio moral, es un hecho. Individuos que nunca habían votado, que no seguían campañas ni leían programas, se encontraron frente a una papeleta extensa. ¿Qué hicieron? Lo mismo que hacemos todos cuando no comprendemos algo: confiar en lo que se escucha con más fuerza, en lo que llega con más frecuencia, en lo que “dicen todos”.
Y aquí, nuevamente, triunfan los slogans sobre las ideas.
Entonces, ¿qué nos queda?
Dos semanas después, el resultado ya está sellado. Pero la reflexión apenas comienza. Este triunfo no solo se refiere a un candidato o a un sector político, sino que también refleja un país con profundas brechas educativas, una ciudadanía cansada y temerosa, y una conversación pública dominada por algoritmos que no discriminan entre verdad y mentira, solo entre clics y reacciones.
Quizás el mayor desafío no radique en oponerse a un gobierno, sino en reconstruir una ciudadanía informada, crítica y menos susceptible a la manipulación emocional. Porque si seguimos votando desde el miedo, la desinformación o el hastío, nuestra democracia se vuelve frágil. Y eso, más temprano que tarde, resulta en un costo que pagamos todos.
Han pasado dos semanas. El eco persiste. Y la pregunta incómoda sigue ahí, esperando una respuesta.
Con Información de desenfoque.cl